La luz en Helsinki

Ahora que huelo este perfume, el mismo que usaba ella, me pregunto qué será de la vida de Rulitos. De ella y de su hermano, sobre todo, porque desde aquella noche nunca nos volvimos a ver.

Rulitos y yo nos conocimos en un taller de fotografía. El profesor era un tipo alto y calvo, con ojos chiquitos escondidos detrás de unos anteojos redondos. Hablaba rápido y en voz baja, parecía un físico chiflado. Presten atención a la luz, dependemos de la luz, decía, y usaba una primera persona que le daba a sus discursos un aire profético. Rulitos se sentaba a mi lado. Un día faltó. La semana siguiente me preguntó qué había dicho Foquito la clase anterior. Lo dijo toda seria. Entendí que se refería al profesor y me causó gracia. En el curso éramos como diez tipos y sólo un par de chicas. Desde el primer día todos estábamos muertos por Rulitos. Tenía un cuerpo espectacular. Uno la veía pasar y volvía a verla, como para confirmar lo que acababa de ver. Tenía los ojos de Bette Davis, y el pelo hasta los hombros, lleno de rizos. Era una belleza cómplice, que invitaba a sentirse parte de ella. Sin conocerla, uno podía pensar que esa chica no te iba a hablar en su vida, porque la autoridad que le confería su atractivo le permitiría ser todo lo antipática que quisiera. Sin embargo, su ser desprendía un aura de generosidad, como si la belleza física pasara a un segundo plano, y uno terminaba hablando con ella sin sentirse en medio de una conquista –aunque en verdad lo estaba–.

Todos los desesperados del taller estuvieron disputándose su sonrisa durante un tiempo. Cuando entendieron que su simpatía era incondicional pero infiel, creo que se fueron desanimando. Y yo –precisamente porque no esperaba nada de ella, o en verdad lo esperaba todo solo que suponía que Rulitos jamás acabaría con un tipo como yo–, hablaba con ella de lo más normal, me mostraba sincero y nada desesperado. Al acabar cada clase, bajábamos las escaleras del edificio y nos quedábamos hablando un rato largo. Sobre fotografía, básicamente, pero a veces sacábamos otros temas. Yo me apuré en mencionar a mi ex novia. No sé por qué, en esa época pensaba que eso enternecía a las chicas. Contarles lo mucho que uno era capaz de sufrir por amor. Me escuchó como si le estuviera hablando de un filtro o un nuevo modelo de Leica. Ella siempre escuchaba, pero no decía nada. Los otros tipos del taller nos saludaban y se quedaban un rato mirándonos, mirándome en verdad, preguntándose, quizá, lo mismo que yo: por qué me daba bola una chica así.

Apenas me pagaron en el trabajo al mes siguiente, caminé por la calle Libertad de arriba abajo hasta encontrar una cámara usada pero decente, una Nikon. Aunque nos reíamos de la vehemencia de Foquito, en el fondo nos gustaba. Era de esos tipos que, a fuerza de parecer locos, consiguen transmitirte su pasión por las cosas. Yo andaba con la Nikon en la mochila todo el día. La llevaba de acá para allá, esperando sacar la foto de mi vida. Los primeros rollos fueron un absoluto desastre. Ni una foto rescatable. A Rulitos le gustaba la de una cariátide que yo había sacado en Hipólito Yrigoyen a la altura del Once. Era como un Hércules barbudo, con la boca abierta, enojado. Estas fotos están re bien, me decía, si vieras las mías salís corriendo. El encuadre no estaba mal, pero me había equivocado con el diafragma, y además la foto estaba ligeramente movida. Habrá sido mi ilusión, pero sospeché que yo le gustaba, y entonces ella empezó a gustarme todavía más. A ver cuándo me mostrás las tuyas, le dije, y la miré a los ojos, buscando su reacción. Sí, me respondió pensativa, podemos quedar una tarde de estas. Su voz sonó relajada.

La primera vez que la visité, el viaje hasta su barrio se me hizo largo. La casa tenía dos pisos y estaba ocupada por la familia, dos gatas y un perro. Las habitaciones estaban comunicadas por un pasillo largo y parecían universos separados. Daba la sensación de que ahí nadie tenía una idea clara de quién estaba en la casa en ese momento, ni tampoco le importaba tenerla, como si la intimidad de cada cuarto fuera suficiente para sentirse alejado del resto. En la habitación del costado está mi hermano, y en la del fondo mis papás, me dijo. Las paredes del cuarto de ella estaban decoradas con fotos de Cortázar y reproducciones de Frida Kahlo. Las puertas del placard estaban abiertas y había una valija roja al costado de la cama con ropa dentro. Las estanterías estaban llenas de libros. Tenía Rayuela sobre la mesa de luz, en una edición bastante vieja, o al menos muy usada. Le pregunté si lo estaba leyendo, y me dijo que lo estaba usando en su trabajo. Su respuesta me sorprendió, porque yo quería hablarle de Rayuela desde mi lugar de tonto que se siente superior porque leyó un libro que otro todavía está leyendo. Cuando me dijo que lo estaba usando en el trabajo me descolocó. Seguimos hablando de otras cosas, y al final nunca me enteré a qué se dedicaba.

Se tiró sobre la cama, cubierta por un acolchado blanco espumoso, con un sobre de fotos en la mano. Palmeó el cubrecama y me invitó a su lado. Ella olía a perfume, el mismo que llevaba siempre al taller, y el mismo que huelo de vez en cuando por la calle y hace que me acuerde de ella. Abrió el sobre y sacó un taco de fotos. Eran fotos color. Las instrucciones del profesor del taller eran que trabajáramos primero en blanco y negro. Las fue pasando de a poco, haciendo una pausa entre cada una. En las fotos había mucha gente, nadie miraba a la cámara. Parecían fotos mal sacadas de un casamiento o de una fiesta. Las pasó todas hasta llegar de nuevo a la primera, en la que se veía un grupo de muchachos bailando y uno de ellos limpiándose un ojo, secándose una lágrima, tal vez. Esto es todo, dijo, y me despertó como de un sueño. Se incorporó en la cama. Noté cierta prisa en el movimiento. Me entristecí, porque tenía ganas de besarla y nunca la había tenido tan cerca. Pensé que había dejado escapar la oportunidad de mi vida y que me iba a ir de su casa sin nada, pero me equivocaba. Ella se levantó de la cama. Cuándo las sacaste, le pregunté todavía recostado. Se delineó los ojos. La semana pasada, dijo, en la fiesta de cumpleaños de mi hermano. La miré en silencio mientras se maquillaba. Ah sí, y cuántos cumplió, pregunté. Se miró de perfil en el espejo. ¿Mateo? Treinta y dos. Son muy buenas, comenté. Buscó mi cara en el espejo. No, no son buenas, dijo. Lo decís de compromiso. La única foto que me gusta es la primera. ¿Y sabés por qué?, porque saqué a mi hermano llorando. La única alusión a la tristeza en toda la fiesta. En esta casa nos tienen prohibida la tristeza. Miró su relojito en la muñeca, resopló y se sentó en el borde de la cama. Te hacía una persona honesta, me dijo y se sonrió, pero veo que cuando te conviene sabés mentir. Se acercó y me dio un beso en la boca. Algunos ricitos cayeron sobre mi cabeza. Me tengo que ir, me dijo, y agarró el libro de Cortázar. Te voy a extrañar, Rulitos, le dije y le acaricié uno de los rizos. Y ahora no miento, añadí.

A veces me daban en el trabajo entradas para el cine y nos veíamos dos películas juntas, una atrás de la otra. Ella me preguntaba poco acerca de mi vida. No sabía ni dónde vivía, ni a qué me dedicaba. Hablábamos de libros, de música, de viajes, de anécdotas. De cosas que nos habían pasado tiempo atrás, pero nunca de nuestras vidas ordinarias. Poco a poco me fui dando cuenta de que no necesitaba saber nada más. En el taller todos creían que salíamos juntos, pero entre nosotros no había pasado nada más que aquel beso. Al menos hasta que el curso se acabó y no vimos más a los compañeros. El último día el profesor organizó una muestra. Vino gente de todas partes, no sólo del taller. A Rulitos le expusieron ocho fotos. A mí sólo dos. Me sentí derrotado, pero en el fondo estaba contento por ella. En una esquina habían servido unos vasitos de vino blanco o de champán que había perdido el gas. La gente se agolpaba y no le prestaba ninguna atención a las fotos. Rulitos vino a buscarme: me agarró del brazo y me acarició la cabeza. Conozco un lugar que te va a gustar, me dijo. Saludamos a todos y salimos.

El aire olía a su perfume y a lluvia. Estaba pesado y apenas se veía la luna. Caminamos como media hora. Íbamos agarrados del brazo y sólo nos detuvimos en un par de librerías que todavía estaban abiertas. Al final llegamos al lugar. A simple vista parecía un café común y corriente, con poca luz, paredes acabadas de forma despareja, como a propósito, igualito a los bares de Palermo viejo. Rulitos entró y saludó a un hombre gordo que secaba unos vasos detrás de la barra. Hablaron un rato y yo preferí quedarme a una distancia prudente, intentando no oír lo que se decían. Me di cuenta de que la gente del bar la miraba, los hombres sobre todo. Le miraban el culo. Yo haría lo mismo, pensé, y aunque no podía hacer nada, me daban celos. El gordito dijo que pasáramos. Están por empezar, dijo. Me miró y me sentí incluido, un poco más cerca de la Rulitos y de su mundo. Bajamos a un sótano por una escalerita de metal. Había un escenario, y encima una mesita con un micrófono, una jarra con agua y dos vasos. El lugar parecía lleno de gente, aunque las mesas, las sillas y el espacio en sí, tan diminutos, contribuían a dar esa sensación. Nos sentamos delante de todo, en un costado. Al rato bajaron las luces y un muchacho pelirrojo subió al escenario. Se sentó en la sillita de madera con unas hojas enrolladas en la mano. Se pegó el micrófono a la boca y cerró los ojos. Comenzó a gritar las vocales: “a e i o u, a e i o u, a e i o u. A e i o u, Silver”. Y luego: “Me gusta el invierno, porque junta a las personas. Calor humano.” Leyó más poesías. Pasaba las hojas una y otra vez, tratando de encontrar el poema exacto para cada momento. Parecía la búsqueda improvisada de un orden perfecto. Luego siguió una chica, y luego otra, y otra. Finalmente, el muchacho volvió al escenario y se dirigió al público. Quiero invitar a subir a mi amiga, dijo, extendiendo la mano abierta hacia nuestra mesa. Rulitos movía la cabeza y se reía. Por favor, repetía el muchacho. Al final ella accedió. Subió al escenario con un cuadernito de espiral destartalado, se sentó en la sillita y agarró el micrófono. De pronto se quedó muda. Miraba a la gente como si la espectadora fuera ella y no al revés. Hubiera querido que de pronto dijera “le quiero dedicar este poema al chico que está ahí sentado”, o “éste va dedicado al chico que me acompaña esta noche”, o algo así. Pero no dijo nada de eso, y creo que tampoco me sentía molesto. No tenía motivos. El mundo de Rulitos era vasto, bastante más de lo que pensaba, y yo ocupaba un lugar muy pequeñito en aquel universo ruliano. Cuando salimos del lugar era de madrugada. Le pregunté si tenía más secretos y me respondió detrás de una sonrisa seria que era cantante, actriz y locutora.

No sé si lo dije, pero Rulitos vivía lejos, muy lejos. Su casa quedaba fuera de mi mapa mental de la ciudad, en un barrio de calles angostas, con nombres de batallas y patriotas para mí desconocidos. Al llegar a su puerta uno sentía una fatiga épica, unas profundas ganas de descansar, de dormir e hibernar una temporada completa sin ser molestado por nadie. Esa fue la sensación que tuve aquella noche parado en el umbral, con mi pesada e inseparable mochila en la espalda, mientras ella ponía las manos alrededor de mi cuello y me besaba en puntas de pie. Mis viejos no están, no hay nadie en casa, dijo, y me invitó a entrar.

Apoyó las llaves en una mesa ratona frente a la entrada y pasamos al living. Nos sentamos en un sofá. En seguida vinieron las gatas, que eran hermanas, según me contó, y se llamaban Thelma y Louise. Thelma erizó la cola y empezó a afilarse las uñas en la alfombra. Las encontré un día a una cuadra de acá, dijo sin que yo le preguntara nada. Eran tan chiquitas que me dieron pena y me las traje. Acá al principio nadie las quería; hoy todos se pelean por tenerlas en la falda. Veo que sos una pionera, dije. Encendió un velador, se arrodilló y empezó a revisar una pila de compacts del piso. Se oían algunos truenos. Una luz muy tenue iluminaba el ambiente. La sala estaba llena de cuadros y esculturas de madera. También había un par de máscaras talladas, probablemente de origen africano, y una colección de dedales de porcelana. Levantó un CD, uno del que habíamos estado hablando bastante. Era uno de Velvet Underground que tenía una banana en la portada. Yo insistía en que me parecía un gran disco, y ella decía que sí, pero que de ningún modo era lo mejor de la Velvet. Al igual que con Rayuela, no sabía qué decirle, porque para mí eso era no solo lo mejor, sino lo único que yo conocía de “la Velvet”, como le llamaba ella. Encendió el equipo de música. Puso el disco, aunque no desde el principio, y se empezó a desvestir de espaldas a mí. Se sacó la campera de jean, luego el pantalón y la blusa. Mientras entendía lo que estaba haciendo me iba poniendo cada vez más nervioso. No sabía si mirarla o desnudarme yo también. Al final me recosté en el sofá, con la cabeza apoyada en el posabrazos y una indisimulable erección debajo del pantalón. Se sacó el corpiño, se dio vuelta y se masajeó la nuca. Las tetas no eran ni muy grandes ni muy pequeñas. Eran medianas, redondeadas, casi perfectas, y sobresalían los pezones erectos, rodeados de una pequeña aureola rosada. “Here she comes”, comenzó a cantar sobre la voz de Nico que sonaba de fondo. “You better watch your step”, movía los hombros despacio y avanzaba hacia mí. Miré de reojo la puerta de la sala, abierta. Me di vuelta, manoteé la mochila y saqué la cámara. Recé a un dios al cual acudía sólo en casos excepcionales para que tuviera el negativo cargado. “She’s gonna break you heart in two, yes it’s true”. Tenía un rollo entero, así que quité la cobertura del lente y comencé a disparar. La luz era escasa. Me acordé del bendito profesor. Ella posaba, pero sin mirar a la cámara, como si hubiera posado toda su vida y se ganara la vida con eso. Probé varios encuadres y exposiciones hasta acabar el rollo. Apoyé la cámara en el piso y sentí que eran las fotos que había estado esperando desde el primer día. Me hizo recostar en el sofá. Me sacó la ropa y se me sentó encima. No pude evitar mirar de nuevo la puerta abierta. No hay nadie, no te preocupes, dijo, y sonrió. Me peinó con la mano y me besó. Quiero que me hagas el amor, dijo, y obedecí a su pedido con convicción militar, sin pensar en el forro ni nada. Al rato, un tiempo que para mí pareció infinito pero quizás no duró más de un par de minutos, le dije que estaba por acabar. Me di cuenta de que era muy rápido, supongo que estaba un poco tenso. Ella se siguió moviendo sobre mí más lentamente hasta que de pronto se detuvo, dio un gritito, y me clavó las uñas en los brazos. Era imposible que estuviera acabando tan rápido. Le acaricié la espalda y vi que todavía tenía los ojos cerrados. Me besó de nuevo, apoyó su cabeza en mi pecho, y un segundo después se oyeron unas llaves en la puerta de calle.

Hola, sonó, como viniendo de lejos, la voz de un hombre. Una figura que pareció un fantasma se detuvo una milésima de segundo en la puerta del living, Uy, disculpen, dijo, y se desvaneció rápidamente en la oscuridad del pasillo. Ella tanteó su campera de jean y nos cubrió. Por un instante la odié. Tuve el impulso de separarme de ella, de vestirme o taparme con lo primero que tuviera a mano. El corazón me empezó a latir con fuerza. Empezamos a vestirnos apurados, yo unas diez veces más que ella. Tranqui, me dijo, tranqui. No pasa nada. Hola, gritó ella al rato, vení nene. Puedo pasar, preguntó la voz, y se asomó a través de la puerta. Era un muchacho que no parecía de más de treinta años. Rulitos nos presentó: era Mateo, su hermano. El muchacho era alto, desgarbado, de cuello alargado y cabeza redonda y chiquita. Llevaba puesto un jean, una camisa de manga corta y un pañuelo turquesa alrededor del cuello.

–Disculpen, chicos –dijo, y su voz parecía sentida–. No sabía que estaban acá.

–Todo bien, tranqui –dijo Rulitos, y se hizo un rodete en el pelo con un palito–. Pensé que no venías.

El muchacho miró la tapa del CD de la Velvet, que todavía estaba sonando.

–Sí, pensaba quedarme en la fiesta –dijo–. Pero –enumeró con los dedos– se estaba por largar a llover, me estaba cagando de frío, mis amigos se habían ido, y, más que nada, me estaba aburriendo soberanamente. Así que me fui.

–¿No tenés frío? –le preguntó Rulitos.

–No, ahora no. Acá está bien.

–Abrigáte, nene. Tenés que cuidarte.

El muchacho se sentó en un sillón en frente de nosotros.

–Acá está bien –dijo él.

Se produjo un silencio que a mí me resultó un poco incómodo. Pensé en hablar del disco de la Velvet, pero me pareció un poco forzado, y además no sabía qué decir. Nos miramos. Había buena onda, pero las palabras no salían.

–Me pasó algo re loco –dijo él al final, y cruzó las piernas–. Conocí a un chico que estuvo viviendo dos años en Islandia.

El muchacho zarandeaba el pie libre y jugaba con la pantufla que llevaba puesta.

–No, creo que era Finlandia –se rascó la barbilla–. Sí, era Finlandia. Estuvo estudiando dos años en la universidad de Helsinki. Me contó que en verano el clima está más o menos bien, que hay sol y hasta hace calor. Aunque dura poco, a la gente en la calle se la ve feliz durante esos meses. Pero dice que después llega el invierno y…

El muchacho tosió varias veces e hizo una pausa para respirar. Pidió disculpas por la interrupción.

–Me contó que la nieve dura hasta ocho meses. Y lo más loco: parece que los días son súper cortos, o sea que el sol sale a las once de la mañana, por ejemplo, y a las tres de la tarde ya es de noche otra vez. Si el día está nublado ni ven el sol. Y la gente que trabaja: se levanta a las siete, todavía de noche, entra a trabajar a las ocho, de noche… y sale a las seis, que ya es de noche otra vez. O sea que esa gente no ve la luz del día –hizo una pausa y levantó las cejas–. ¿Te imaginás vivir así?

Rulitos murmuraba asombrada. Yo no llegué a desconfiar de la veracidad de lo que él decía, pero de todas formas algunas cosas me parecieron un poco exageradas.

–Una noche eterna –continuó él–. Yo me muero. Pobre gente, ¿no? No ven la luz del sol durante meses. Ahora entiendo por qué se suicidan tanto.

El muchacho acarició el pañuelo que llevaba en el cuello, la vista fija en el tejido. Una de las gatas entró en el living, nos estudió a los tres desde el suelo, y al final saltó sobre la falda del muchacho. Él se rió.

–Cómo sabés quién te trata bien en esta casa, ¿no? –le dijo a la gata impostando la voz, y le acarició el lomo con fuerza.

La gata ronroneaba. Nos quedamos un rato así, escuchando el último tema del disco, hasta que una corriente de aire entró en la sala y agitó las cortinas de la ventana, que daba a la calle.

–¿Cerraste todas las ventanas? –el muchacho se acarició los brazos.

–No, la de la cocina creo que está abierta –dijo Rulitos.

–Se va a largar a llover –dijo él–. Voy a cerrarla.

Miré por la ventana. Se veían algunos relámpagos en el horizonte. A Rulitos se le deshizo el rodete pero no se inmutó. Estaba como ausente, con la vista fija en la alfombra. El palito de madera que le sujetaba el pelo se deslizó por su espalda y cayó al piso. Lo recogí. Gracias, me dijo cuando se lo di, y me abrazó. Le acaricié la espalda.

–A veces me pongo triste de repente –dijo en voz baja, un segundo antes de que pudiera preguntarle qué le pasaba–. ¿A vos no te pasa?

–Sí, claro –respondí–. Todos los días. Excepto cuando te veo.

Esbozó una sonrisa y volvió a ponerse seria. Más tarde me iba a arrepentir de las tonterías que había dicho.

–Mi hermano se va a morir un día –me clavó la vista–. Y sé que eso puede ser dentro de diez años, o dentro de veinte, o qué sé yo, a lo mejor no se muere nunca, pero me deprimo igual.

La miré sin entender a qué se refería.

–Está infectado con el HIV.

Sentí un sudor frío y que se me aflojaban los huesos de la columna.

–Te juro que es como estar con una bomba en la mano. Sabés que hoy no explota, y que talvez mañana tampoco. Pero algún día…

Quitó los brazos de mi cuello y volvió a mirar el suelo. Tragué saliva.

–No siempre estoy así, eh –dijo como pidiéndome disculpas–. No sé, me agarró el bajón. Cuando entro en confianza con alguien es como que me relajo y suelto todo.

Me sentí halagado y a la vez triste, muy triste. Sobre mi imagen del universo de la Rulitos, hasta ese momento sorprendente, cálido, alegre, caía un velo gris de manera irreversible.

–Está todo bien –dije, y me sentí corto de palabras. Tenía que hacerle alguna pregunta después de lo que me acababa de contar, pero no quería parecer intrometido.

–¿Está siguiendo algún tratamiento?

–Sí. Le están haciendo uno muy bueno. Dentro de lo que cabe, claro, porque las drogas que le dan le hacen mierda el cuerpo –levantó la vista y en sus ojos apenas si quedaban restos de tristeza–. La semana que viene lo acompaño a Estados Unidos. Va a estar una semana en una clínica que está implantando un tratamiento nuevo, menos nocivo, según dicen. Así que tengo esperanza de que vaya todo bien –hizo una pausa larga–. Al final no me dijiste qué foto te gustó más de la exposición…

No volvimos a tocar el tema del hermano. Sólo hablamos de la muestra de los trabajos del taller, del profe, y de la gente del curso. La vi bostezar y sentí que ya era hora de despedirse. Me ofreció quedarme, pero le dije que prefería volver a casa. Guardé mi cámara en la mochila. Rulitos me acompañó hasta la puerta y nos despedimos.

–Te llamo el martes antes de salir –se despidió de mí, y esas fueron las últimas palabras que intercambiamos, porque ella no me llamó, y cuando conseguí que alguien me atendiera en su casa, ella ya no estaba.

Caminé por la calle estrecha hasta la avenida, en busca de algún taxi. Me dolía todo el cuerpo y la mochila me parecía más pesada que de costumbre. No se veían autos. Todo estaba mudo y desierto. No se veían más relámpagos en el horizonte, pero la luna seguía cubierta. Me imaginé una noche de veinticuatro horas, un cielo eternamente oscuro, un sol siempre eclipsado.

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6 respuestas a La luz en Helsinki

  1. Claudio dijo:

    Buenisimo Patito !! Buenisimo !!! Uno realmente se siente ahí, esperando un bondi, cagado de frio y a millones de kms de casa, en uno de esos barrios que despues descubris que en auto estan cerca, pero a pata lejisimos!!! Un abrazo!!!!!

  2. Samu dijo:

    ¿Qué tal Patricio? ¡Cuánto tiempo sin saber de ti! El cuento es muy bonito y te tiene enganchado hasta el final, me gusta mucho.

    Un abrazo

    • Pato Bottos dijo:

      ¡Qué tal, Samuel! ¿Todo bien? Me alegro que te haya gustado el cuento. Si quieres suscríbite a las actualizaciones del blog y te irán llegando los mensajes cada vez que cuelgue un cuento, que es una vez al mes.
      Abrazo, que siga todo bien por Lanzarote.
      Pato

  3. Deli dijo:

    Me encantó Pato, cada vez escribís mejor!!!
    Abrazos

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