Familia en Venecia

Julia abrió los ojos: el tren marchaba por encima del agua rumbo a la supuesta tierra del abuelo. Miró por la ventanilla el cielo gris. Debía estar llegando. Se acomodó en el asiento y sacó una libreta de la mochila. Repasó las hojas llenas de cuentas y anotaciones. Contó los días que le quedaban y se sintió un poco triste, porque en una semana iba a estar de vuelta en su casa. Nunca había conocido tantos países en tan poco tiempo. Seis ciudades en veinte días, nada mal para ser su primera vez en Europa. Su próximo destino era Venecia.

Llegó a la estación. Había gente ofreciendo hospedaje a los pasajeros. Se colgó la mochila al frente y caminó hasta la salida sin hablar con nadie. Una lancha amarilla, que ella consideró pequeña, cargaba una larga fila de turistas. Respiró hondo: el aire olía a agua estancada y a combustible. Julia intentó imaginar qué habría dicho su padre si hubiera sabido que ella estaba allí. Ojalá aquella noche del cumpleaños ella le hubiera preguntado más cosas en vez de irse a dormir. Las calles estaban húmedas, como si hubiera llovido la noche anterior. Había tablones de madera puestos de dos en dos sobre adoquines, formando caminos de emergencia. Cuando Venecia quede bajo el agua, pensó, voy a poder decir que la conocí antes de que se hundiera.

Le preguntó a una mujer cómo llegar a la Plaza San Marcos pero no entendió sus indicaciones. Caminó siguiendo los carteles, cruzó un par de puentes y luego se perdió. Volvió a preguntar varias veces y, media hora más tarde, vio al fin el león dorado. Le llamó la atención el tamaño de la plaza: la había imaginado más grande. La gente hacía cola para entrar en la iglesia. Unos niños cerca de la columna con el león le daban de comer a las palomas. Dos chinas vendían comida para pájaros en una esquina. Julia caminó por la galería de la plaza. Jugó con las monedas en el bolsillo de la campera y entró en un café.

Adentro había un señor tocando el piano, probablemente jazz. Se sentó en la barra, pidió un ristretto y lo pagó en el acto. El bar estaba lleno. Se escuchaban algunos murmullos y cada tanto unas risas. Identificó el tema que estaba sonando: lo había escuchado alguna vez en un disco de su papá. En un par de días hubiera cumplido setenta y cuatro. Nunca había hablado con él de su juventud. Sólo sabía cosas aisladas de su vida: hijo único, su niñez internado en un colegio de curas, su trabajo en un banco, su paso por el boxeo amateur, el choque en un Mercedes. Julia se preguntaba con quién habría estado antes de conocer a su mamá.

Le volvió la imagen de aquella noche, la única vez que su papá le habló de Venecia. Habían festejado su cumpleaños número setenta. Terminada la cena, su papá se había sentado en el sofá del living, un vaso de whisky en la mano, y se había puesto a hablar de su infancia sin que nadie le preguntara nada. Tenía los ojos brillantes, redondos, alegres, algo extraño en él, que por lo general era callado y tímido. Habló sin hacer pausas. Mencionó que el abuelo había sido carpintero desde muy joven. Antes de que llegara la mala época y tuviera que emigrar a América había trabajado en un palacio o en una casa muy importante con vista a un canal. Su padre había cambiado el tono de voz para decir: Mi madre me contó que un día discutieron. Se gritaron hasta quedarse afónicos. Al otro día él hizo la valija y se fue de casa. Yo me enteré más tarde, cuando vino mi madre, sola, a verme al internado. Y no volví a saber más de él. El padre recuperó el tono alegre del principio. Yo creo que el viejo estaba tan loco que se debe haber vuelto a Venecia. ¿Te imaginás un atardecer ahí, Julita, al lado de ese castillo? Julia lo había mirado fijo. Lo desesperado que debe haber estado cuando se vino acá, pobre viejo. Entonces ella le había sonreído, le había dado un beso en la frente y lo había dejado solo en el living.

Julia revolvió el azúcar y acabó el pocillo de un trago. El hombre del piano dejó de tocar y la gente aplaudió. Ella agitó las manos por inercia, la vista fija en el teléfono de la esquina de la barra y en la pila de guías del costado. Agarró el mamotreto de páginas blancas. Buscó su apellido. Encontró tres personas, y las fue ubicando en el mapa de calles. La ciudad de Venecia parecía un pez, y un hilo de agua lo dividía en dos. Debajo, como una cinta flotando, aparecía la Giudecca. Anotó en su libreta los datos de esta gente y salió a la calle.

Volvió a pasar por la Plaza San Marcos. Giró la vista y miró el canal, las góndolas estacionadas una al lado de la otra, todas pintadas de negro y dorado. El cielo se veía de color gris plomo. En el oeste, sin embargo, había un pequeño retazo despejado por donde se colaban los últimos rayos de sol, que dibujaban un sendero desflecado de luz amarillenta desde el horizonte hasta la costa. Julia siguió su paseo por la ciudad, pero no duró mucho: al cabo de un tiempo comenzó a gotear. Se cobijó debajo de una arcada y se ajustó la capucha. Ahora sólo se escuchaba la lluvia. Le dieron ganas de hacer pis y no sabía cómo volver hasta el café. Leyó en un cartelito: Calle dei Fabbri. Se sacó la mochila y buscó en su libreta: era una de las tres calles que había anotado un rato antes en el bar.

Salió de la galería y se internó en la callejuela sin luz en busca de la dirección. Se paró delante de una puerta que tenía el número 9. Al costado de la entrada había un timbre. Ciao, sono Giulia, ensayó. Se sintió ridícula. Tendría que estar buscando un café para ir al baño. Tocó el timbre dos veces. El agua caía sobre su campera, golpeaba en los hombros y le salpicaba la cara. Se quedó inmóvil un rato, los pies tocando el agua. La ciudad se iba a inundar dentro de poco, pensó, y no tenía otras zapatillas.

De pronto la puerta hizo un zumbido y se abrió. Julia empujó el picaporte y vio una escalera larga de mármol. Desde arriba, una señora mayor sentada en una silla de ruedas la miró. Ciao, sono Giulia, saludó ella desde el umbral, moviendo la mano. Dijo que estaba en Venecia de visita, buscando algún dato sobre su abuelo. La señora mayor, que casi no había parpadeado, le pidió que subiera las escaleras porque estaba sorda de un oído.

Julia cruzó el umbral, la puerta de calle se cerró de golpe. Subió las escaleras. La primera impresión fue que la casa era demasiado diminuta, como todo lo que iba encontrando en Venecia. El lugar tenía techos bajos, los muebles eran de madera y las repisas estaban llenas de muñequitos de cristal y de portarretratos. En el medio de la sala, al lado de la mesa, había un reloj de péndulo.

La mujer le pidió que se sentara. Julia sacó su pasaporte, se lo mostró y le señaló el apellido. La mujer le tomó la mano, le señaló la otra punta de la mesa y le pidió que le pasara los anteojos. Miró el pasaporte. Leyó el apellido y asintió. É un cognome friulano. Julia le preguntó si había oído hablar de un hombre que se hubiera ido a América en los años veinte y que luego hubiera regresado, a mediados de siglo. La mujer se quedó un rato en silencio mordiéndose el labio. Movía los ojitos de izquierda a derecha como leyendo el aire. La mayoría de los que se fueron no volvieron, dijo, aunque sé que algunos, muy pocos, al final regresaron. Es que hay mucha gente, son tantas las historias, dijo al final, confundida.

Las dos se miraban. Come sei carina, murmuró la mujer, y le acarició la cara y el pelo. Julia estornudó. La mujer le apoyó la mano en la frente. Sono infermiera, se sonrió. Le ofreció té. Julia le dijo que no, pero no hubo caso. Permesso, dijo la mujer. Avanzó por el pasillo en su silla de ruedas y entró en la primera puerta.

Apareció después de un momento con una bandeja apoyada sobre su falda. Le alcanzó la taza a Julia y sonrió. Tomó uno de los retratos de la repisa y lo apoyó en la mesa. Massimo, le señaló, y le contó su historia. Julia entendió que el señor de la foto era su marido, que había sido doctor y que había muerto a los noventa y cuatro años.

Julia no aguantó más y le pidió a la mujer pasar al baño. Hizo pis y le vino a la mente la melodía que había escuchado en el bar. Era Duke Ellington. Se acordó de su papá y de sus ojos alegres aquella noche. Hablaba en serio. Se lavó las manos y se miró en el espejo: sintió como si acabara de encontrar la respuesta a un acertijo.

Salió del baño y caminó hasta la sala. Sólo se oía el tic-tac del reloj. Se acercó en silencio. La mujer estaba quieta, con la cabeza baja y los ojos cerrados. Julia se agachó y la contempló un rato largo. Así, en la misma posición, en un cuarto de su casa, una noche, hacía poco más de un año, su papá había cerrado los ojos para siempre. Pero el pecho de la mujer subía y bajaba despacio, con toda la tranquilidad del mundo.

Julia miró la serie de fotos de la repisa. En todas salía el hombre, casi siempre serio y de perfil. No estaba nada mal. La mujer había tenido buen gusto. Se puso la campera, guardó el retrato más pequeño en su mochila y salió sin hacer ruido.

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Una respuesta a Familia en Venecia

  1. Marcela Bottos dijo:

    HOLA PATRI RECIEN HOY ACABO DE LEER TU ” FAMILIA EN VENECIA” INTENSO Y EMOTIVO A LA VEZ, ME HACE ACORDAR A MI EXPERIENCIA EN VENECIA BUSCANDO NUESTRO APELLIDO ETC Y A PAPI …OBVIAMENTE. SABES SI LO LEYO? COMO LE HABRA MOVIDO LEER EL CUENTO? TE COMENTO ALGO ? YA ME LO MATASTE !

    BESO 🙂 MARCE

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