Un poco de solidaridad

La chicharra sonó cinco minutos antes de las ocho. Los obreros esperaban en la planta baja del edificio. Al rato apareció el capataz con una carpeta bajo el brazo y pidió silencio. Dijo que habían acabado las losas y los tabiques interiores de la obra, que estaban contra reloj y prometió un pago extra si acababan todo dentro del plazo estipulado. Luego, como había hecho en los últimos días, dividió a los operarios en grupos de trabajo. A Juanma, Miguel, Ramón y Jalil les encargó acabar con los cerramientos de la tercera planta y empezar con las instalaciones sanitarias.

Los cuatro subieron por las escaleras ásperas y sonaron las suelas de sus botines. Al llegar vieron algunas herramientas y unos cacharros para preparar material apilados en una esquina. En otra había una montaña de cascotes y restos de cemento seco. Las ventanas desnudas, troqueladas en las paredes sin acabar, dejaban entrar el sol de la mañana. Un cuadrado de luz amarilla se dibujaba sobre el piso de hormigón. Los cuatro dejaron sus bolsas con el desayuno al lado de lo que sería la puerta. Se colocaron los cascos.

–Qué pocas ganas de currar tengo –dijo Juanma y bostezó mostrando los dientes amarillentos por el tabaco.

Miguel asintió.

–No veo la hora de que empiecen las vacaciones. En fin, unos días más de curro y listo.

–Primero habría que bajar los escombros –dijo Ramón–. ¿Algún voluntario?

Nadie respondía.

–¿Yo y quién más? –dijo Ramón–. Tened piedad de mí, que soy un hombre mayor.

–Yo voy contigo –dijo Jalil.

–Así me gusta, tío. A cuidar al abuelo –Juanma palmeó en la espalda a Jalil y todos se rieron.

En la parte exterior del edificio había un canal construido con cilindros de plástico unidos en los extremos. Los obreros utilizaban esta manga desde las diferentes plantas para vaciar escombros. El canal acababa en un volquete ubicado en la planta baja. Ramón y Jalil prepararon la manga para utilizarla desde su planta.

Una vez que el canal estuvo listo, fueron arrojando los cascotes con sus palas. Al cabo de media hora se detuvieron.

–Joder, qué calor –dijo Ramón con la frente llena de transpiración.

–En mi pueblo es así todo el año –dijo Jalil.

–Hostia –dijo Ramón. No sé cómo hacéis para soportarlo.

–Está todo aquí –dijo Jalil y se llevó la mano enguantada a la sien–. Si no piensas en ello no existe.

El sol iluminaba ya toda la planta. El aire apenas circulaba.

–¿Te ha quedado familia allá? –dijo Ramón.

–Mi esposa, mi hija y mi hijo.

Ramón miró a Jalil sin decir nada.

–Pronto vendrán a España, cuando salga su permiso –continuó Jalil.

Ramón se quitó el casco y se echó aire en la cara. Apoyó la suela del botín en la pala.

–¿Cuánto llevas aquí, tres años?

–Cuatro.

Ramón hizo una pausa.

–¿Vives aquí en Barcelona?

–No. Al llegar viví un tiempo en Nou Barris, en casa de amigos –dijo Jalil. Pero ahora vivo en Molins de Rei. ¿Y tú? ¿Dónde vives?

–En Bellvitge. No sé si conoces.

–Sí, claro. En Hospitalet.

–¿Y cómo lo llevas aquí en España? –dijo Ramón.

–Lo que me gusta es que aquí se puede progresar –dijo Jalil e hizo una pausa. Yo quiero trabajar unos años, juntar dinero y poner mi empresa de construcción. En esto siempre habrá trabajo.

–No estés tan seguro –dijo Ramón. Deja que aquí sigan gobernando los socialistas y ya verás cómo termina todo.

A los cincuenta minutos de haber comenzado, de la pila de cascotes inicial apenas quedaba un montículo disperso. Ramón se asomó por la ventana y vio que el volquete estaba lleno. Hizo una seña para que parasen. Jalil obedeció, y en vez de arrojar los residuos por la manga los cargó en un balde de metal. Ramón fue hasta la planta baja y avisó al capataz. Luego hizo un alto y encendió un cigarrillo. De pronto apareció Jalil por el montacargas con el balde lleno. Dejó el balde al lado del volquete. Se quitó los guantes. Miró hacia arriba y contempló el edificio en construcción.

–¿Terminaremos antes del 15 de agosto? –dijo.

–Ni de coña.

–No habrá extras…

–Qué va. Todo eso es mentira, hombre –dijo Ramón. Los capataces siempre dicen lo mismo para que la gente trabaje más. Pero luego nunca te dan un puto duro más de lo que corresponde. Si lo sabré yo. Llevo diez años trabajando con estos capullos y nunca me han dado bonificaciones.

En eso pasó Juanma arrastrando un carro de rejas. Llevaba dentro unos cuadrados de vidrio de dos metros atados con unas sogas.

–A ver, las chicas de la peluquería –se reía–. Menos charla, joder. ¿Habéis acabado con el montacargas? Necesito subir las ventanas.

Juanma entró con el carro en el ascensor. Casi no tenía espacio para él. Le dio un grito a Miguel para que lo llamara desde la tercera planta. Ramón y Jalil subieron por las escaleras. Llegaron y vieron a Juanma, que intentaba bajar el carro del montacargas, un tanto separado del suelo.

–A ver, quién me echa una mano aquí –dijo Juanma forcejeando desde dentro.

Jalil hizo fuerza desde el extremo superior del carro. Las ruedas se trabaron en la brecha entre el elevador y el suelo. Jalil dio un tirón, y luego otro. El ascensor comenzó a bambolearse.

–¡Pero qué haces! –gritó Juanma–. ¿Tú eres tonto o qué? Te lo vas a cargar, tío. Y conmigo dentro. ¿No ves que se ha atascado? –señalaba la brecha.

Jalil se apartó y se paró al lado de la pila de herramientas. Ramón se agachó y levantó las patas del carro. Juanma empujó hasta conseguir que éste avanzara sobre el suelo de hormigón. Descargaron los vidrios y luego hicieron una pausa para tomar aire.

–¿Cuándo pillas vacaciones? –le dijo Juanma a Ramón.

–En agosto. Me voy todo el mes a Almería a casa de mis suegros. ¿Y tú?

–Yo empiezo en principio la semana que viene –dijo Juanma. Pero mira, me las piraría mañana mismo, tío, y a tomar por culo. No soporto trabajar con este calor.

–Ya ves, mira que jode trabajar con este solano –dijo Ramón. ¿Te irás a algún sitio?

–No lo sé –Juanma bufó–. Quizás unos días a mi pueblo. No tengo pasta para ir más lejos, tío. Ya te digo: con lo que me he gastado este año en el coche y en mi novia, me iba a México. Encima la zorra se va con sus padres a Valencia.

Se hizo un silencio.

–¿Jalil, tú cuándo pillas vacaciones? –dijo Ramón.

–Más adelante, en noviembre quizás, aún no lo sé.

–Estos cabrones no paran, tío –le dijo Juanma a Ramón. No se cansan nunca, parecen robots.

Ramón pasó un cepillo por los marcos de aluminio, soplando el polvo alojado en las ranuras. Juanma, Miguel y Jalil bajaron las ventanas de la plataforma de madera. Le quitaron la envoltura al primer cuadrado de vidrio, que decía frágil y made in Italy. Usando unas ventosas grandes presentaron la primera ventana al costado de la abertura.

–¿Así que la Vanesa se va a Valencia con sus padres? –dijo Miguel. ¿Cuándo te lo ha dicho?

–Ayer, ¿puedes creerlo?

–¿Y tú qué le has dicho?

–Yo nada, tío. ¿Qué iba a decirle? Es que esta tía me tiene cansado, sabes. Yo paso de discutir con ella. Ya paso. Lo único que quiero es una buena cena, un buen polvo, y ala. Cada uno a dormir a su casa. Esta tía no está para nada más. Es bonita pero…

Jalil cargó unas barras de plástico en la pistola de silicona y la enchufó. Al minuto las barras comenzaron a derretirse. Jalil se puso de rodillas y comenzó a extender el pegamento por el marco metálico. Juanma, que estaba desenvolviendo los vidrios, giró de pronto la cabeza y lo vio.

–¿Pero a dónde vas?  –le dijo a Jalil–. No pases el pegamento ahora que se seca. Los vidrios para después del desayuno.

Jalil levantó la vista. Se detuvo. Miró el vidrio al costado.

–¿Pero por qué no colocamos los vidrios ahora?

–Porque no me sale de los cojones –dijo Juanma imitando su acento marroquí.

Juanma y Jalil se miraron fijo. Se hizo un silencio.

–Juanma –intervino Ramón–. Si ya ha pasado la silicona en el marco, mejor colocar el vidrio ahora.

Juanma se pasó el revés de la mano por la frente. Colocó las ventosas en el primer vidrio y, con la ayuda de Miguel, lo apoyaron en el marco. Jalil se acercó con la pistola y le pasó una nueva capa de silicona. Luego tomó un trozo de estopa y la pasó por los bordes. Ramón atornilló los marcos internos.

Juanma se acercó a la ventana recién colocada y miró a través del vidrio. Dos filas de automóviles se entrelazaban, perpendiculares, en Aragó y Pau Clarís. Se oían bocinazos.

–Hoy por la Ronda había una cola que no veas –dijo Juanma–. Nos hemos chupado más de cincuenta minutos. Había volcado un camión, parece.

–Ten cuidado, tío. Mira que aquí te están encima con el horario –dijo Ramón–. Minuto que llegas tarde, minuto que te descuentan.

–Me la sudan –dijo Juanma.

–Ya te digo: es mejor la moto –dijo Ramón.

–Cómo me voy a meter por las Rondas en moto, hombre –resopló Juanma–. No digas gilipolleces.

–¿Cuánto te dejas en parking? –dijo Ramón.

–No sé. Con el Miguel hasta ahora nunca pasamos las mil pelas por día.

–¿De dónde venís? –dijo Ramón.

–De Badalona.

Jalil seguía la conversación en silencio, esperando que presentaran la segunda ventana, con la pistola de silicona en la mano. Juanma al verlo así esbozó una sonrisa antes de soltar la broma de turno.

–¿Y tú, Alí, dónde has dejado la patera?

Se rieron todos excepto Jalil, que esquivó el tema sugiriendo:

–Coloca el otro vidrio.

Miguel y Juanma colocaron el segundo vidrio sobre el marco. Jalil le pasó la pistola encima y lo selló. Ramón atornilló el marco. Al rato Juanma estalló de nuevo en una carcajada.

–He entendido lo que has dicho –dijo Jalil. Eres un idiota.

–Venga, tío, un poco de sentido del humor –Juanma siguió riéndose.

–Para de reírte –dijo Jalil.

Dejó la pistola en el piso. Miró fijo a Juanma y lo empujó con fuerza, haciéndole volar el casco.

–¡Pero qué te pasa, tío! –dijo Juanma–. ¿Tú estás loco o qué? –le sobresalían las venas de la garganta.

–Basta –dijo Miguel y se interpuso entre Juanma y Jalil.

Juanma levantó un brazo y apartó a Miguel. Luego avanzó un paso y le dio un cabezazo en el pecho a Jalil. Éste cayó de espaldas en el piso sobre la pistola aún caliente.

–Eh, colegas, tranquilos –Ramón intentó apaciguar los ánimos.

De pronto pasó el capataz subiendo por las escaleras y vio a Jalil en el piso. Se acercó a Ramón y le preguntó qué estaba sucediendo. Él le dijo que no era nada, que el colega se había caído. El capataz vio la pistola al lado de Jalil. Se había quebrado la empuñadura.

–¿Y eso qué? –dijo el capataz–. ¿La pistola la vais a pagar vosotros?

Ramón se acercó al capataz y murmuró en tono confidencial.

–Señor Gallardo, déjelo en mis manos que yo me encargo. Quédese tranquilo.

El capataz los miró con ira.

–Os tengo que vigilar como si fuerais chavales. Si dais más problemas pasaré parte a la empresa.

Algunos operarios de otras plantas habían venido a ver qué pasaba. El capataz ordenó a todos volver a sus trabajos y marchó subiendo por las escaleras.

Ramón se acercó a Jalil y lo ayudó a levantarse. Jalil se lo agradeció.

Juanma esperó que el capataz llegara a la última planta. Se acercó a la mochila de Jalil, cogió la bolsa con el desayuno y la arrojó por el hueco de una de las ventanas, aún sin colocar. Una fruta, una manzana quizás, se estrelló contra la vereda.

Jalil contempló atónito la escena sin moverse de su sitio.

–Tu madre es una puta –le dijo finalmente a Juanma.

–Si lo sabrás tú, que tu mujer trabaja en el mismo puticlub.

–Venga, basta, ya déjalo –intervino Miguel–. Vamos a tomar el desayuno, hombre.

Juanma y Miguel bajaron por las escaleras hacia la calle. Ramón miró a Jalil en silencio. Estaba intentando arreglar la empuñadura de la pistola pero no había caso: se había roto de lado a lado.

–Está rota –murmuró Jalil.

–Tranquilo, tío. No saben ni cómo nos llamamos –dijo Ramón. Vamos a desayunar. Me he traído dos bocatas, te invito a uno.

–No, está bien.

–Vamos, hombre. Que no me voy a comer los dos –se tocó el estómago–. Que estoy gordo y tengo que bajar estos michelines. ¡Vamos!

–No, gracias.

–Tengo uno de queso y otro de fuet. ¿Cuál quieres?

Jalil se quedó pensando.

–Elige, hombre.

–El de queso.

Jalil se asomó por la ventana y vio a Juanma y a Miguel caminando por la calle.

–Si por ese cabrón pierdo el curro, lo mato –dijo.

Ramón miró los dos bocadillos envueltos en papel de aluminio. No sabía cuál era cuál. Desenvolvió el más grande de los dos y separó las tapas. De un lado, el pan untado en tomate. Del otro, el queso. Levantó la vista. Jalil seguía frente a la ventana.

–Tu madre es una puta –gritó Jalil, y le levantó el dedo mayor a Juanma, que se había dado vuelta.

Ramón miró las paredes del bocadillo. Se aclaró una flema, escupió sobre el queso y envolvió el bocadillo con el papel.

–Tío ven aquí –dijo Ramón, y fue a sacar a Jalil de la ventana, antes de que hiciera una locura.

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Una respuesta a Un poco de solidaridad

  1. Luis García Ferreras dijo:

    Grande Pato!!

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