Como si te hubieras criado en una villa

–¿No podías avisarme al menos? –dice Andrés.

–¿Qué querías que te dijera? –dice Paula–. Si voy a calentarme por cada cosa que dice mamá –le examina la cara–. Tenés que ponerte hielo.

–El tipo quería seguirla –dice Andrés–. Decí que alcancé a meterle una piña en la nariz.

–Tenés todo el ojo morado –Paula abre la heladera. Envuelve unos hielos en una servilleta y se los alcanza–. Ponételo un rato para que no se te hinche más –se seca las manos en el camisón–. ¿Dónde estaba?

–Acá abajo. En la puerta del edificio.

–A la vista de todo el mundo –dice ella–. Yo me muero.

–Me hizo mierda. ¿Me podés decir qué carajo le dijo mamá para que el tipo viniera hasta acá?

–Qué se yo, le dijo que era un sinvergüenza creo, o un degenerado –Paula se interrumpe abruptamente–. Lo que lo debe haber vuelto loco fue cuando mamá le dijo que vos ibas a ir a buscarlo para cagarlo a palos. Debe haber sido eso.

–¿Que yo iba a ir a buscarlo para cagarlo a palos? Hay que ser boluda –dice él–. ¿Y eso fue ayer?

–Sí, ayer a la noche. Lo llamó por teléfono.

Andrés se quita el hielo de la cara y la mira fijo.

–Vos me tendrías que haber dicho. El tipo me podría haber matado.

–Ayer estabas en lo de tu novia. Además, pensé que él se iba hoy a la mañana.

Andrés se coloca nuevamente el hielo sobre la ceja.

–Te lo buscaste de Harvard, eh –dice.

Paula se calza unas ojotas y sale. Andrés mira la mesada y se levanta. Hay un paquete de galletitas abierto y una taza de té casi vacía. Sobre la cocina, una sartén con salsa. Paula vuelve con una caja de pañuelos de papel. Saca uno y se suena.

–Ah, me olvidaba, mamá llamó hace una hora. Dijo que había entrado una urgencia en el hospital y que iba a llegar más tarde.

–¿Para eso llamó? –pregunta él.

–Dijo que te preparara algo de comer. ¿A qué hora te vas a la facultad?

–En una hora. Encima hoy tengo examen.

Paula mira el reloj de la pared.

–Te preparo unos fideos, entonces –dice y señala la sartén–. Usamos la salsa de ayer.

–Así que le dijo que yo lo iba a cagar a palos.

–Sí. Mamá quiere cuidar el honor de la familia –dice Paula. Abre la puerta de la alacena y mira dentro–. No hay cacerolas.

–¿Ahí abajo no hay? –dice Andrés y señala una caja.

–No, acá están los platos y los vasos.

–Entonces deben haber quedado todas allá –dice Andrés–. Las trae mañana el camión de la mudanza con el resto de los muebles. Hacelos en la cafetera, si no.

Paula huele la cafetera. La lava, la llena con agua caliente y la coloca sobre el fuego.

–¿Y a dónde se iba? –pregunta Andrés.

–¿Quién?

–Tyson.

–Se llama Francisco, tarado –dice ella.

–¿A dónde se iba?

–A Posadas.

–¿Cuánto tiempo?

–Seis meses. Es lo que dura el entrenamiento.

–¿En seis meses ya sos paracaidista?

–Él ya había hecho un curso antes. En total es como un año.

Andrés abre la servilleta. Toma un hielo, se lo pasa por la frente y se lo mete en la boca.

–No entiendo qué le viste al tipo ese –dice y muerde el hielo.

–¿Y a vos qué te importa? –Paula mira el agua hirviendo en la cafetera y coloca los fideos. Sobresalen los extremos. Los empuja contra el fondo con un tenedor. Los fideos se sumergen y al rato vuelven a sobresalir.

–No entran –dice ella y aplasta los fideos con la mano.

–Partilos al medio, Einstein –dice él.

Paula lo mira con atención. Toma los fideos por los extremos que sobresalen, intenta partirlos al medio, se quema y los suelta de golpe sobre la mesada.

–La puta que lo parió, Einstein –dice ella y sacude las manos–. Me quemé toda –abre la canilla y pone las manos debajo del agua.

Andrés se levanta, junta los fideos con la mano, los parte y los pone de nuevo en la cafetera.

–¿Vos no vas a comer?

–No tengo hambre. Me siento mal.

–¿Qué te dijo el médico?

–Mañana voy –dice ella.

–¿El test no puede haber dado mal?

–No. Esas porquerías dan siempre bien.

Andrés se sienta al lado de la mesa y enciende la televisión. Paula revuelve los fideos.

–Está bueno el departamento –dice ella–. Acá no te jode nadie.

–A vos no te jode nadie –dice Andrés–. Acá no podés escuchar música, no podés tener perro. Allá en la casa estábamos mejor.

–Allá había que aguantar a la tía y a la abuela. Mamá no quiere que se enteren que estoy embarazada. Te aviso por si llaman.

–Toda esta movida es al pedo. Si a la larga se van a enterar –con una mano sostiene el hielo sobre su cara y con la otra el control remoto. Cambia los canales en la televisión.

Se escucha un ruido de llaves en la puerta. Entra la madre, una mujer de unos cincuenta años, más bien gorda, con un cigarrillo en la boca. Se descuelga la cartera de su hombro, da una pitada larga y apaga el cigarrillo. Exhala el humo por la nariz, saluda con el ceño fruncido y se encierra en el baño. Andrés y Paula la han seguido con la vista.

–Hoy vino mal –dice Paula.

–Como siempre –dice él y cambia de canal.

Al rato la madre sale del baño descalza, con una cajita de un test de embarazo.

–¿Y esto qué? ¿Lo guardás de recuerdo? –le dice a Paula y tira la cajita a la basura. Lo mira a Andrés y hace un gesto de asco.

–¿Qué te pasó en la cara? –le dice.

–Me crucé con Tyson antes de entrar.

–¿Con quién? –dice la madre–. ¿Qué estaba haciendo?

–No sé, me estaría esperando –dice él–. ¿Vos le dijiste que yo lo iba a cagar a palos?

–¿Yo?

–Casi me mata, mamá.

–Qué degenerado. Ponete algo, querés.

–Ya me puse –dice Andrés y se coloca el hielo en la cara.

La madre abre la heladera, se sirve un vaso de soda y toma una aspirina. Mira la cafetera y ve los fideos hirviendo dentro.

–¿Quién puso esto acá? –dice y mira a Paula fijamente–. ¿Sos tarada?

Paula no dice nada. Sale de la cocina y entra en el baño.

–¿Para eso te mandé al mejor colegio? Como si te hubieras criado en una villa –la madre saca la cafetera del fuego y tira los fideos en la pileta. Abre la canilla–. Parece que disfrutaras haciéndome esto –lava la cafetera con fuerza.

–Yo le dije que los hiciera en la cafetera, mamá –dice Andrés. Se levanta y mira los fideos flotando en la pileta llena de agua y jabón.

La madre cierra la canilla, sacude la cafetera y se seca las manos con un repasador. Saca un cigarrillo de un paquete y lo enciende.

–Agradecele a tu hermana que te quedaste sin comida –dice. Toma un cenicero y camina con los zapatos en la mano hacia su habitación.

Andrés se quita la servilleta de la cara, y ve, a través del humo que desprende el hielo, que su hermana sale del baño y se rasca la panza.

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Una respuesta a Como si te hubieras criado en una villa

  1. Publize dijo:

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