No es vida

–Poneme un poco más que tengo sed –dice el hombre y extiende el vaso.

La mujer echa un poco de vino tinto y unos hielos.

–¿Y vos qué vas a tomar? –pregunta él.

–Ya me hice un Gancia.

El hombre saca las dos últimas milanesas de la sartén, apaga el fuego y se descuelga un delantal de toalla con una inscripción que dice my kitchen. Apoya la bandeja con las milanesas sobre la mesa. Se sienta con cierto esfuerzo. Se escucha una sirena que viene de la calle: al principio suena fuerte, después el ruido va bajando, y finalmente desaparece. El hombre se seca el sudor de la frente con el canto de la mano.

–¿El ventilador está encendido? –pregunta él.

–Sí –dice ella–. ¿No se nota? –Un mechón de pelo gris le cae por la frente. Ella se arregla el pelo con una peineta.

–Será que todavía estoy impresionado.

–¿Y Virgilio cómo se enteró? –pregunta la mujer.

–Me dijo que le fue a llevar una carta ahora a la noche. Estuvo insistiendo un rato con el timbre. Como no le atendía nadie y las perras ladraban como locas, Virgilio fue a buscar el juego de llaves del departamento. Fue cuando venía con las llaves que me lo crucé en el hall.

–¿Y ella qué dijo cuando los vio?

–Nada, pobrecita. Al principio no dijo nada porque estaba como inconsciente. ¿Te conté que cuando entramos al departamento las perras se nos vinieron encima?

–Esas perras son unas histéricas –dice ella, y sirve dos milanesas y un poco de ensalada en cada plato.

–A Virgilio la chihuahua le tiró un tarascón a la rodilla. Las otras dos nos ladraban y hacían pis por cualquier lado. Un desastre. Mientras Virgilio las metía en la habitación de servicio, yo fui a la habitación de ella. Cuando la vi me quedé helado –él mira fijo un punto perdido–. La pobre viejita estaba en camisón, tirada en el piso boca arriba. Toda blanca, con la boca y los ojos abiertos. Así estaba –el hombre abre grandes los ojos y la boca y se queda quieto un instante hasta que la mujer lo ve–. Dijo que había estado pidiendo ayuda pero que no le salía la voz. El piso estaba todo mojado, para mí que se orinó.

–Ay, Dios mío –dice la mujer, que cierra los ojos y hace un gesto de asco.

–Parece que se levantó para ir al baño, se tropezó con no sé qué y se cayó. Dijo que no se podía levantar, que no tenía de dónde agarrarse.

Él come un bocado tras otro con la cabeza muy cerca del plato.

–Debe haber estado así todo el día. Pobrecita –dice–. Los enfermeros dijeron que fue un pico de hipertensión. Parece que te agarra así como un mareo, y que te desmayás y después no te acordás de nada.

–Ni me hables. ¿No tiene el marido internado, encima?

El hombre asiente.

–¿Se sabe al final dónde está? –dice ella.

–¿Quién, el marido? Me dijo Virgilio que lo tienen en una clínica geriátrica. Después del ataque quedó así, sin movilidad.

–Hemipléjico –acota ella.

–Y no sé cuándo va a volver a caminar –dice él y hace una pausa–. Si vuelve a caminar. Lo peor, pobre gente, es que no tienen a nadie que los cuide. Porque ese sobrino…

–Ay, mirá, ni me hables –dice ella–. Por eso yo digo, cuando esté así, que no me lleven a un geriátrico porque me mato. Creo que no soportaría verme así. Escuchame, ¿qué vida es esa? –la mujer niega con la cabeza–. No es vida.

El hombre y la mujer comen en silencio. Vacían sus platos de a poco.

–La verdad que le podríamos dar un juego de llaves a Virgilio, ¿no? –dice él.

–Vos estás mal –levanta la voz la mujer–. Ni loca le doy las llaves a nadie. Mirá si voy a dejar que nada menos que Virgilio tenga las llaves de casa. Lo único que falta.

–¿Qué tiene?

–¿Vos me estás tomando el pelo? El día menos pensado te desvalijan la casa. Ni loca, yo no le doy las llaves a nadie.

La mujer termina de comer y se levanta.

–¿Vas a comer más? –le pregunta al hombre.

–No. Por mí levantá.

Ella lava los platos en silencio. Él se pasa un escarbadientes por la boca. Al rato se levanta y entra en el baño. Se cepilla rápidamente los dientes. Se mira en el espejo, primero un perfil, luego el otro. Se toca las bolsas debajo de los ojos. Apoya las yemas de los dedos en la cara y tira para abajo la piel de las mejillas hasta que las bolsas desaparecen. Suelta la piel, se mira en el espejo por última vez y apaga la luz. Sale del baño y entra en el cuarto.

La mujer está echada en la cama, con los ojos cerrados y las manos en el pecho. Él la mira y enciende el ventilador.

–Eh, ¿ya te dormiste? –dice.

La mujer no responde. Él se desviste y se recuesta sobre la cama. Apoya suavemente una mano en el hombro de la mujer y le acaricia el cuello. Ella ronca despacio. El hombre enciende un cigarrillo y fuma. Mira el ventilador en el techo: por momentos parece que las aletas giraran en sentido contrario. Mira a la mujer dormida a su lado. Termina el cigarrillo, se acuesta en la cama sin taparse y apaga el velador.

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