Una decisión afortunada

Julián Noguera se imagina que estos siete días que va a vivir con su mujer serán maravillosos. Siente la profunda convicción de que se abre ante ellos un futuro fantástico. Quiere dejar atrás los sinsabores de los últimos años. Recuerda la mirada de su mujer hace diez días al sugerirle estas vacaciones, sus ojos tiernos, serenos y llenos de luz como el día que la conoció. Se dice a sí mismo: todo está cambiando, no me di cuenta y todo está cambiando. Sin embargo, la convicción tambalea cuando piensa en lo que siguió: ella diciéndole que los pasajes a San Francisco no salieron mil doscientos dólares, como había imaginado ella, si no que, sumados los gastos de emisión, tasas y todo, la suma llega casi a dos mil. Julián se esfuerza por ver el hecho con cierta perspectiva. Comprende que está al lado de una mujer con una capacidad de resolución brutal y se considera, de pronto, el hombre más enamorado y más dichoso del mundo.

Cruza la puerta giratoria del aeropuerto, donde pronto embarcarán rumbo a San Francisco a pasar una semana en la casa que gentilmente les ha prestado su cuñado. Siente que camina embobado a dos centímetros del suelo. Este sopor tibio lo anestesia al ver en las pantallas que su vuelo está retrasado cuatro horas. Tiempo suficiente para leer entero el libro de autoayuda que exhibe en primera fila el kiosco de la terminal aérea.

Julián Noguera siente en el brazo la mano tibia de su mujer. Se explaya sobre las posibilidades de un cambio de aerolínea. Momentos después, señala con enojo que los han derivado a otra compañía. Según dicen, es para hacerles un favor, para no hacerlos esperar tanto. Pero la nueva empresa no pertenece al holding de la elegida en un principio por ellos. Es decir que no van a poder disfrutar de los privilegios de la clase VIP de la compañía de siempre. Julián Noguera está ensimismado en sus pensamientos. Duda entre gastarse por adelantado los dólares reservados a San Francisco en el libro de autoayuda del kiosco o más bien en unos cuantos paquetes de maní bañado en chocolate. La queja airada de su mujer lo distrae de su disyuntiva y lo lleva a concentrarse de manera exclusiva en el perfume que ella lleva puesto. Él lo reconoce con claridad, aunque ha olvidado su nombre. La quiero porque siempre olerá bien, se convence.

Cinco horas más tarde de lo previsto embarcan en la nave. Julián tiene el estómago lleno de maní con chocolate y las articulaciones de las piernas endurecidas, una mezcla de cansancio y artritis. Se atreve a fantasear con no sufrir más durante un vuelo. Consensúa con su mujer el viajar separados. Llama a la azafata y le señala de manera vehemente su necesidad de tener estiradas sus larguísimas piernas. Su mujer avanza hasta el asiento que le hubiera tocado a él, el 13L, junto a la ventanilla, una visión completa de la vastedad del cielo. Se sienta y sonríe. Él escolta a la aeromoza hasta el asiento junto a salida de emergencia. Está al costado del baño y no tiene ventanilla. Se sienta y se coloca el cinturón de seguridad. Apenas el avión despega y toma altura, Julián se da cuenta de que el aire frío que le congela el flanco no responde a ninguno de los dispositivos instalados sobre su cabeza, si no que proviene del burlete de la puerta de emergencia, que deja filtrar una ínfima pero devastadora porción de la gélida estratosfera que el avión surca ahora.

Le resulta imposible conciliar el sueño o entablar una conversación con la pasajera que ronca a su lado. Siente una ráfaga de alegría al pensar en su profesión, la de docente en un colegio secundario. Le brota un impulso que nunca antes ha experimentado: las ganas de corregir doscientos dieciséis exámenes correspondientes a las seis divisiones que tiene a su cargo, evaluaciones trimestrales que implican la lectura de setecientas noventa y siete hojas de carpeta. Hace más de veinticinco días que esperan una corrección. Reflexiona: si cuando vuelva no tengo las pruebas corregidas voy a tener problemas con el rector. Se levanta de su sitio, las piernas en perfecto estado aunque su cuerpo entero unas décimas por debajo del ideal médico. Tantea su bolso de mano en el compartimiento superior. Lo revuelve una y otra vez. Comprueba que las dos resmas de hojas garabateadas por los alumnos han quedado en su casa, encima de la mesa del comedor. Su mujer, que ahora duerme y parece un ángel, se ha olvidado de hacerle acordar que las colocara dentro del bolso. A pesar de sus insistentes ruegos. Julián Noguera, que bien podría sentirse enfadado por esto, solo atina a pensar en el futuro brillante que los une, mientras una aureola de luz incandescente, la agonía crepuscular del sol en el mar del cielo, rodea la cara y el pelo de ella.

A Julián lo asalta ahora la cara del rector, un óvalo calvo y fofo con anteojos finitos, recriminándole su desidia. Sacude esa idea como una nube de humo. Fija la vista en la última película de Woody Allen que están proyectando en la pantalla del centro del pasillo. Su fanatismo por el director neoyorquino es tal que esta es la única película que no ha visto dos veces. Ni dos ni una en verdad, porque todavía no se ha estrenado. Sin embargo en el avión la película está entrando en su resolución. Julián se angustia: va a conocer de manera anticipada el final, luego de haberse perdido los sesenta minutos iniciales. Quisiera compartir este desasosiego con su mujer, pero ella está más adelante, tapada, quieta y babeante, durmiendo apoyada contra la ventana. Opta por aplazar la exégesis de su sinsabor y mirar de reojo la pantalla.

Han pasado tres horas desde el despegue. En el aire se siente un aroma como a queso y cebolla. A pan caliente. ¿Pollo o pasta?, pregunta al rato la azafata. Pollo, responde Julián sin vacilar un segundo. Se incorpora en el asiento e intenta enderezar las piernas, que se le han convertido en dos témpanos. La bandeja de hojalata con la ración humeante lo encandila. A él le cuesta encontrar algún rastro de carne que se asemeje a la de ave. Vacía sobre la comida el sobrecito doble que dice salt & pepper. Procura sacarse de la cabeza la idea de que debería haber pedido pasta. Mezcla los polvos en la salsa de hongos que rodea al pollo. Se lleva el tenedor a la boca. Deglute la papilla excesivamente sazonada, aún intuyendo que eso es un pasaporte seguro a la indigestión. Engulle el único durazno en almíbar, vacía la lata de cerveza y pide un café. Siente un escalofrío. Se le endurece el abdomen y suelta un eructo. Julián salta de su asiento y se encierra en el baño. Se baja los pantalones y vacía sus intestinos casi por completo. Sentado en el inodoro de plástico y aluminio, la frente cubierta de un sudor frío, llama con el pensamiento a su mujer. La extraña, la necesita. Se pregunta si las cosas no estarán saliéndose un poco del cauce que se pudiera denominar normal. Se para y se quita este pensamiento negativo de encima. Sabe que no lo conduce a nada. Se lava las manos. Se pasa la toallita húmeda con olor a colonia por la cara. Los poros se abren. Se siente rejuvenecido, como si recién acabara de empezar el viaje.

Sale fresco del lavabo. Regresa a su asiento y cierra los ojos. Los abre tres horas más tarde, cuando se encienden las luces del pasillo. Se escucha la voz del comandante anunciando la llegada a San Francisco. Piden poner los respaldos en posición vertical. Julián mira a través de las filas de asientos: su mujer ya está despierta. Conversa distendida con la mujer de al lado. No se ha sentido la más leve turbulencia. Al aterrizar, la mayoría del pasaje aplaude. Él no entiende, al principio, el porqué del júbilo. Sin embargo, ver tanta gente aplaudiendo lo contagia. Empieza a aplaudir cuando el resto está dejando de hacerlo. En un par de segundos se convierte en el último pasajero que queda golpeando las palmas. Se da cuenta de esto, pero no siente vergüenza. Tiene sus motivos para estar aplaudiendo: uno de ellos es estar atravesando uno de los mejores momentos de su vida, y a punto de pasar siete días hermosos con su mujer en San Francisco. El eco de los aplausos todavía resuena en su cabeza mientras ve las maletas deambulando por la cinta de goma. Su mujer recoge su valija. Todos los pasajeros recogen su equipaje. Todos menos él. La cinta vacía sigue dando un par de vueltas y al final se detiene. Su mujer, despeinada y con los ojos hinchados, le acaricia la cabeza y lo consuela con un beso.

El sabor a manteca de cacao de ese beso vibra en su paladar unos segundos. Un oficial le toca el hombro. Lo arranca de sus elucubraciones gustativas y le pide que lo siga. Él camina solo detrás del agente de migraciones de dos metros. A su mujer la han apartado y le han ordenado que camine hacia la salida. Lo ingresan en un cuarto de tres por tres y lo hacen sentar. Le piden que les muestre el pasaporte y el billete. Le hablan primero en inglés y luego en castellano chicano. Él busca los documentos en su bolso de mano. Los agentes le preguntan dónde está su equipahe. Eso quisiera saber yo, dice Julián. Sus palabras no le hacen gracia al agente de dos metros. Su compañero infla la línea ínfima de bigotitos y le lanza: ¿Hulián, has venido a trabahar? Le hacen vaciar el bolso de mano y le preguntan si está ingresando narcóticos en los Estados Unidos de América. Él intenta sin éxito hilvanar una defensa. Los agentes le piden que se desvista y comprueban que no lleva drogas encima, en ninguna parte del cuerpo.

Julián sale humillado del cuartucho. Camina hacia el asiento en donde lo espera su mujer. Juraría que ha pasado una eternidad. Le llama la atención que hayan sido nomás dos horas. Siente las piernas débiles y otra vez el sudor frío en la frente. Es muy probable que tenga algunas líneas de fiebre. Se desparrama como un títere sin vida al lado de su esposa. Le cuenta la nefasta experiencia. Ella también está cansada, con la hoja de reclamación del equipaje en la mano. Dice que no entiende por qué no aparece su hermano. Juntan unas monedas y van hasta el teléfono público más cercano. El hermano responde al cabo de varias llamadas. Les dice que lo siente, que se le ha hecho tarde en otro sitio, pero que en menos de media hora estará por allí. Julián y su mujer, que no ven la hora de que pase a recogerlos, cruzan la puerta giratoria del aeropuerto y salen a la intemperie, a un estacionamiento lleno de taxis y coches de alquiler. Sopla una ventisca fría. Julián se suena con un pañuelo de papel. Confirma haberse resfriado.

La cabellera de su mujer se agita en el aire. Julián se pega a ella para cubrirse del viento. Las canas que pueblan su melena antes no estaban, reflexiona Julián. Por primera vez en mucho tiempo intuye que se están volviendo viejos. Tanto ella como él. A Julián lo enorgullece su madurez a la hora de aceptar este hecho irremediable: las canas de ella, la calvicie de él y las patas de gallo de los dos. Sus vidas son dos planetas que vuelan paralelos. Hace años se decían esto, mirándose a los ojos, sentados en el pasto a la salida del Planetario. Se suena otra vez. El bolso que lleva colgado del hombro se bambolea levemente. Siente la necesidad de tomar una foto a su mujer en este momento único. Tantea el bolso y lo siente de repente más liviano. Ve a un hombre minúsculo corriendo despavorido por la calle lindera al aeropuerto con una cámara de fotos. Entiende que acaban de ser víctimas de un hurto. O ser víctima, mejor dicho, porque esa cámara se la había comprado él, mucho antes de conocer a su mujer. Atónito y estupefacto recibe la segunda caricia de su mujer en menos de tres horas. Este gesto, que en otro contexto él hubiera considerado entrañable, no le acaba de agradar. Ella le está sugiriendo olvidar el hecho, no meterse en líos, y entrar de una vez en la camioneta de su hermano, que se sacude ante ellos con las luces de posición puestas.

El mal trago lo tiene turbado. Su mujer desempaca las maletas y conversa con el hermano sobre temas sin mucha importancia, seguramente por cordialidad. Julián mira sentado en la mesa del comedor la verja que los separa de la calle. La gente que pasa en mangas de camisa. No se lleva mal con el cuñado y mucho menos con su mujer, pero prefiere no intervenir en la conversación. Se siente mal y no puede articular lo que le pasa por la cabeza. El futuro que vislumbraba no tiene la misma brillantez de hace un día. El sol, que apenas se adivina detrás de un cúmulo de nubes grises, parece darle la razón. Se para y despide con afecto sincero a su cuñado, que se mete en la camioneta con una mochila en la espalda y una gorra de béisbol en la cabeza. Al fin solos, dice para sus adentros. No alcanza a pronunciar estas tres palabras. Su mujer corre al baño con una caja de tampones en la mano. En un grito que cruza toda la casa, con un tono neutral pero que a Julián le suena hasta alegre, anuncia que le ha venido la regla. Se deshace en partículas efímeras de sueño irredento la imagen que él había construido de manera laboriosa: él sobre ella, los dos cuerpos en un combate carnal de ciento sesenta y ocho horas, sus cuerpos acomodándose a las inverosímiles geometrías del kamasutra, masajes, mordiscos, semen y orgasmos.

La mujer le prepara una cena sana y sobria: sopa de arroz con cubitos de pan integral tostado. Ha ubicado con gran cuidado los cubiertos sobre la mesa del comedor.

Viendo esta escena, Julián no tendría argumentos para no sentirse feliz al lado de ella. No esa noche. Ella le explica con esmero el itinerario del día siguiente por las calles de la ciudad, punto por punto, museo por museo. Le estampa un beso antes de acostarse. Él responde este beso con ternura y lo empaqueta de inmediato en sus recuerdos, ávido de que la balanza de la dicha junto a ella dé positivo. Hacen una buena pareja, no se puede negar. Este mismo acto reflejo de hacer un balance de la relación lo inquieta. Llegan las doce, luego las dos, y más tarde las dos y media de la madrugada. Julián intuye que el saldo es positivo y que ha hecho bien en volver con su ex mujer. Sin embargo sigue tenso. No consigue que sus párpados se peguen de una vez por todas. A lo mejor es el jet lag, piensa. Repasa, una a una, la serie de desdichas que lo han estado asolando en las últimas veinticuatro horas. Una, dos, tres. Cuenta al ritmo de los segundos que suenan en el despertador de su mujer. Siete, ocho. Escucha el ruido de un motor acercándose. Once. Un automóvil se detiene al lado de su casa. Alguien baja del coche. Se escuchan los pasos y luego el timbre. Julián se altera, aunque sabía que sonaría. Trece, murmura, e incluye el desvelo y el susto del timbre en la serie de desgracias. Mira a su mujer a su lado. Duerme como un becerro. Él se calza las pantuflas y va a atender el llamado. Recuerda la voz de su mujer a la tarde. Estaba ufana de haberle exigido a la compañía aérea que le llevasen de manera inmediata el equipaje en cuanto lo localizaran. Camina hasta la puerta. Cuestiona la extrema miopía, imprudencia y severidad de algunas sentencias de su mujer, como por ejemplo aquella que le soltara meses atrás. O volvés a casa o no me ves más la cara en tu vida.

Todos estos pensamientos grises desaparecen apenas abre la puerta. El rostro sonriente de un hombre oriental en mangas de camisa le despierta cierta felicidad. El hombre saluda con la mano. Señala una valija de color celeste cielo. Inconfundible. Por primera vez en las últimas horas, Julián se siente cerca de aquel futuro brillante que había imaginado. El hombrecito sonríe y espera que le abra el portón. Julián se da cuenta de que no tiene las llaves de la casa. Tampoco sabe dónde están. Corre hasta el umbral y coloca una pantufla en el ángulo inferior de la puerta. No le haría ninguna gracia pasar el resto de la noche en el jardín delantero de la casa de su cuñado. Explica al hombre con gestos que le pase la valija por encima de la verja. El chofer oriental al principio no lo entiende, pero luego asiente con la cabeza. Demuestra un entusiasmo que lo sorprende. El hombrecito levanta el equipaje en el aire, da dos pasos hacia atrás, y luego tres más hacia delante. Deposita la maleta sobre la verja. Julián la baja hasta el suelo, una tarea bastante más sencilla. Se tantea los bolsillos del pijama. No lleva dinero encima. El hombrecito sonríe y le quita importancia al hecho. Inclina la cabeza levemente hacia delante y se introduce de nuevo en el taxi. Enciende el motor y desaparece en la oscuridad de la noche.

Julián entra la maleta en la casa, se sienta a la mesa del comedor y la observa. Distingue algunas calcomanías que no se corresponden con las utilizadas en el tráfico aéreo: es una constelación de estrellas plateadas de diferentes tamaños que sonríen de manera antropomórfica. Desliza los seguros en la penumbra del lugar. Bollos de ropa se expanden ante sus ojos como pochoclos. Julián ignora cómo alguien pudo haber cerrado esa valija. Toma conciencia de los límites insospechados hasta los cuales se podía rellenar el modelo de maleta que él utiliza. Pero esa ropa no es suya. Se ha producido un error. Uno más. Lee una inscripción en el interior de la maleta. Helga Marter, un nombre presuntamente alemán. La ropa es toda de tallas grandes. Julián piensa en una alemanota desnuda, preocupada sin su parva de corpiños y bombachas. Va hasta la cocina. Se sirve un vaso de agua y se sienta otra vez a la mesa del comedor. Mira la ropa desparramada a sus pies. Entiende que es inútil seguir intentando estar cerca de su mujer. Ella siempre le traerá mala suerte. Apoya el vaso vacío sobre la mesa y decide que al día siguiente le dirá, como ya lo ha hecho una vez, que es mejor para los dos divorciarse. Un auto pasa por la calle. Va bastante rápido y no hace ningún ruido. Es un signo de prosperidad.

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