Rosas blancas

Dante se mira en el espejo. Repasa con la mano la tersura de su cara recién afeitada. Se peina. Se viste con un vaquero y una camisa celeste. Se asoma a la ventana de su cuarto: es una noche templada de marzo, hay algunas nubes y se está levantando viento. Agarra la cédula de identidad y la plata y se las coloca en el bolsillo trasero del jean. Guarda el reloj pulsera y las llaves en el bolsillo de adelante. Solo le queda hacer pis y partir. En el camino hacia el baño atraviesa la cocina, se detiene y saluda a su madre, que mira televisión a oscuras. ¿Te vas?, dice ella. Dante afirma con la cabeza. ¿Te quedás allá?, pregunta. Él asiente de nuevo. ¿No volvés hasta mañana? No, mamá, no. ¿Querés que te llame a una baby sitter? Dante percibe el reflejo del aparato en los anteojos de ver de lejos de su madre, dos destellos en la penumbra del ambiente. Ella tiene la vista fija en la pantalla. Dante abandona su objetivo de ir al baño. Se queda un instante ahí parado, pensando en captar su atención. Estaban ricas las milanesas, está por decir, pero ella habla antes: llevate la campera, que dicen que va a llover.

La parada del colectivo está a dos cuadras. Dante piensa en su madre, y en que quizás debería buscarle alguna actividad. La jubilación la está matando, piensa, y va mucho más allá de la cuestión del dinero que cobra cada mes: Dante siente que vive con un zombie. Antes no era así: por lo menos se quejaba de los pacientes que llegaban tarde al consultorio del doctor. Cruza la calle. El viento trae aire de lluvia, un olor que lo fascina. Piensa que en un ratito va a ver a Caro, su novia, y de repente se siente alegre. Ella no sabe que él está yendo a su casa. Las sorpresas tienen este doble filo: pueden sorprender, o pueden caer mal. Pero si te aviso qué gracia tiene, le dijo él la última vez que ella le regañó que cayera por su casa sin avisar. A ver si te pesco algún día con las manos en la masa. Ja ja ja, respondió ella seria. No me causa gracia, le dijo. Dante sabía que en el fondo a ella le gustaban las visitas sorpresa.

El colectivo aparece al cabo de unos minutos. Está medio vacío. Dante elige su sitio favorito: fila del fondo, último asiento de la derecha, al lado de la ventanilla. El viaje es corto. Si el trayecto durara diez minutos más, se animaría a cerrar los ojos. Seguro que se dormiría rápido. Pero mejor no tentar la suerte, a ver si termina en Constitución, como ya le pasó alguna vez. La luz dentro del colectivo cambia a intervalos regulares de la oscuridad casi total a la penumbra, al ritmo de los faroles que van cruzando en la avenida.

Dante se acuerda de hace tres años, cuando todavía salía con Vanesa. Se veían siempre a medianoche. La quería, pero discutían muy seguido y por cualquier cosa. Con Caro llevan poco más de un año, y no se pelearon nunca. Él se siente enamorado, y se sentiría más todavía si ella se abriera un poco más. Caro no quiere que celebren nada, por ejemplo. Al primer mes de salir, él le regaló una rosa con una tarjeta. ¿Y cuando cumplamos un año una docena, no?, se le rió en la cara. Dante sabe que Caro es diferente a otras chicas con las que estuvo, y que no se fija en esas cosas protocolarias. Los detalles le parecen superfluos o exagerados. Prefiere la sencillez y las cosas espontáneas. Por eso me gusta más que las otras, se convence él.

El colectivo cruza Coronel Díaz a gran velocidad. A estas horas de la noche Santa Fe está vacía. Dante se agarra del pasamanos. Se levanta y toca el timbre. El chofer lo mira por el retrovisor, reduce la velocidad y se ubica en el carril más próximo al cordón. Dante desciende uno de los dos escalones de la escalera de la puerta de atrás. Está ensimismado haciendo cuentas. Hace trece meses y medio que salen con Caro. Ella no quiere celebrar nada. Pero ya cumplieron más de un año y él le quiere regalar flores. Si no sabe aceptar un regalo es un problema de ella. Cambia de opinión y sube el escalón. En esta no, en la próxima, le hace señas al chofer. En el colectivo hay apenas cinco pasajeros más. El vehículo cruza Pueyrredón, avanza cincuenta metros y se detiene al lado de un McDonald’s. Dante se baja.

Mira la vereda de enfrente y ve el puesto de flores todavía iluminado. Otro que abre las veinticuatro horas, se ríe, y se acuerda del puesto de flores de la esquina de su colegio, que también abría veinticuatro horas, y que al día siguiente que lo cerró la policía se enteró de que vendía droga. Un toldo de plástico transparente hace de cortina al viento del sudeste que ahora sopla con más fuerza que hace un rato. La tanda de coches ya ha pasado y la avenida está desierta. Cruza Santa Fe por la senda peatonal, el muñeco del semáforo todavía en rojo. Se acerca al puesto y va pensando en qué flores comprar. A él le gustan los jazmines, aunque sabe que son un poco cursis, y además en otoño no hay. Un ramito de fresias podría ser una alternativa, pero no alcanza a tener la envergadura que él le quiere dar al regalo. Ni aunque comprara dos ramos. Saluda a la vendedora, una señora gorda de rasgos andinos que está sentada de brazos cruzados, abrigada hasta la nariz, viendo una tele en blanco y negro con interferencias. ¿Qué tenés?, pregunta Dante, y recorre las caras del puesto hexagonal buscando el regalo perfecto. La mujer enumera una serie de flores e incluso plantas. Señala un cactus en una macetita rectangular, dos pequeñas esferas pilosas que emergen, una sobre otra, de un mar de piedritas blancas. Como regalo es original, reflexiona él, pero un poco frío. ¿Y estas rosas?, señala un tacho beige en la parte interior del puesto. Esas son buenísimas, señor, le dice la mujer, son rosas blancas colombianas. Lo de señor le transmite cierta solemnidad al momento que Dante preferiría haber obviado. Se pone de cuclillas y las huele: no tienen ningún perfume. Pero se ven bonitas. Dante va a comprar rosas blancas, pero no sabe cuántas. Dame nueve, por favor. La señora se levanta de la silla por primera vez. Doce es muy obvio, analiza él, tres es muy poco, y seis suena mitad. Nueve es un buen número, se convence.

Dante siente ganas de hacer pis. Debe ser el frío de la noche. Debería haber ido al baño antes de salir de su casa, en vez de discutir con su madre. La mujer alinea las rosas sobre un papel celofán transparente con pintitas rosas, y va intercalando ramitas de helecho. Los tallos miden casi cincuenta centímetros y no tienen espinas. Rosas sin espinas y sin perfume. Son unas bellas rosas blancas mutantes. Dante paga. La señora gorda recibe el dinero, agradece, y guarda el billete en algún lugar entre su polera y su pecho, quizás debajo del corpiño. Él se queda impresionado con la simpleza y contundencia del sistema de seguridad. Saluda y se va con su ramo. Vuelve a la esquina para cruzar otra vez Santa Fe. Siente que la vejiga le estalla. Planea una parada técnica en el McDonald’s. Una chica con camisita a rayas, chaleco y visera pasa el lampazo en la entrada. Hay muy poca gente y están por cerrar. Dante dirige una mirada rápida a las cajas y se apura a subir al primer piso sin que lo vean. Orinar sin pagar un centavo, ese es su objetivo. Hace un mes, la última vez que le cayó a Caro sin avisar, ella todavía no había vuelto de la facultad. Dante se quedó esperando que llegara. Hasta que le vinieron ganas de hacer pis, unas ganas tremendas que solo se explican por el frío o la excitación. El retraso se convirtió en un calvario. Por eso, mejor asegurarse una espera tranquila.

En el final de la escalera del primer piso hay una señal amarilla en forma de techo a dos aguas que anuncia que el piso está húmedo. Dante analiza sus pisadas con detenimiento y entra en el baño de hombres. Todo huele a desinfectante y a frutilla. El piso está impecable. Detrás de la puerta, una hoja en una placa de plástico da fe que la última limpieza ha sido a las 23:30 hs., y que el encargado ha sido Ariel. Dante mira su reloj en el bolsillo: han pasado siete minutos de la limpieza. Hay dos mingitorios, uno de ellos ocupado por un muchacho, y, en el fondo, un inodoro vacío. En un primer momento Dante piensa ir hacia el inodoro, porque no puede hacer pis si tiene alguien al lado. Pero luego reflexiona que es un simple pis, y que va a ser molesto meterse en el cuartito de uno por uno con el ramo de flores de medio metro. Por eso apoya las flores contra la pared, los tallos mutantes perpendiculares al piso, y se para delante de la cerámica blanca del mingitorio. Se baja el cierre y mira la rejilla, buscando con la vista la naftalina que acaba de sentir con el olfato. Sucede lo de siempre: el pis no sale. El muchacho a su costado murmura una canción en voz baja. Es una cumbia bastante conocida. Dante intenta mirarlo por el rabillo del ojo. Su discreción lo lleva a observarle simplemente los pies. Lleva unas zapatillas de basket Nike de color blanco y plateado. Sube y baja la punta del zapato izquierdo marcando el ritmo de la canción. Dante se acuerda de lo que le decía su papá de chiquito, cuando todavía vivía: cuando no puedas hacer pis pensá en un río, un gran río que baja por la montaña. No falla, le decía. Dante entonces focaliza ese cauce que fue construyendo en su cabeza por partes, en diversas ocasiones que pasó por el mismo trance. El agua resuena; fluye limpia y cristalina en medio de una estepa. El río se atora por momentos y se generan en la superficie pequeños remolinos de espuma verdosa. El muchacho de al lado se aclara la garganta, un carraspeo grotesco que lacera el silencio del baño. En el momento en que Dante siente que el chorro de pis sale, por fin, liberando su vejiga, el muchacho de al lado suelta un escupitajo que se estrella contra los azulejos blancos, una flema verde y traslúcida que queda colgando de la pared, al costado de los caños de agua. Dante fija la vista en la escupida y luego busca la cara del muchacho, que ya no está en la misma posición: se ajusta delante del espejo el elástico del pantalón, un equipo de gimnasia Adidas color azul. Se acomoda el pelo. Canta en voz más alta y distingue la mirada recriminatoria de Dante.

–¿Qué mirás, puto? –le dice con una mueca en la boca y sale campante.

Dante lo ve de espaldas: debajo del buzo, también azul, sobresale la camiseta de la selección argentina. La puerta se cierra y emite un leve crujido. Dante acaba de hacer pis y almacena en algún rincón de su conciencia el río cristalino de la estepa. Se lava las manos, recoge las flores y sale del baño. Nota que el piso afuera está seco y que han quitado el cartel. Baja las escaleras y sale del local. Afuera, la chica que antes limpiaba el piso ahora cierra una bolsa verde gigante, la última de una fila de cuatro, con los desechos del restaurante. Una mujer con dos nenes le conversa: quizás le pide que le deje abrir las bolsas y buscar algo de comer. Dante camina por Santa Fe hacia Pueyrredón. Pasa delante de una disco gay: se escucha música house que viene del sótano. Dos patovicas en remera mascan chicle y hablan entre ellos. A pocos metros cruza dos travestis. Gracias, papi, ¿son para mí?, dice una. La otra le tira un beso. Dante apenas asimila el cumplido: se siente incómodo. Su antídoto es caminar con firmeza. Luego le caen, una a una, las palabras que le acaban decir: se están refiriendo a las rosas. Las travestis han quedado atrás. Él se gira un par de segundos, lo suficiente hasta asegurarse que han visto su sonrisa, que es su única respuesta. Dante continúa su marcha y escucha las risas, que ahora se mezclan con el caño de escape de un colectivo que pasa por la intersección de las dos avenidas.

Al llegar a la esquina de Pueyrredón Dante gira en dirección a Charcas. Camina y oye, además del choque de sus zapatos contra las baldosas, un ruido de rulemanes cada vez más cerca. Mira hacia la avenida desierta y ve pasar a un hombre con un carrito de supermercado. Va hacia el Once. En el carro lleva una carcasa de un sistema de ventilación, o algo por el estilo. Los latones de zinc se bambolean y producen unos aleteos sinusoidales. Dentro del carrito hay, además, un niño de unos tres años, sentado en un asiento plegable. Está descalzo y sostiene las chapas con sus manos pequeñas. Dante se pregunta cómo puede ser que ese nene esté ahí a esta hora. Y descalzo. Cuando él era chico no se veían niños descalzos por la calle a medianoche. Al llegar al final de la cuadra cruza Pueyrredón y toma Charcas. Los faroles no funcionan. El corte de luz se extiende varias manzanas en dirección a Plaza Italia.

Llega a la mitad de la calle. Sube los cuatro escalones del pórtico del edificio de la novia y toca el timbre en el portero eléctrico, que parece un atril. Nadie responde. Dante mira su reloj en el bolsillo y ruega que Caro haya llegado de la facultad. Al rato oye su voz.

–¿Sí?

–Linda, soy yo.

Ella tarda en responder.

–Estoy con el otro. No podés subir.

–¿Ah no?

–No.

Los dos se ríen.

–Ahora bajo.

Dante observa un buen rato el ascensor inmóvil en la planta baja. Camina unos pasos y se asoma a la entrada del edificio. De Pueyrredón hacia Callao sí que está iluminada la calle. Los faroles se bambolean con las ráfagas de viento, que arrastra ahora hojas de árboles, papeles y hasta botellas de plástico. Dante vuelve al portón de vidrio. El ascensor continúa en la planta baja. Se debe estar cambiando, piensa.

Pasan dos muchachos por el frente del edificio. Dante solo alcanza a percibir el final de su paso. Uno de los muchachos se detiene.

–¿Tenés hora? –le dice.

A Dante no le gusta que le pregunten la hora en la calle. Aunque no lo quiera reconocer, es uno de los motivos por los que, desde hace años, lleva el reloj en el bolsillo en vez de en la muñeca.

–No tengo –dice– pero deben ser las doce menos cuarto.

–Gracias –dice el muchacho, que apenas pronuncia la ese final.

Dante mira las rosas del paquete y, repentinamente y sin detenerse a contarlas, le parecen menos de nueve. Tiene el incómodo presentimiento de que la señora del puesto lo timó. Cuenta las flores y se tranquiliza: lleva un ramo de nueve rosas blancas. Al levantar la vista hacia el final del pórtico observa algo que le causa mala espina: el muchacho que le ha preguntado la hora está parado de espaldas en el extremo izquierdo de la entrada y su compañero en el derecho, como patovicas de disco. Miran hacia ambos lados de la calle, un pie apoyado en la pared. Dante no consigue siquiera darle forma a su mal presagio: uno de los muchachos avanza por el pórtico. Su figura va quedando iluminada a medida que se acerca. Es un chico de melena enrulada que no puede superar los diecisiete años. Tiene la nariz ancha y chata, y los labios gruesos, como a punto de estallar. Dante repara amargamente en la vestimenta: lleva equipo Adidas y zapatillas blancas. Es el chico del McDonald’s. Dante mira rápido al interior del edificio: la luz del indicador del ascensor pasa del dos al tres, y continúa ascendiendo. Dante todavía no reacciona. El chico lo agarra del cuello con una mano y lo empuja contra la puerta de vidrio. Dante suelta el ramo de flores.

–Dame todo lo que tengas –dice el muchacho.

Le apunta con algo desde el bolsillo del buzo. Dante observa el supuesto caño que se esconde detrás de la tela azul. Es una punta demasiado fina y un tanto corta. Bien podría ser un simple dedo. Dante le mira los ojos, ojos rojos de párpados a media hasta, como los de un fumado.

–No tengo nada –dice, aunque comienza a rebuscar en el bolsillo trasero del pantalón.

–¡Quemálo, Poronga! –grita el otro desde la entrada.

–¡No te hagás el pelotudo! –le estruja y afloja el cuello–. Dame todo. Reloj, billetera, todo.

El chico tiene aliento a vino. Dante quiere resistirse, pero su cuerpo no le obedece: ofrece su palma como patena con el contenido del bolsillo trasero del pantalón. El muchacho de rulos manotea el botín. Le mete la mano en el otro bolsillo trasero y luego le revisa los bolsillos de la campera.

–¿Solo esta mierda tenés, pelotudo? –lo zamarrea.

Dante analiza el botín que le refriega el chico en la cara. Junto a los cinco billetes de diez está su cédula de identidad. Al muchacho le tiembla la mano.

–Esta dejámela –dice Dante, y manotea su documento.

El chico de rulos lo mira incrédulo. Analiza si falta algún billete y vuelve a la carga.

–¡Forro dame todo que te mato! Dame la billetera, conchudo. Dame el reloj.

–No tengo, no tengo.

–¡Poronga quemálo! –dice el de la entrada.

–Dame el reloj.

–Ahí tenés la guita –Dante señala los billetes con la cabeza–. No tengo más nada.

El de la puerta chifla. El joven de rulos lo mira y abre grandes los ojos, en lo que parece un esfuerzo descomunal por permanecer despierto. Cierra la mano derecha, la misma en la que sostiene el dinero, y le lanza un puñetazo que aterriza de lleno en la mandíbula de Dante. La segunda trompada le da en el esternón. Dante se estrella contra el marco de metal de la puerta, cae al piso y siente que se queda sin aire. El que monta guardia a la entrada sale corriendo. El muchacho de rulos camina hacia atrás dos pasos y mira a Dante desparramado en el suelo.

–Ni se te ocurra gritar, pelotudo –lo amenaza con la mano izquierda en el bolsillo del buzo. Se detiene y arremete contra él otra vez. Le lanza una patada a las costillas. Dante se acurruca pero no puede esquivar el impacto. Mira de reojo las luces del ascensor, que pasan ahora del ocho al siete.

–¡Forro! –el muchacho de rulos patea el ramo de flores y le clava un escupitajo en la campera–. Gritá y te mato –dice y sale corriendo.

La luz del ascensor pasa del tres al dos. Dante intenta respirar por la nariz. Un gusto a sangre le sube por la tráquea. Se siente abatido por un relámpago de maldad humana. Siente que le baja la presión y que el pecho se le está por partir. Oye el chasquido de las puertas del ascensor en la planta baja. No mira hacia dentro, sino hacia el ramo de flores deshecho: una de las rosas ha quedado decapitada, otras dos tienen el tallo quebrado. El celofán de pintas blancas que las envolvía está roto y sin posibilidad de arreglo.

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