Gachiñu

A las siete de la mañana Teco se plantó con una valija en la puerta del edificio. Vio venir el Renault 12 azul de su papá, en el que años atrás se iban todos a Mar del Plata, y sintió que la sangre le empezaba a circular más rápido. Su mamá le recitó el mismo rosario de advertencias de siempre, lo estrujó contra su pecho y lo dejó ir. El padre se bajó del auto. El chico se le colgó del cuello y le dio un beso. Lanzó su valija en el baúl del coche. Los padres se quedaron hablando un rato en la calle mientras Teco se desesperaba en el asiento delantero del Renault. Al rato el papá se metió en el auto, le palmeó la pierna, metió primera y tomó la ruta que los llevaría a Entre Ríos y después a Brasil. Aquel fue el primer verano de Teco después de la separación de sus padres. Y el viaje a Brasil era su regalo de doce años.

Luego de un día y medio de viaje llegaron al lugar, un pueblito de pescadores de apenas dos mil habitantes. Todavía quedaban en pie algunas construcciones de piedra de la época colonial. El resto de las casas eran de madera. El padre de Teco no había hecho ninguna reserva. Estacionó el auto en la estación de servicio del pueblo y preguntó al dueño dónde conseguir un lugar por un par de semanas. Al cabo de media hora apareció un hombre en un ciclomotor. Era delgado, la cabeza llena de rulos y tenía una pinta de haber pasado la noche en vela. El tipo pidió que lo siguieran. Anduvieron por la calle principal como un kilómetro. Era un camino de tierra, como todas las calles del pueblo, que tenía el mar a la izquierda y la montaña a la derecha. En cuanto el camino empezó a enfilar hacia el morro se detuvieron. La vegetación parecía querer devorarse la pista. Había, a un lado, un edificio blanco bien conservado que, se enteraron luego, era un hotel, y, del otro, dos cabañas de madera, una atrás de la otra. El tipo de los rulos se bajó de la moto y tocó el timbre. Del otro lado de la puerta apareció una señora achaparrada que se movía con bastante dificultad. La señora les ofreció quedarse en la cabaña del fondo. Era pequeña pero acogedora. A Teco y al papá les encantó el lugar y les pareció barato. Cerraron el trato ahí mismo. El de rulos no quiso aceptar ninguna comisión. Le pidió, eso sí, que antes de irse le convidaran una cerveza.

El padre pagó por adelantado el alquiler. La mujer recontó el dinero con sus manos ajadas. Estrujó los billetes en el puño, como conteniendo la emoción que le provocaba ver tanto dinero junto, y los invitó a cenar. El padre le agradeció el gesto, y le dijo que mejor otro día. Bajaron las valijas del auto y se metieron en la cabaña. El padre se sacó las zapatillas y se sirvió un vaso de whisky. Teco vació un paquete de papas fritas en un plato y le propuso a su papá una partida de chinchón. Se quedaron jugando hasta la una de la madrugada, pero ninguno de los dos superó los cien puntos.

Los primeros cuatro días llovió. El agua marrón bajaba de la montaña a borbotones, tragándose los costados del camino principal. El chico y su papá salían cada tanto al recibidor de la cabaña y se quedaban allí parados, en traje de baño y ojotas, viendo caer el agua en las hojas de las palmeras. Hacía calor, y el aire olía a bananas y a tierra. Luego se metían otra vez en la casa, a jugar al chinchón o a la escoba de quince. Cuando se aburrían, cocinaban. Teco aprendió a prepararse su primer plato: arroz con huevo y queso.

Al quinto día paró de llover. No se veía ni una sola nube en la inmensidad celeste del cielo. El sol calentaba la piel en unos pocos minutos. El padre agarró su caja de pesca y las cañas y salió caminando hacia la playa. Teco lo seguía atrás, con las paletas en la mano. Entraron a la playa por entre los dos bloques blancos que componían el hotel. La arena era fina y casi blanca. Diferente a la de Mar del Plata, notó Teco, que enterraba los pies en busca de arena menos caliente.

El padre miró a la gente tomando sol en la playa. Se colocó sus anteojos de sol y se puso a armar las cañas. El chico se sentó en la arena.

–¿Vas a pescar, pa?

Vamos a pescar. Te traje tu caña.

Teco golpeó la arena con las paletas varias veces, mecánicamente, como un robot.

–Yo quería jugar.

El padre ató la plomada al sedal.

–¿Cómo decís, Tequito? –le dirigió una mirada a su hijo–. Dejáme tirar las cañas y en un ratito te juego.

Teco se sentó en el borde de la playa en donde el terreno se deprimía y era devorado ola tras ola, formando un pequeño acantilado de arena. Vio entrar al padre en el mar con la camisa anudada en la panza. Avanzaba a paso firme, la caña en alto para que el carrete no se oxidara con el agua. Cada vez que venía una ola la enfrentaba de costado, a veces retrocedía unos pasos, y luego retomaba su trayectoria. Cuando tuvo el agua en la cintura, dio un giro y sacudió la caña como si fuera un bate. El sedal con la plomada salió disparado en el aire y describió una parábola. El padre regresó a la costa y lanzó la segunda caña usando el mismo método.

Teco miró a la gente del hotel: algunos tomaban sol recostados en reposeras de lona, otros comían y bebían a la sombra en la refinada terraza. Una muchacha morena iba y venía de la barra con copas y platos. Tenía el pelo ondulado sujeto con una vincha. Teco se acercó hasta la terraza y se sentó en una reposera. Miró al papá, parado en la costa, los brazos en jarra y la vista fija en la punta de las cañas.

De pronto sintió que alguien le tocaba el hombro. Al girarse vio a la muchacha morena. Ella le preguntó algo, una libretita en una mano y un lápiz en la otra. Teco no supo qué decir. La muchacha sonrió. Fue hasta otra mesa, le alcanzó un menú y le repitió la pregunta. Teco señaló la primera línea. La muchacha agradeció y se fue detrás de la barra. Estaba vestida con un pantalón corto marrón que le marcaba las nalgas redondas, y una camiseta blanca ajustada que le resaltaba los pechos. Teco sintió que se le endurecía el pene entre las piernas. La camarera desapareció en el fondo del bar. Un instante más tarde salió de la cocina con su bandeja y el pedido: una copa grande con una crema blanca en el centro. Teco se dio cuenta de que no tenía dinero. Se levantó de la reposera y salió corriendo por la arena rumbo a donde estaba su padre.

–¿Qué decís, hijito? –el papá le acarició la cabeza–. ¿Dónde andabas?

Teco miró para atrás, pero no alcanzó a ver a la muchacha.

–¿Ves esas rocas? –el papá señaló un montículo de piedras que sobresalían del mar, a unos setenta metros de la costa–. Dicen que allá se puede hacer buceo, que hay pescaditos de colores. Un día de estos podemos ir, ¿no te parece?

–¿Ya están las cañas, pa? –Teco blandió las paletas en el aire– ¿Cuándo jugamos?

Esa noche Teco y el papá cenaron con la familia de pescadores. Era gente muy humilde y les encantaba hablar con ellos. Estaban comiendo el postre cuando se abrió la puerta. Apareció la muchacha morena del hotel, le dio un beso al señor y otro a la señora. Era una de las hijas de los pescadores que pasaba a saludarlos. Danielle, se presentó ella, y estiró la mano hacia el papá. Al ver a Teco se llevó la mano a la boca.

–Gatinho, onde foi você hoje?

Ella lo miraba con una sonrisa en la boca, los ojos verdes brillando en su rostro moreno. Teco sintió que se le aceleraba el corazón. No había entendido nada de lo que le decía la chica, solo eso del gachiñu. El papá intervino. La chica le contó lo que había pasado en el hotel y el padre se empezó a reír.

–¡Qué sinvergüenza! –le sacudió la cabeza al hijo.

Se quedaron un rato ahí, comiendo cocadas y tomando café, hasta que se hicieron las once. Al pescador se le cerraban los ojos cada tanto. El papá se levantó y le dijo a Teco de ir a la casa. La chica se ofreció a acompañarlos. Aunque el camino era corto y no hacía falta que nadie los guiara, su tono de voz y su conversación irradiaba tal naturalidad que era difícil notar en qué punto el gesto de ir con ellos resultaba exagerado. Por eso tampoco les llamó la atención que al abrir la puerta de su cabaña ella entrara primero, sin dejar de hablar ni de sonreír.

Se sentaron a la mesa. El padre sirvió dos vasos de whisky. Al servir la copa de la chica levantó la vista y chorreó un poco de bebida fuera. El papá y la muchacha hicieron un brindis y siguieron hablando. Teco miraba a la muchacha con atención: se había cambiado la ropa. Llevaba unos pantalones de jean y una camisa de manga corta celeste. No se le notaban los pezones como en el hotel. Llevaba el pelo suelto y a Teco le pareció más grande que a la tarde.

Una mosca aterrizó sobre la mesa de fórmica. Caminó hacia el whisky derramado y extendió su trompa hasta el líquido. Teco la empujó dentro del charco mientras escuchaba a su papá hablar en portuñol.

El padre acabó el vaso. Se disculpó y fue al baño.

Gatinho… –murmuró la muchacha, y le acarició la cabeza.

Teco cerró los ojos y sintió las uñas de la chica surcándole el pelo, tocándole cada tanto la oreja. Luego, la excitación en la entrepierna.

–Tequiño –dijo el padre al salir del baño y verlo con los ojos cerrados–. A dormir, titán –le señaló su habitación con la cabeza–. Vamos.

Teco lo miró con odio. La muchacha le dio un beso en la mejilla y se despidió de él. El padre lo escoltó hasta la habitación y le entornó la puerta, un resquicio de luz dividiendo en diagonal la oscuridad del cuarto. Teco se tiró sobre la cama vestido. Escuchó el murmullo en la sala, una nube de abejas en el cielo, y sintió que se le cerraban los ojos.

Cuando los volvió a abrir, no había luces. Solo unas voces hablando en secreto, y el ruido de chasquidos de lengua, como bocas masticando chicle. Al rato escuchó un grito, agudo y corto. Caminó en puntas de pie hasta la puerta de la habitación y se quedó espiando hacia el lugar de donde venían los ruidos. La sala era una penumbra. Apenas se veían las cosas, recortadas por las luces que venían de afuera. En el centro de esa mancha negra que era el ambiente, Teco reconoció a su padre y a Danielle, recostados en el sofá, uno encima del otro. Al ver que la chica se levantaba, Teco regresó a la cama de un salto. Sintió que la luz del baño se encendía. Escuchó el ruido de la tapa del inodoro, el chorro de pis y luego el correr del agua. Se propuso mantener guardia el resto de la noche para entender qué estaba pasando, pero no pudo con el sueño.

Al día siguiente lo despertó el sol en la ventana de su cuarto. Eso y el olor a pan tostado. Teco corrió a la cocina. El papá le dio un beso y le acercó una taza de café con leche. Al costado le puso un plato con tostadas y otro con pedazos de fruta fresca. El papá silbaba una melodía pegadiza.

–¿Así que le pediste a Danielle una ensalada de camarones y te rajaste? ¡Qué fenómeno!

El padre se reía. Teco lo observó lavar los platos de su desayuno como estudiando cada uno de sus movimientos.

El padre se colocó el traje de baño y luego preparó la caja de pesca y las cañas.

–¿No te llevás las paletas? –preguntó el papá. Teco salió rumbo a la playa sin responderle.

Al llegar a la arena el padre apoyó su equipo de pesca en el suelo y se abalanzó sobre él.

–Salí, salí –dijo Teco y le atajó las manos en el aire a su padre, que buscaba hacerle cosquillas.

–Hoy estás raro, che –el papá se puso a armar las cañas.

Teco se sentó de nuevo en el acantilado, y se quedó contemplando un rato largo a su padre mientras entraba y salía en el mar con la caña a la altura de los hombros. Los clientes del hotel tomaban sol en las reposeras. Una brisa suave refrescaba el calor del aire. El día era perfecto. Teco buscó a Danielle entre los clientes del hotel. La vio salir de atrás de la barra, el pantalón corto marrón marcándole las nalgas. Un grupo de gente daba gritos de alegría y se zambullía al mar desde el islote de las rocas. La muchacha se apoyó la bandeja contra el pecho, se hizo visera con la mano y se quedó mirando el horizonte. Luego miró a un costado, divisó a Teco sentado en la arena, y agitó el brazo libre en el aire. Teco se puso de pie y le devolvió el saludo. Se quedó un rato pensando y luego caminó hasta donde estaba el papá.

–Pa, te juego una carrera.

–¿Recuperaste el habla, Tequiño?

–Ida y vuelta nadando hasta las piedras –el chico señaló el islote–. Sin parar.

–Estás loco. Mirá la panza que tiene tu papá –el padre se masajeó el abdomen fofo.

Teco lo miró con inquina. Pateó la arena, dio media vuelta, y comenzó a caminar hasta la parte elevada de la playa.

–Tequito, no seas tonto, vení –lo llamó su padre–. Vení, que ahora vamos, Aquaman.

Se dirigieron a la parte de la costa que estaba más cerca del islote, que era por donde iba y venía la gente. Pasaron frente a la barra del hotel.

Vao mergulhar? –preguntó Danielle con una sonrisa y les levantó el pulgar.

Teco se detuvo a estirar los músculos del torso y de las piernas, como un deportista antes de una competición.

–Este se piensa que son las olimpíadas –dijo el papá entre risas, y palmeó a Teco en el hombro.

Se despidieron de Danielle y caminaron hasta la orilla. Teco entró primero. El padre, desde atrás, le salpicó agua en la espalda.

–¡Pará, pará! –se dio vuelta el chico.

El padre y el hijo caminaron por el agua varios metros hasta que se hizo profunda y percibieron la fuerza de la corriente. Luego empezaron a nadar. Los clientes del hotel parecían espectadores secretos de la contienda.

–Vamos despacito –dijo el papá–. No te vayas muy lejos de mí, ¿ok?

El chico miró la costa a sus espaldas. Danielle los contemplaba. La terraza del hotel parecía estar cerca, como si hasta el momento no hubiesen avanzado nada. El desierto de agua que los separaba del islote de piedras le parecía vasto y exasperante. Teco dio las primeras diez brazadas con gran docilidad, los brazos como cuchillas entrando en el agua, una y otra vez, acompañados por el vaivén de las piernas. Se detuvo a respirar. Extendió el pie hacia el fondo del mar: lo único que encontró fue una zona de agua más fría. Miró hacia atrás y vio a su padre a pocos metros: sumergía las manos en el agua y producía un chasquido similar a los latigazos que provocaba la marea. Teco siguió nadando: cada dos brazadas sacaba la cabeza fuera del agua para respirar. A medida que avanzaba el agua parecía estar más fría, más pesada, más dura, como si de pronto moverse costara el doble que hasta hacía unos instantes. Teco se quedó flotando en el lugar. Miró hacia la costa. Ahora sí, el hotel parecía lejano y apenas se distinguían las siluetas de la gente en la playa. Las rocas, en cambio, se veían cada vez más próximas. El padre se acercaba y desprendía una estela a su paso. El chapalear de sus piernas era discontinuo. A veces sus talones salían del agua y lo salpicaban. Teco respiró hondo por la nariz, tomó envión y siguió su curso. Las gaviotas que descansaban en el islote levantaron vuelo, dejando al desnudo los afilados pliegues de las rocas, recubiertos de musgo y de guano.

El mar se agitaba en pequeñas colinas de agua que subían y bajaban. La marea se había vuelto más suave. Teco entendió que habían dejado atrás la línea de la rompiente. Sintió que estaba a un paso de ganar la carrera. Danielle lo iba a ver llegar primero. Teco se giró, ansioso de confirmar su primer puesto. El padre, varios metros detrás, movía los brazos sin ninguna sincronía, fijo en el lugar. Subía y bajaba sobre la línea de superficie, como una boya tras el paso de un barco. Teco dirigió una mirada fugaz al islote: apenas diez metros lo separaban de las rocas. Su padre se hundía. Teco se quedó mirándolo con una mezcla de desesperación y fastidio. Finalmente dio un par de brazadas hasta llegar a él. El padre tragó una bocanada de agua que le sofocó un grito, y desapareció otra vez debajo de la marea, llevándose consigo al niño.

–¡Papá! –gritó Teco asustado, y le pegó en el brazo para que aflojara la presión en su cuello.

Teco puso a su padre mirando al cielo. Le cruzó un brazo por el pecho y con el otro fue nadando hasta las rocas. Teco sintió el latido desesperado del corazón de su padre. Lo apoyó boca arriba contra la primera roca del islote, cubierta de musgo y mejillones. Teco se sentó en una roca contigua, exhausto, la vista fija en su papá. El padre respiraba con la boca abierta, los ojos fruncidos como en un llanto.

Las gaviotas revoloteaban el islote dando gritos, y cada tanto se zambullían en el agua en busca de peces. Teco analizó la superficie del agua a su alrededor: vio un mar desolado, vacío, sin espumas ni rastros de competición. En la costa, Danielle servía un trago en la terraza del hotel.

–Pensé que me ahogaba, Tequito –dijo el padre y soltó un eructo–. Se me acalambró la pierna –jadeaba y no dejaba de chorrear mocos por la nariz–. Qué hubiera pasado si no me ayudabas –extendió la mano hasta la roca en donde estaba su hijo. Desplegó el otro brazo y se quedó como un Cristo entre las rocas.

Teco le tomó la mano. El padre todavía jadeaba: parecía que sus pulmones luchaban por absorber todo el aire del mundo. Se veían en el mar cardúmenes de pececitos largos y de colores, equidistantes unos de los otros, nadando todos a la misma velocidad, como piezas de ingeniería.

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3 respuestas a Gachiñu

  1. PatoO dijo:

    Patito, no pude contenerme de leerlo apenas lo recibí el link. Un relato hermoso de un momento clave de todo niño-hombre. Felicitaciones y espero más!!!

  2. Gachiñu és un primer relat molt prometedor! en tenim ganes de més!! Felicitats i sort amb el bloc!!

  3. Claudio dijo:

    Muy buen relato, Patito !!! Como siempre!! un abrazo enorme!

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