Generación perdida

Esa noche, mientras se lavaba la cara con agua fría frente al espejo del baño, se preguntó en qué punto la había cagado. Cuándo fue que todo empezó a joderse. De tener que escribir una crónica sobre los acontecimientos que lo habían llevado a esa noche, tendría que hablar del calor de ese verano. Y de la mudanza, claro. Comenzaría con la mudanza. Félix Escudero Martínez, estudiante peruano en España, egresado summa cum laude en Derecho de la San Marcos y futuro doctor en derecho internacional público, se había mudado de departamento por ahorrarse ciento cincuenta euros al mes y la había cagado. Pero entonces tendría que comenzar mucho antes: cuando al segundo año de clases la fundación que subvencionaba sus estudios le envió la carta comunicándole que el próximo curso tendrían que reducir su beca a la mitad. Madrid, entonces, dejó de ser un edén. Ya no más excesos ni desmesuras, nada de vida nocturna. Creyó que con eso bastaría. Al comienzo del tercer año otra carta le avisó que no había más dinero. De seguir los estudios debía hacerlo por su propia cuenta. Desde entonces todo se fue al carajo. La chica que venía a limpiar una vez por semana a su departamento de la calle Serrano no vino más. Félix tuvo que achicar los gastos como pudo y buscar un trabajo. Intentó en un bar: a la semana se dieron cuenta de que los papeles que decía haber extraviado no habían existido nunca. El encargado no quiso arriesgarse a tener a un indocumentado en la cocina. Félix Escudero Martínez, sin trabajo. Quiso pedir prestado. Toda su familia estaba en Perú. Pedirle dinero implicaba, además de una preocupación para ellos, una rebaja de estatus para él. Amigos cercanos no tenía, o al menos no de aquellos a los que se les podía pedir prestado, y los compañeros de estudios eran sólo eso: compañeros. La solución llegó al cabo de un tiempo, aunque la tenía en mente hacía rato. Parecía ser la única: mudarse a un departamento pequeño, a un barrio menos caro. A Lavapiés por ejemplo. Entre el dinero que tenía en la cuenta y lo que se ahorrara de alquiler le alcanzaría para vivir seis meses más, acabar los cursos del doctorado y regresar a Lima.

El nuevo departamento quedaba en un primer piso por escalera. El edificio no tenía ascensor, como casi ninguno de los que había ido a ver. El departamento era pequeño, apenas más grande que su cuarto en su casa natal en Lima. Era un único ambiente en el que había una cama, un sofá y una cocina. No había paredes divisorias excepto las del baño. Una ventana grande que daba contra el pulmón del edificio intentaba servir de fuente de luz y ventilación: fallaba en los dos objetivos, aunque de forma mucho más alarmante en el segundo. La luz y el aire tienen una desventaja en un edificio antiguo en Madrid: el sonido que entra por las ventanas. Pero era un nivel de promiscuidad aceptable, pensó él.

Prefirió hacer la mudanza de un tirón, un sábado por la mañana, en el coche de un compañero de la universidad. Al llegar al nuevo sitio bajaron los trastos y los colocaron en la puerta del edificio. El compañero lo saludó con un abrazo blando, mirando siempre el vehículo, estacionado en doble fila con las luces de posición titilando. Luego se subió al coche y aceleró. Félix se quedó mirando la calle, con la vista perdida. Se dio cuenta de que estaba solo en Madrid y lo asaltaron las ganas de comer cebiche.

En ese momento salió a la calle un hombre mayor. Un viejo de unos 70 años, calculó Félix, vestido con un pantalón vaquero y camisa blanca. Llevaba puesta una gorra de béisbol amarilla en la cabeza que decía Kill Bush. A Félix le causó gracia el viejo. Le notó cara conocida: se parecía a Eric Estrada, el policía de la serie Chips. La diferencia era que este tipo estaba más viejo que su recuerdo de la cara del actor. Por los costados de la gorra sobresalía el pelo canoso, le colgaba una papada del cuello y por su acento parecía bien español. ¿Pero de dónde era Eric Estrada? ¿De México, de Puerto Rico? ¿De Estados Unidos? Y, de todas formas, qué podía estar haciendo Eric Estrada, a los setenta años, en Madrid, en un edificio de mala muerte, en Lavapiés. El viejo se presentó: era el vecino del bajo. El tipo lo saludó con respeto, pero sin excesos. Algo raro debe haber notado en Félix, porque al verlo solo, en la calle, alineado junto a sus trastos en la vereda, en vez de ofrecerle una mano le preguntó si estaba bien. Unos niños salieron del edificio con un perro pequeño y a todas luces histérico que ladraba con los ojos muy abiertos y cargados de tensión. Amainaron los ladridos. Podrás solo, le preguntó el viejo, más por cortesía que por una posibilidad verdadera de ayudarlo, y Félix Escudero, que tampoco hubiera querido importunarlo, le dijo que desde luego podría, que no era la primera vez que se mudaba, que estaba acostumbrado a andar de un lado a otro con los muebles a cuestas. Chaval, si necesitas algo me lo dices, llevo cincuenta años viviendo aquí. Yo soy el dueño de este palacete, lo palmeó el viejo. Ya viene bien un poco de sangre joven, dijo el hombre, y Félix no supo si era una broma. Se despidieron y no volvió a saber, por un buen tiempo, del vecino.

Mientras subía los muebles, Félix comprobó que su vecina de puerta, la del primero segunda, había estado presenciando su desembarco. La vieja también llevaba una gorra con la leyenda Kill Bush, como si el barrio entero hubiera asistido a la misma promoción. No habló con ella ni nada. Pero la vecina se pasó observando sus movimientos, como contabilizando los bultos, camuflada entre las plantas de su pequeño balcón convertido en torre de vigilancia. Félix no se predispuso en contra de ella: pensó que la pobre vieja no tendría otra cosa con qué entretenerse y cargó las primeras cajas con descuido. Pero a medida que esta especie de ternura no correspondida fue creciendo en él, fue subiendo las cajas como interpretando una coreografía. Se sintió útil convirtiéndose en el espectáculo de la vieja en esa tarde calurosa de mayo.

Aquella primavera el calor llegó sin avisar. Félix decidió quedarse a estudiar por las tardes en la biblioteca. Al menos acabaría los cursos del doctorado con buenas notas, pensó. Cualquier excusa era buena con tal de aprovechar el aire acondicionado de la universidad. Después de leer más de tres horas seguidas libros y artículos de derecho se marchaba, sin más remedio, hacia su apartamento. Al llegar tiraba la mochila sobre el sofá de la sala, se quitaba la ropa, y se metía en el baño. Se duchaba durante quince minutos con agua fría, sin jabón ni nada. Era la segunda ducha del día y se la daba, según él, para enfriar la carrocería. Pero por más agua que bajara por su cuerpo, a la media hora empezaba a transpirar de nuevo. Una gota se deslizaba desde la cabeza hasta la frente, bajaba por la oreja, colgaba unos segundos del lóbulo, y luego se estrellaba contra la camisa. Félix soportaba muy mal el calor, y en su piso apenas corría el aire. Por las noches se las fue arreglando con un ventilador, una hélice de algún avión de la segunda guerra mundial pensaba él, hasta que un día el aparato dejó de funcionar. Por suerte, o no tanto como pensaría después, la ventana de la cocina dejaba entrar algo de aire, por lo general cálido, demasiado cálido como para llamarlo brisa.

La primera vez que oyó los ruidos, unos ruidos desconcertantes que entraban por la ventana de la cocina, pensó de inmediato en un animal. Félix no había demostrado nunca mayor interés por los animales. De hecho, sólo había ido una vez al zoológico en toda su vida, cuando tenía tres años, y le quedaban unos recuerdos borrosos de aquel día, que se remitían a sus padrinos arrancándolo de una inmensa cola de gente. En sus treinta años de vida sólo recordaba haber visto en persona, valga la expresión, varios perros y gatos (pero estos casi no contaban), tortugas, canarios, palomas, el loro de una tía y, más que nada, un tucán que comía semillas en un puesto de verduras del mercado en donde compraba su madre en Lima. El tucán había sido, durante mucho tiempo, el único punto de contacto entre la fauna universal y Félix. Cuando oyó los primeros ruidos pensó entonces en aquel tucán, en el pobre animal yendo de un lado al otro de la jaula en la que lo tenían encerrado. Pensó en alguien infringiendo algún apretón en la cabeza del pájaro. Luego pensó en el perro de los niños que había visto el primer día que llegó al edificio. También pensó en la posibilidad de algún gato en celo. Sin embargo no tardó en descartar estos supuestos: los ruidos no podían provenir de ningún tipo de animal.

Los ruidos que venía escuchando desde los últimos días de la primavera, o mejor dicho desde que había decidido dejar abierta la ventana, de manera permanente, hasta la llegada de una nueva era glacial, eran unos quejidos agudos y ajados, en ráfagas de diez a veinte segundos, que comenzaban en un volumen muy bajo e iban creciendo en intensidad, en forma escalada pero continua. Luego de un tiempo se producía una pausa, de manera inesperada. Cuando ya se esperanzaba con el fin del llanto quejumbroso, de pronto estallaba una nueva tanda de quejidos, que podían continuar hasta la madrugada. Al mes de escuchar los ruidos sacó algo en claro: eran de un ser humano, quizás de alguien desfalleciendo. Pensó en un deficiente mental y también en el llanto de una anciana maltratada por su familia, que fue la idea que más lo convenció. En ese momento, comienzos de junio, se le cruzó por la cabeza llamar a la policía pero al final no lo hizo: no quería meterse en líos. De todas formas, era demasiado tarde como para olvidar todo.

Dos semanas después comenzaron a dar noticias por la televisión sobre las primeras víctimas de la ola de calor en España. Cuando a la semana siguiente vio una ambulancia estacionada en la esquina de su casa pensó que la anciana enferma había empeorado. Sintió incluso un poco de culpa por haberse preocupado sólo por él, teniendo en cuenta que la anciana estaba tan mal. Este sentimiento de culpa se evaporó de manera instantánea al día siguiente, cuando escucharía la peor escalada de llantos desde que había decidido abrir la ventana. Aquella noche, Félix Escudero, apoltronado en el sofá y sin poder conciliar el sueño, intentó seguir una película por la televisión. Los gritos no paraban. Llegó el tramo final de la película. Félix se acomodó entre los almohadones y subió el volumen del aparato. No pudo escuchar en paz: los gemidos se hicieron cada vez más intensos. Ya se han excedido, pensó.

Apagó la televisión, guardó el teléfono móvil en el bolsillo superior de su camisa y fue hasta la cocina. Se asomó por la ventana abierta. Estiró el cuerpo todo lo que pudo y se asomó hacia abajo por primera vez desde que había llegado al departamento. Miró el patio del vecino y vio una luz que provenía del interior. Los gemidos venían del piso de abajo, del departamento del viejo. Acá algo anda mal, se convenció, y se decidió a llamar a la policía. En ese momento perdió el equilibrio, dio un respingo y se golpeó la espalda contra la ventana abierta. El móvil se deslizó del bolsillo de la camisa, trazó una hipérbole en el aire, y se estrelló contra el patio del piso de abajo. Los llantos no paraban. Carajo, dijo, y ahora cómo llamo. Estudió con detenimiento los trastos amontonados en el patio del vecino, lleno de colillas. Había unos muebles apilados, unas mesitas pequeñas. Encima había unas cajas de cartón y un par de valijas de cuero. El piso de abajo estaba a poco más de tres metros. Bajo, cojo el móvil, subo, y llamo a la policía. Sacó una pierna por la ventana y apoyó el pie en la cornisa. Luego sacó la otra pierna. Calculó el movimiento y saltó sobre la maleta. Como casi todo aquella noche, el salto le salió mal: cayó sobre la maleta, que apenas se sostenía sobre los trastos, y se fue de boca contra el piso. Se alegró al ver que el móvil, aunque le había saltado la carcasa, seguía funcionando. Se incorporó y se asomó, apenas, por la puerta de la cocina del viejo, que daba al patio. Se veía, en el fondo, una luz que venía de la sala. Los gritos habían cesado. Se acercó a la puerta. No vio nada. El corazón le latía muy rápido. Caminó hacia atrás medio metro y miró hacia arriba, pensando cómo subiría hasta su piso. Sintió unos pasos. La puerta de la cocina se abrió y se asomó una persona que no pudo distinguir. Tuvo el reflejo de caminar hacia atrás, pero no había más espacio en ese patio lleno de trastos.

–¿Quién anda ahí? –preguntó una voz.

Era una voz gargarosa, que bien podía ser de hombre o de mujer. El cuerpo desconocido avanzó unos pasos. Félix Escudero pudo identificar, a contraluz, la cara de la vieja del primero segunda, su vecina de puerta, quien llevaba unas tijeras en la mano.

–¿Qué haces aquí? ­–dijo la vecina y Félix comprendió que ya lo había reconocido.

La vieja llevaba un bañador lila y andaba descalza. Estaba agitada y transpirada. Tenía la piel morena, ajada y curtida, como si lo único que hubiera hecho en toda su vida fuera tomar sol.

Félix levantó el brazo izquierdo esgrimiendo su móvil.

–Disculpe, se me cayó el móvil al patio, señora –le dijo.

–¿Dime, y no podías golpear la puerta? –dijo ella. De haber tenido veneno, la mirada de la mujer lo habría matado.

Félix Escudero no supo qué responder y miró hacia abajo. Es cierto, podría haber golpeado la puerta. La mujer se dio vuelta y caminó hacia dentro. Félix no se movió. La vieja desde adentro le dijo que pasara. Félix atravesó la cocina y llegó a la sala. El aire olía a pis, a medicamentos. El departamento era igual al suyo, excepto por un tabique que separaba la cama de la sala generando una especie de habitación. Félix supo que tenía que salir de esa casa cuanto antes. Se acercó al picaporte y escuchó una voz.

–¿A dónde vas tan rápido, chaval? –era la voz de un hombre la que preguntaba–. La llave de la puerta la tengo yo.

Félix se dio vuelta. Vio al viejo que había conocido el día de su llegada al edificio, sentado en una esquina de la cama, con una especie de plástico en la cabeza y desnudo, hurgándose los genitales, embutidos en un slip blanco. Llevaba puestas, además, unas patas de rana amarillas.

–¿Cómo te atreves a meterte así en mi casa? –le espetó el viejo.

–Lo siento, realmente. Discúlpeme, yo no quería…

El hombre miró a los ojos a Félix y se quitó la mano de los huevos.

–¿Qué has venido a buscar a mi casa?

Félix sólo esperaba que lo reprendieran y lo dejaran salir. La mujer montaba guardia en la puerta como esperando alguna orden del viejo. Parecía un alguacil en un juicio, dispuesto a llevarse al convicto en cuanto el juez lo ordenara.

–Me habías caído bien, chaval. Pero has resultado todo un impertinente –dijo el viejo.

Se levantó de la cama y se quitó la goma que le cubría parte de la cabeza. Era una máscara del pato Donald. Se dio vuelta y se puso a buscar algo entre las sábanas. A la mitad del culo, salía de su slip un pompón blanco. El viejo tenía el trasero lleno de marcas, como si lo hubiera arañado algún animal.

–¿Te gusta Walt Disney? ­–le dijo el viejo, con un látigo de cuero en la mano. Félix lo miró.

–Walt Disney… sí, claro. El que creó a Mickey. Y al Pato Donald ¿no?

–Pues ¿sabes una cosa? A mí me parece el peor excremento del capitalismo norteamericano –dijo el viejo modulando palabra por palabra. Luego soltó, como poseído:

–Fue un mercenario megalómano y macarthysta trabajando al servicio de la CIA, al frente de una industria creada hace años para envasar ideas fascistas, congelarlas, e inocularlas en el mundo hasta que todo esté podrido, hasta que del planeta sólo mane pus. Tu generación ya está podrida. No me hagas hablar más. Bájate los pantalones y ponte en cuatro patas. Si quieres hablar de mí a mis espaldas, te daré razones. ¿Dónde he dejado los cueros, cariño?

.

.

Félix se miró en el espejo del baño y se secó la cara. Escuchó una ambulancia que se estacionaba en la puerta del edificio. Pensó en los viejos, desmayados por la paliza en el piso de abajo. Buscó su valija y empezó a colocar sus cosas dentro. En un par de horas, cuando no lo viera nadie, se iría al departamento de su compañero. Sentía que quería regresar a Lima cuanto antes. Más que nunca.

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3 respuestas a Generación perdida

  1. Alejandro dijo:

    pobre peruano,,,,mejor se hubiera quedado en lima a estudiar,,,

  2. Santiago dijo:

    Siempre con tus finales totalmente inesperados, muy bueno Paterlis!!!! Felicitaciones… chaval!!!

    • Pato Bottos dijo:

      Gracias, Santi! En futuros cuentos vas a encontrar otro tipo de finales, tal vez no inesperados, si no más bien que dejan todo en suspensión. Abrazo, pebete!
      Pato

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