Paz interior

Abrió la puerta de su departamento. Olía a encierro. Había dejado todas las ventanas cerradas, por precaución. Se lo había recomendado el administrador. Encendió la luz de la sala y al hacerlo sintió un escalofrío recorriéndole la espalda: vio unas bolitas negras que parecían moras esparcidas por el suelo, como formando pequeños caminos. Bolitas en el piso de la cocina y en el pasillo que llevaba al cuarto. Bolitas negras pegajosas que parecían de plastilina. Señorita le pido que no se ponga nerviosa, le había dicho el administrador el día anterior, esto es caca de ratas. Con una salvedad: el día anterior las bolitas eran unas pocas y habían aparecido sólo en la cocina. Ahora, en cambio, estaban por todos lados. Laura caminó en puntas de pie hacia la habitación con la cartera y las llaves aún en la mano. La moqueta del cuarto estaba intacta. Abrió el armario, que había dejado entreabierto. No vio nada raro. Extrajo una caja de zapatos, la que estaba más abajo. Había caca de ratas. Laura sintió ganas de llorar y enseguida arcadas. Se puso la mano en la boca y corrió al baño. Abrió la canilla del lavabo. Se lavó las manos y se enjuagó la cara. Salió del departamento y corrió por el pasillo largo hasta la puerta de entrada a la casa.

En la calle el sol se ponía detrás de los edificios. El cielo se veía ligeramente amarillo. Se respiraba un aire tranquilo, como si todo en la ciudad se mantuviera al margen de su desgracia. Sonó el teléfono celular. Buscó el aparato en la cartera. Todavía le temblaban las manos. Atendió a la tercera llamada. Era su madre. Laura habló un minuto sin parar. Su madre la escuchó en silencio desde el otro lado de la línea.

–¿Vos cómo estás? –le dijo finalmente la madre.

–¿Cómo querés que esté? No comí nada en todo el día… Además, se me parte la cabeza –se quejó mientras buscaba algo en su cartera.

–Mirá que te lo dije Lauri, eh. El tipo de la inmobiliaria me parecía cualquier cosa. Pero vos con tal de llevarnos la contra, con tal de “independizarte” a toda costa…

–Mamá  –la interrumpió ella–.Tengo treinta años.

–Sí, y estás haciendo las taradeces que no hiciste a los veinte, María Laura, por favor.

Ni Lau ni Lauri. La madre le había dicho María Laura. De todos los apodos, quizás el más duro. Su nombre completo. El que utilizaban cuando la retaban de chiquita. Laura respiró hondo, dejando entrar el aire por la nariz, llenando los pulmones. Como en las clases de los jueves. Buscar la paz interior. La tranquilidad la generaba ella, y ahora estaba dentro de ella. Pensó en lo que hablaba con su analista. No tenía que contestar con una agresión. Tenía que pensar que estaba hablando con su madre, de adulto a adulto. Y con asertividad, con buenos modos, decirle que respetaba su opinión pero que ella pensaba de otra manera. Ella tenía las riendas de su vida.

–No sé, mamá. Yo lo veo de otra forma. No quiero discutir de eso ahora –dijo y sacó un cigarrillo del paquete.

–¿Dónde vas a dormir esta noche?

–En mi casa.

–¿Por qué no te venís acá? Te preparamos la cama si querés.

–Voy a quedarme acá.

–¿Lauri estás bien?

Laura dio una pitada larga. Exhaló el humo.

–Sí, genial –dijo–. Pensaba hacer una fiesta a la noche para celebrarlo. ¿Por qué no te venís con tu novio? –sonrió, como un asesino satisfecho con su crimen.

La madre tardó unos segundos en contestar.

–¿Y a qué viene eso? –la voz sonó seria–. ¿A qué viene?

Laura hizo un silencio.

–Me parece que esta vez te pasaste –dijo la madre. Y agregó:

–Es un maltrato que no nos merecemos. Ni yo, ni tu padre. Es… –se le quebró la voz. Luego continuó hablando, entrecortada por el llanto–. Es la última vez que te llamo. A partir de ahora te arreglás como puedas. Y no vengas a pedir nada, ¿me entendés? No quiero saber más nada de vos –dijo, y colgó.

Laura se dio cuenta de que se había pasado. No entendía por qué le había dicho eso, pero no se sentía del todo mal. Mamá está de novia. Eso había sido diez años atrás, pensó Laura sacando cuentas. No, más: doce. Ella empezaba la facultad. Sin embargo, parecía más reciente.

Los últimos rayos de sol brillaban sobre los adoquines de la calle. Dio una última pitada al cigarrillo y lo apagó. Tenía que dejar de fumar. Laura se preguntó por qué sólo a ella le pasarían todas esas cosas. Quién le había mandado alquilar ese lugar. Pero esta era su vida. Tenía que volver al departamento y enfrentar la situación. Buscó las llaves en la cartera. Sentía que necesitaba urgentemente un hombre. Un tipo con quien acostarse ya. Y después fumar tendida en la cama y hablar un rato. Sentirse segura. Pero no tengo suerte con los hombres. Uno peor que el otro. Pensó en sus amistades hombres. En el Polaco más precisamente. Le envió un mensaje por el teléfono: Polo venite pa ksa toy n problemas beso. El Polo es un poco colgado pero es un buen tipo, se convenció. Si leía el mensaje vendría.

Caminó por el pasillo largo. Las paredes, que en algún momento habían sido blancas, estaban recubiertas en varios tramos por una capa de moho negro. Le pareció interminable.

Entró al departamento. Abrió la puerta que comunicaba la cocina con el patio y dejó entrar un poco de aire. El hijo de puta de la inmobiliaria lo sabía, pensó Laura. Pero me arregla esto o dejo el departamento, se dijo. Que se lo meta en el culo. Respiró profundo y exhaló el aire de a poco. Se miró en un espejo. Vio su cara pálida. Tenía ojeras y se le marcaba la papada por debajo de la mandíbula. Lo del cuello había sido en estos últimos meses. Antes no había tenido el cuello así de gordo. Se le retorció el estómago. Tenía que comer, pero primero tenía que limpiar.

Fue hasta la cocina. Se colocó unos guantes de goma. Barrió el excremento con cuidado de no aplastarlo contra las baldosas. Luego llenó un balde de agua y vertió dentro un buen chorro de limpiador de pisos. Pasó un trapo por el suelo, lo enjuagó y lo pasó una segunda vez. Fue a la habitación y tiró la caja de zapatos sucia. Sacó la basura al patio. Se quitó los guantes y encendió la televisión para ver las noticias.

Sonó el teléfono celular. El Polo, pensó Laura. Hola Lauri, dijo la voz, cómo estás. Era su madre. Le dijo que se había olvidado de contarle que la tía Hilda se iba a festejar las bodas de platino haciendo un crucero por el caribe, pero que iban a ir ellos dos solos, sin los primos, y que así da gusto vivir. La madre siguió hablando. Laura se apoyó el teléfono en el hombro, lo sujetó con la oreja y abrió la heladera. Agarró unos pickles, mayonesa, algo envuelto en papel, una cuña de queso y una botella de coca cola. Chau mamá, sí, me cuido, voy a comer bien, no te preocupes, estoy bien, chau.

Se quitó los zapatos y se sentó en el sofá delante de la televisión. Desenvolvió el paquete de papel. Despegó con los dedos una feta de jamón crudo. Se la metió en la boca. Sintió la sal en el paladar. El jamón estaba tierno, casi no tenía grasa. Cortó un trozo de queso de la cuña, un queso picante. Lo comió acompañado de una feta de jamón. El Polaco no llamaba. Quizás lo mejor sería llamarlo de una vez y decirle que esta noche necesitaba que se quedara con ella, pensó Laura. Untó los pickles en mayonesa y se los comió. Se sirvió coca cola en un vaso largo. Estos vasos fueron una buena adquisición, entra casi medio litro. Tomó un buen trago y eructó casi al instante. Se levantó, fue hasta la heladera y sacó un recipiente con seis empanadas de jamón y queso. Las calentó en el microondas.

Cuando empezó el último bloque del noticiero Laura estaba de nuevo en el sofá, sentada con el plato de empanadas sobre las piernas. El periodista dio el pronóstico del clima, querida audiencia, mañana tendremos lluvia, y se despidió con un buenas noches y una sonrisa. Laura se puso a pensar en lo feo que era el periodista. Tenía las orejas muy salidas. Además, tenía la cara con pozos de viruela y, sobre todo, tenía mirada de perverso. Se preguntó si ese tipo con esa cara tan fea podía estar con alguien. La televisión genera la fama, la fama el dinero, y el dinero todo lo demás. Laura pensó que el Polaco en el fondo era un colgado. Ella le estaba mandando un mensaje diciéndole que lo necesitaba y él no contestaba. ¿Qué era lo que estaba haciendo que no le podía ni siquiera contestar? Aunque fuera para decirle que no, pero que contestara. El Polaco sólo piensa en él, en sus anteojitos y en su peinadito de modelo, pensó Laura. En el fondo es un egocéntrico y un imbécil. Es que no hay uno que se salve. Llamó a Mariana, una compañera del trabajo. Le atendió el contestador. Dejó un mensaje pidiéndole que la llamara.

En la televisión comenzó la serie de las nueve. Ella había acabado con las empanadas. Sacó una lasaña del congelador, la puso a calentar diez minutos y bajó un paquete de papas fritas de la alacena. Se sirvió un vaso de coca cola hasta arriba. Abrió el paquete de papas y se las fue llevando una a una a la boca. Papas fritas estilo campesino, con sabor a finas hierbas. Como las que compraba su madre.

Aquella noche, la de la confesión, la madre había venido vestida toda rara, como de fiesta. Un vestido que Laura nunca le había visto. Olía a perfume y tenía los labios pintados. Se veía ridícula, recordó Laura. De la nada había soltado: mamá está de novia. La madre parecía atontada, como drogada. Gesticulaba mucho al hablar. Mamá está de novia duró dos semanas, porque el novio de mamá nunca más le contestó las llamadas, por expresa orden de su mujer. El novio de mamá y su mujer al final se divorciaron. Fue lo más sano, pensó Laura. Aunque lo que no se entiende fue para qué tantos celos de la mina si al final le iba a pedir el divorcio. En fin, como el perro del hortelano. Los que no se divorciaron nunca, eso sí, fueron su madre y su padre. Papá y mamá estamos pasando por un momento difícil, pero vamos a seguir juntos, por ustedes, porque los queremos mucho. Bonito discurso habían dado, tomados de la mano. Supondrían que no habían escuchado los gritos la noche anterior. Era una tregua disfrazada de paz, divagó Laura. Ella y sus hermanos rodeando el matrimonio indisoluble. Por mí no hubieran seguido, pensó Laura. Ella hubiera preferido no seguir presenciando ese espectáculo decadente. Aunque sus hermanos, sí, ellos querían que todo se arreglara y volviera a ser como antes: eran más chiquitos. Lo más penoso había sido su padre hablando, haciéndose el que dominaba la situación: en realidad estaba destrozado por dentro.

La lasaña salió a una temperatura despareja. Había zonas hirviendo. Otras partes por el centro parecían frías, incluso congeladas. Laura le espolvoreó un poco de queso rallado encima. Le había perdido el hilo a la serie. Con todo el tema de la mudanza se había salteado como cuatro capítulos. Hace un año se moría si llegaba a perder uno. Ahora había estado casi un mes sin ver la serie y su vida seguía como si nada hubiera pasado. Laura tomó esto como un síntoma de que había madurado. Limpió los restos de salsa con un pan. Se chupó los dedos. Sintió unos ruidos en el patio. Temió que aparecieran de nuevo las ratas. Se levantó del sofá y fue hasta la cocina. No se veía nada. Caminó hasta la ventana y se asomó con cuidado. El viento sacudía las hojas de las macetas. Era sólo eso. Iba a llover. Lo había dicho el feo de la tele. Al día siguiente llamaría al de la inmobiliaria. Le iba a exigir que desinfectaran el departamento antes de la noche. Si no, se iría.

Fue hasta la heladera. El Polaco está saliendo con alguien, pensó. Miró el reloj. Había pasado más una hora desde que le había enviado el mensaje. Abrió el congelador y sacó un pote de helado con gusto a crema de capuchino, su favorito. Lo acabó en cinco minutos. Se sirvió lo que quedaba de coca cola hasta vaciar la botella. La bebió en dos tragos largos y eructó. Se preguntó dónde había guardado el chocolate.

Buscó en las alacenas. Con los fideos y la harina no estaba. Alguien se lo había comido, pensó Laura. Pero quién, si nadie había estado en el departamento en la última semana más que su hermano menor. Odiaba que el pendejo le comiera las cosas sin avisar. Pero no podía ser. Tenía que estar con las infusiones y el azúcar. Al final lo encontró, al lado del azúcar: chocolate negro. Era importado, alemán o suizo. Se metió dos cuadrados en la boca y mordió. El papel decía con almendras y avellanas, pero en la boca era difícil notar la diferencia. El dulzor del chocolate no se lo permitía. Quiso saber en dónde lo fabricaban. Buscó en la parte de atrás del envoltorio. Encontró la información nutricional escrita en inglés y en castellano. Leyó al pasar: 55% de cacao, proteínas 7 gr., hidratos de carbono 53 gr., grasas 30 gr.. Cortó un nuevo cuadrado de chocolate. Entonces se dio cuenta: había caído otra vez.

Apoyó el chocolate en el papel y caminó de prisa hacia el baño. Se arrodilló delante del inodoro y levantó la tapa. Se metió el dedo índice y el mayor en la boca hasta tocarse la garganta. Le dieron arcadas. Vomitó una catarata bilis densa mezclada con restos de comida. Tuvo una segunda arcada. Vomitó de nuevo, esta vez más, hasta vaciar el estómago. Tosió atragantada con la saliva y los jugos gástricos. Sintió la presión de la sangre en la cara y se le humedecieron los ojos. Vio los restos de comida flotando. Sintió primero un mareo y luego una bajada de presión. El estómago y la boca le ardían. Bajó la tapa del inodoro, se sentó encima y tiró la cadena. El celular sonó en la sala dos veces. No fue a contestar. Sentía la boca ácida. Necesitaba tomar algo dulce. Se preguntó si quedaría más coca cola en la heladera.

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