Dibujos en azul

La nena apareció esa mañana como un punto en el horizonte. La vi a lo lejos. Parecía que no se movía. El sol le daba en el pelo rubio. Entré y le comenté a Adela lo que había visto pero no me prestó mucha atención. Pensó que le estaba contando un sueño. Al rato, cuando volví a salir, la nena estaba paradita en la entrada de casa. Todavía no sabemos cómo habrá llegado hasta acá, de qué se andaría escapando. Adela y yo la vimos y no lo podíamos creer. Una nena de unos cuatro años parada en la puerta de casa. Estaba ahí quietita, con pasto en el pelo y la cara sucia. Tenía unos ojos inmensos del color del cielo. Nosotros la bautizamos Celeste.

Adela apenas la vio se fue adentro, llenó un vaso con agua y se lo dio. La nena lo agarró con las dos manos, nos miró, y empezó a tomar sin parar. No hablaba. Sólo tomaba. Pobrecita, cómo no iba a tener sed, si debe haber estado caminando horas y horas bajo el sol, tragando polvo sin parar con el viento que soplaba. Es así por acá: puede caer la peor tormenta, pero al rato el suelo chupa todo. Es pura arena lo que hay abajo. Por acá está todo seco, tan seco que no dan ganas de plantar nada.

A veces pienso que Celeste fue una bendición de Dios. Lástima que todo haya durado tan poco. La hicimos entrar en casa y la sentamos en la mesa. Cómo te llamás, le preguntábamos. Ella no nos decía nada. Le dije a Adela que había que avisar a la policía. Ella me dijo que sí, que llamáramos, pero sin muchas ganas. Estaba fascinada. Viste los ojos que tiene, me decía, mirá esos ojos. Hablé con la comisaría, me hicieron unas preguntas y me dijeron que el comisario se iba a encargar del tema.

Se hizo mediodía. Le dije a Adela que teníamos que darle de comer y ella cocinó algo con lo que había. Llamé al estudio y le dije a José Luis que no podía ir. Adela también faltó al colegio. De pronto nos había cambiado la vida.

Se hacía la tarde y el comisario no venía. Celeste nos miraba y no nos hablaba. Del miedo, seguro. En eso Adela fue hasta el cajón de la cómoda, donde ahora están los dibujos de Celeste, agarró algunas hojas en blanco y un lápiz negro y se los dio. La nena al principio no hacía nada. Pasaba el tiempo y nada. Adela dijo que era mejor dejarla un rato sola, para que no se sintiera observada. Yo no sé cómo hace para entender así a la gente. No hay vuelta que darle. Al ratito Celeste estaba haciendo unos garabatos. Pero claro, con un lápiz negro se iba a aburrir rápido. Por eso fui de nuevo al cajón y busqué unos lápices de colores, uno azul y otro rojo. Ese cajón es un desorden. Adela sabe que ahí hay muchas cosas que están de más. Pero ella mira todo y no tira nada, porque tiene alma de coleccionista. Fotos, papeles, boletas. De todo junta. El otro día estábamos haciendo un poco de orden. Cuando le sugerí así al pasar tirar las ecografías casi me mata. Que ahí está Julián, que es lo único que tenemos de él, que no ocupan nada de lugar, en fin. Yo no le dije nada: el problema no es sólo el espacio, es que algunas cosas ya es mejor olvidarlas.

A todo esto, Moro, el perro, estaba un poco celoso. Olía a la nena y nos miraba. Estaba nervioso con tanto lío que se había armado. Hasta que al fin se cansó y se fue a la puerta. Celeste no paraba de dibujar. En un recreo que se tomó, caminó hasta el perro, se agachó y le tocó la cabeza. El Moro estaba contento de que alguien le jugara. Se tiraba patas para arriba para que ella le hiciera caricias en la panza. Ahí se me ocurrió subir a Celeste encima del Moro. De chico me encantaba subirme a caballito del perro que teníamos. Cómo lo cansaba al pobre. El Moro caminaba y movía el pecho. Le hacía cosquillas en las piernas a Celeste y ella se reía como un ángel.

Estábamos por cenar cuando llegó el comisario. Dónde está la nena, preguntó. La miró como si estuviera viendo a un sospechoso. Me hizo firmar unos papeles y me dijo que no podía llevársela esa noche. La jueza estaba de feria. Me dijo que en unos días íbamos a tener novedades. Con Adela nos miramos. Estábamos contentos de que Celeste tuviera que quedarse con nosotros. Cenamos por fin, los tres, aunque Celeste casi no tocó la comida. Pobre Adela: decía que la nena estaba muy flaquita, que tenía que comer cosas sanas. Por eso había querido cocinar verduras. Pero a los chicos no les gusta la verdura.

A la noche salimos a la puerta a ver las estrellas. Soplaba una brisa suave. Vi a Adela ahí sentada, hamacándose en la silla con Celeste y sentí una alegría inmensa. Ahí nomás pensé en el día de nuestro casamiento, doce años atrás. Parece mentira. Esa noche, en la fiesta, cuando la vi a Adela bailando con mi suegro, me vino un instante de alegría igual. Debe ser que la felicidad viene así, como un rayo. Viene sin llamar. Uno no lo controla. Pasa y se va, y deja una marca. Lástima que esos momentos no se den más seguido.

Nos quedamos en la puerta de casa hasta que los cascarudos nos dejaron. Apenas se encendió el farol empezó a llenarse todo el piso de bichos y tuvimos que entrar porque la nena se asustó. No hacen nada, pero ella les tenía miedo. Celeste se acostó con nosotros en medio de los dos. A la medianoche me desvelé y vi que Celeste no estaba en la cama. Se había levantado. Estaba en puntas de pie, con los codos apoyados en la cómoda, mirando el cielo por la ventana de la habitación.

Al otro día fui al estudio temprano para que no me hicieran lío y volví para el mediodía. Adela volvió a faltar al colegio. Dio parte de enferma. Cuando llegué estaba cocinando. Cantaba. Me llamó la atención, porque Adela no es de cantar. Fui a dejar las llaves y cuando pasé por el comedor vi sobre la mesa unos dibujos en azul. Colgué las llaves. Viste los dibujos, me preguntó Adela. Se secó las manos y vino hasta la mesa. Mirá lo que dibujó, me dijo, y me mostró dos hojas llenas de garabatos. Mirá, estos dos somos nosotros, dijo Adela, señalando unos óvalos. Este es el sol, ves los rayos. Esta es ella y este es el Moro. Adela me miró y me dio un beso. No hay vuelta que darle, cómo entiende Adela a los chicos. Por algo la quieren tanto en la escuelita. A mí nunca se me hubiera ocurrido. Yo veía sólo unos redondeles, unas rayas. Pero Adela los entendió así como así. En el otro dibujo había una casa y un árbol. Todo en azul. El lápiz rojo lo había dejado en el piso.

A Adela y a mí la felicidad se nos da con cuentagotas. Dios nos da nueve y nos saca diez, se queja a veces Adela. Yo no sé qué decirle.

A la tardecita del segundo día cayó el comisario. Vine a llevarme a la nena, dijo, y nos mostró la orden de la jueza. Ni siquiera la leí; se la di directamente a Adela. Por un momento habremos pensado que el sueño iba a durar toda la vida, no sé. El comisario se subió en brazos a Celeste y caminó hasta el auto. Ella miraba por encima de su hombro. Con una mano lo abrazaba, y con la otra, bien apretados, se llevaba el lápiz azul y una hoja. Andá a saber cuándo la hubieran venido a buscar si no llamabas a la policía, dijo Adela sin mirarme y se fue adentro. Me quedé parado en la puerta viendo cómo Celeste y el comisario se alejaban, hasta que el auto se volvió un punto en el horizonte.

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3 respuestas a Dibujos en azul

  1. Verena dijo:

    Puta Pato, me hizo llorar!!

    • Pato Bottos dijo:

      Hola Vere! Creo que si el cuento te provoca algo ya es mucho. Aunque la idea tampoco es caer en el melodrama, no. Lo justo nomás, como en el boxeo: golpear y salir. Hasta el próximo!

  2. Santiago dijo:

    Sí che, que bajón. Re lindo, pasa como un arroyo de agua de deshielo, sin trabas, corre. Igual puede ser que a este ya lo haya leído hace un tiempo? Felicitaciones como siempre pator! Y gracias!

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