Arriba, en la montaña

La relación estaba a punto de romperse, por eso Jordi no entendió la insistencia de Sonia por hacer de aquel viaje a los Pirineos, como si fuera una luna de miel. Tomémonos unos días para desconectar, dijo ella. Necesitamos pasar un tiempo juntos y hablar. Jordi la miró sin abrir la boca. La imaginó charlando sin parar. Sonia enmudeció. Saltó del sofá. Abrió el cajón en donde guardaban los cuadernos de viaje. Desplegó el mapa de carreteras en el piso e hizo unos trazos en el aire. Serán unas cuatro horas de coche, dijo. Cinco como máximo.

Algo en este rapto de Sonia por viajar, un viaje que ya había empezado en sus gestos y movimientos, cautivó a Jordi. A él le gustaba mucho viajar. Tenía cuarenta y dos años, cinco más que ella, y era bajista en una banda de jazz. Sin embargo, tiempo atrás había enseñado biología en un instituto durante nueve años, hasta los treinta y tres. Un día, impulsado por un amigo, comenzó a tomar clases de bajo. El pasatiempo se convirtió en pasión. Empezó a tocar con un grupo en algunos bares de Barcelona hasta que se planteó el gran salto: dejar su plaza de profesor, dejar el instituto y a los adolescentes pesados, y dedicarse a lo que verdad le gustaba: la música. El cambio fue de un año para otro, y no fue el único en su vida: rompió con la pareja anterior y se fue de viaje catorce meses. A su regreso la conoció a ella.

Sonia era trabajadora social y era feliz. Salía a las tres de la tarde de su trabajo, almorzaba, y se zambullía en el curso que estuviera haciendo en aquel momento, practicaba sus canciones para el coro, visitaba amigas, o simplemente salía a comprarse ropa al centro. Aunque le sobraba el tiempo libre, parecía tener siempre entre manos algo importante e inaplazable. Jordi la había conocido hacía siete años. Al principio hubo varias interrupciones, pero al cabo de un tiempo se estabilizaron y se fueron a vivir juntos.

Las cosas anduvieron más o menos bien hasta el día que Sonia le dijo que se había acostado con un compañero del coro. Era algo que no significaba nada para ella, aclaró, pero entendía que pudiera molestarle. Se separaron, y al cabo de un mes Jordi decidió llamarla. Aunque no quiso reconocerlo, después de este hecho la relación cambió. Poco a poco las conversaciones se volvieron más cortas y más serias. Hacían el amor muy cada tanto. Jordi nunca había pensado que algún día podría perder las ganas de estar con Sonia. Por eso lo decepcionó la mengua del deseo, esas no ganas de verla ni de pasar horas enteras desnudos en la cama. Había perdido la ilusión de estar con ella, y aunque deseaba remediarlo, ignoraba cómo hacerlo.

Fue entonces que Sonia le propuso a Jordi subir a la montaña un fin de semana de tres días, a mediados de septiembre. En el parque trabajaba un amigo de ella, Ignasi. Había sido novio de ella en la juventud. Ahora vivía con su mujer, Martina, y habían tenido un bebé hacía unos meses. La excusa era conocer el parque nacional, descansar un poco, y visitar a esta pareja de amigos. Esta última parte de la propuesta la hizo Sonia al final, luego del primer sí de Jordi, que había comenzado a ver en las palabras de su pareja una invitación a la aventura. Al escuchar el nombre de Ignasi en boca de su compañera, Jordi arqueó las cejas.

–¿Esta es tu idea de pasar un fin de semana juntos? –dijo.

–¿De qué hablas?

–Sabes a qué me refiero.

–La verdad es que no te entiendo –Sonia se puso los brazos en jarra –. ¿El problema es Ignasi?

Jordi tenía la mirada puesta en algún punto indefinido del mapa.

–Por Dios, Ignasi es tan solo un amigo, si eso es lo que te preocupa –continuó ella–. Está casado, es padre… ¿A qué viene esta escena de celos, Jordi, por favor? ¿Cuándo vas a volver a confiar en mí?

Él hubiera querido responderle, pero habría sido una tontería.

–No los visitamos y punto, si eso es lo que quieres –bufó Sonia–. No los hemos visitado para el nacimiento del bebé, y me pareció que esa era una buena oportunidad para hacerlo. Pero no tenemos porqué verlos si no quieres.

Jordi pensó que a lo mejor estaba equivocándose. No tenía sentido ponerse así. Conocía a Ignasi, había venido a comer un par de veces a su casa con su pareja. Era una buena persona, y la relación con Sonia había sido muchos años atrás.

–No, está bien –dijo Jordi–. Vamos a visitarlos. Está bien.

Ella lo contempló en silencio, con un dejo de ira en la mirada.

–No tenemos ningún compromiso.

–No, está bien. Igual soy yo, que le estoy dando muchas vueltas. Asunto terminado –sentenció Jordi, como cada vez que quería acabar cualquier discusión. Necesitaba creer que esos tres días en la montaña le cambiarían la vida.

Aquel sábado por la mañana Jordi dio un último vistazo a la casa. Comprobó que no se olvidaban nada y cerró la puerta. Bajó las escaleras con su mochila y la de su pareja, que lo esperaba abajo dentro del automóvil. Guardó el equipaje en el baúl y arrancó el coche. Encendió un cigarrillo y bajó apenas la ventanilla. A su lado, Sonia mascaba un chicle y tarareaba la música de Neil Young que sonaba por los parlantes.

–¿Cuándo quieres regresar? –dijo él al cruzar el límite de Barcelona–. ¿El domingo a la tarde o el lunes por la mañana?

Le dio una calada al cigarrillo.

–¿Eh? –él buscó la mirada de Sonia en el espejo retrovisor.

–Acabamos de salir y ya piensas en volver –dijo ella –. Vaya que estás pesado, Jordi –se llevó dos chicles más a la boca. Masticó un rato, hizo un globo y sopló hasta estallarlo.

Jordi exhaló el humo en la rendija de la ventanilla.

–Pues muy bien. Cuando te apetezca regresar ya me avisas.

El sol empezaba su cuesta en el horizonte y el cielo iba perdiendo poco a poco su color azul intenso. Al costado de la carretera, en los campos marrones recién arados, se veían enormes cilindros de pasto seco embalados en polietileno negro. Son los porros que se tendría que fumar la Tierra para tranquilizarse un poco, pensó Jordi.

Al cabo de un rato ella bajó el volumen del estéreo y se quitó el chicle de la boca.

–Jordi –dijo.

Él levantó la vista hacia el espejo. La cara de ella encerraba un gesto dulce pero serio. Sonia se pegó el chicle en el revés de la mano.

–Estoy embarazada.

Jordi inspiró una cantidad inusitada de aire, como si sus pulmones no tuvieran límite. Concentró la mirada en las líneas de pintura de la ruta, dos rayas blancas sinuosas y continuas que se perdían a lo lejos entre dos montañas.

–De ocho semanas.

Jordi intentó buscar en su memoria qué había hecho dos meses atrás. Las arterias le latían en las sienes. Un peso le oprimía el pecho.

Ella le tocó el brazo: –Di algo, Jordi.

Él se estrujó la frente.

–¿Cómo pudo haber pasado? –dijo.

Sonia le quitó la mano del brazo. Jordi fijó la vista en la ruta y en el camión que estaba delante.

–Jordi, quiero tenerlo. Voy a tenerlo.

Ninguno de los dos volvió a hablar. En el horizonte empezaron a divisarse las cadenas montañosas. Cruzaron dos embalses, los dos con muy poca agua. Hacia el mediodía llegaron a un pueblo muy pequeño, atiborrado de edificios de ladrillo a la vista, una ciudad dormitorio para esquiadores. Estacionaron el auto en la puerta de entrada al parque, comieron unos sándwiches y comenzaron la cuesta hacia el refugio.

La zona inferior de la montaña estaba poblada de robles, abedules y avellanos. Sus copas moteadas de amarillo insinuaban el incipiente final del verano. A medida que ascendían solo se veían pinos y abetos, las únicas especies capaces de soportar el clima de la montaña durante el invierno. Cruzaron algunos ríos que traían, en su mayoría, agua de deshielo. Al cabo de tres horas se detuvieron para cargar las cantimploras en una fuente. Sonia sacó la cámara de la funda y comenzó a sacar algunas fotos.

–¿Estás segura de que quieres tenerlo? –preguntó él.

Sonia asintió con la cabeza y gatilló la cámara.

–¿Y por qué nunca me habías dicho que querías tener un hijo?

Ella apartó la vista del visor.

–Nunca me lo había planteado, Jordi. Pero ahora ha venido, siento que lo quiero. ¿Y tú?

–¿Puede cambiar algo lo que yo te diga?

–No lo sé –Sonia guardó la cámara–. Pero si quieres decir algo, dilo cuanto antes.

Dos horas más tarde llegaron al refugio. Había refrescado y quedaban tan solo unos restos de luz. Al verlos entrar, Ignasi salió detrás del mostrador de la cocina y les dio un abrazo. Era un hombre robusto de movimientos lentos. Ya estoy con ustedes, sonrió, y regresó a la cocina a terminar de preparar la cena. A su lado había una cuna y dentro un bebé durmiendo. Jordi se quitó la mochila de la espalda y se sentó a la mesa de troncos. Sonia se acercó al bebé y le acarició la cabeza.

–Duerme como un ángel. ¡Y con qué fuerza respira!

–Sí, este duerme todo el día –dijo Ignasi.

–¿Y Martina? –preguntó ella en voz baja.

–Se fue a dormir poco antes de que vosotros llegarais. Estaba cansada –Ignasi miró a Jordi. Estaba callado, sentado en el largo banco de madera, con las piernas cruzadas y la cabeza apoyada en el puño–. Como mañana tendremos que madrugar, quería estar fresca.

–¿A qué hora nos despertaremos? –dijo Sonia.

–Cuanto más pronto salgamos, más podremos aprovechar el día. Piensa que hasta el lago hay ocho kilómetros, la mitad en subida. Creo que las seis es una buena hora. Calculo que saldremos media hora más tarde, luego del desayuno.

–¡Vaya vacaciones! –Sonia negó con la cabeza.

–¿Jordi, pasa algo? –dijo Ignasi.

Jordi regresó como de un coma. Se quitó la mano de la cabeza.

–No, nada. Estoy un poco cansado. Eso es todo.

Cenaron lo que preparó Ignasi. Intercambiaron algunas palabras en voz baja, levantaron la mesa y decidieron irse a dormir.

Ignasi los condujo a través de una puerta pequeña con el bebé en brazos. En el cuarto había dos filas de camas, apenas levantadas del piso, y más allá una cuna. Les mostró la cama que tenían asignada. Martina dormía. Ignasi se despidió de ellos. Jordi y Sonia se metieron debajo de las frazadas. Sonia se durmió casi al instante. Jordi se quedó despierto. El frío le helaba los pies. Sentía ganas de ir al baño pero no pensaba moverse del sitio. En ese momento Jordi sintió el susurro de una voz de mujer, seguramente la de Martina, que se había desvelado.

–¿Han llegado?

–A las ocho –respondió Ignasi–. Ya duermen. Estaban muy cansados.

Martina e Ignasi siguieron hablando un rato en voz baja. Jordi oyó sus murmullos, y luego sus besos. Jordi sintió que hacían el amor muy suavemente. Recordó a su primera novia, y la vez que se acostó en casa de ella cuando estaban los padres de la chica. Recordó los besos en la oscuridad y los gritos ahogados. El pensamiento de Jordi fue saltando hasta detenerse en una sola preocupación: ¿cuándo y cómo había tenido sexo con Sonia dos meses atrás?

Al día siguiente se levantaron muy temprano. Martina los saludó con efusividad y les preguntó por sus vidas. Cuchichearon un rato y fueron pasando al baño. Desayunaron en la recepción, sentados a la mesa de troncos. Martina aprovechó para darle la teta al bebé. Ignasi sentó a su hijo en una silla mochila y se lo colocó en la espalda. Partieron antes de que saliera el sol.

El camino hacia el lago comenzó con una subida pronunciada. Los hombres tomaron la delantera. Luego de atravesar el segundo pico arribaron a un llano. El suelo estaba compuesto por rocas cubiertas de moho y una gramilla muy corta minada de bostas de vaca. Algunos copos de nieve dispersos se derretían al sol. Ignasi comentó que era un buen sitio para almorzar algo. Se desencajó la mochila y apoyó al niño en el suelo. Jordi se sentó. Esperaron que llegaran las mujeres, que venían bastante más atrás.

–¿Has dormido bien? –preguntó Ignasi.

Jordi asintió con la cabeza.

–Te noto serio…

Jordi se acarició el mentón.

–¿Es por lo del embarazo de Sonia, verdad?

Jordi se sintió vulnerado.

–¿Os lo ha comentado?

Ignasi asintió mientras jugaba con las manos del niño.

–No sé qué pasará –dijo Jordi con resignación–. En verdad lo sé, quiero decir, pero no sé qué decisión tomaré, ¿sabes? –tomó una piedra pequeña y la arrojó hacia la nada. Miró a Ignasi jugando con el bebé.

–Es lógico que estés así, hombre. Yo me sentí igual en su día. Con el tiempo verás todo más claro –dijo Ignasi–. ¿No te estás muriendo de hambre igual que yo? Más vale que empecemos.

Sonia y Martina aparecieron en el llano al cabo de un tiempo. Los hombres habían acabado los sándwiches y comían fruta.

–¿Qué pasa aquí? Apenas nos descuidamos y los hombres nos dejáis sin comida.

Luego de comer se quedaron un rato tendidos al sol. Martina amamantó al bebé un rato. Luego se lo echó en la panza y le hizo morisquetas. Sonia reposó la cabeza en el estómago de Jordi y le pidió que le rascara la cabeza. Media hora más tarde retomaron el camino hacia el lago, ahora en bajada.

Luego de andar unos dos kilómetros, pararon a tomar agua. Unas nubes blancas y poco densas taparon el sol por un momento. Se sintió una ráfaga de aire y Jordi perdió la gorra.

–Es el fogony –dijo Ignasi–. Cuando topa con las montañas el viento sube –señaló hacia arriba–. Entonces se enfría, precipita, y pierde humedad. Al cruzar la montaña sopla seco y cálido. ¿No es asombroso? La naturaleza es perfecta.

Sonia le pasó la cantimplora a Martina. Jordi contempló las nubes que cruzaban el cielo a gran velocidad. Una de ellas parecía el torso de una mujer. De pronto y sin forzar el recuerdo le vino una imagen clara: él y Sonia haciendo el amor, de pie, en la sala, un día de semana, hacía algo más de dos meses, un coito interrumpido por la llamada de un vendedor de telefonía móvil.

Jordi hizo visera y miró hacia abajo. En la ladera no había ningún resto de escarcha. El pasto parecía un extenso manto de terciopelo verde que se hundía levemente ante cada paso que daban. Debajo de todo, el lago, majestuoso y tranquilo, reflejaba la silueta de las montañas y del cielo. Jordi aceleró el paso.

–Jordi, esperémoslos –dijo Sonia, unos cuantos metros más atrás.

–No quiero perder el ritmo ahora –dijo Jordi al viento, sabiendo que a Sonia apenas le llegaría un residuo inaudible de aquellas palabras.

Jordi llegó a la base del cerro y se quitó la mochila. Miró a la ladera para ver dónde estaba el resto. Se sentó en el suelo y bebió el resto del agua de la cantimplora. Una manada de vacas color champán pastaban a la orilla del lago. Los animales sí que no se preocupaban tanto, pensó.

Sonia se acercó hasta él clavando en el suelo las ramas que usaba de bastones.

–Qué manía tienes con correr, Jordi –dijo.

Él se quitó la gorra y el pañuelo que llevaba al cuello. Se quitó el calzado.

–¿Qué haces? –dijo ella.

Ignasi y Martina llegaron finalmente al lago. Ignasi llevaba el bebé a sus espaldas. Jordi les dirigió una mirada displicente.

–¿Cómo estáis? –dijo Jordi. Se sacó la ropa.

–¿Vas a entrar al lago? –sonrió Ignasi–. Mira que está congelado.

Sonia se acercó a Jordi y le acarició el pelo.

–Jordi, ¿qué haces?

Jordi se quedó desnudo y enfiló hacia el agua. Ignasi, Martina y Sonia se quedaron hablando entre ellos. Jordi caminó por la costa buscando un terreno más o menos liso, pero en todas partes el fondo del lago estaba cubierto de piedras con musgo. Dio las primeras zancadas y sumergió la pierna izquierda hasta debajo de la rodilla. La superficie de la roca estaba resbalosa y parecía hundirse ante su peso. Examinó dónde colocar la pierna derecha. El suelo estaba lleno de musgo. Pensó en desandar sus pasos pero cambió de opinión. Avanzó la pierna rezagada hasta la misma roca en donde tenía la otra y se puso en cuclillas. Hundió su torso hasta el ombligo. Sintió un ramalazo de frío corriéndole por el cuerpo. Escuchó la voz de Sonia diciéndole que saliera, que se iba a congelar. El bebé de Ignasi rompió en un llanto. Jordi miró el fondo del lago: nubes deformes de agua borrosa ascendían desde la profundidad enturbiando esa pequeña parcela. El agua había perdido su cristalinidad, y con ella la sensación de calma eterna. Tenía la cabeza seca y le temblaban los hombros. Se quedó meditando en posición fetal. Tomó impulso y se lanzó hacia el centro del lago. Se zambulló por completo y sintió que entregaba su cuerpo al hielo.

Al rato se extendió como una tabla sobre la superficie del lago. Miró de reojo hacia la orilla. Sonia lo contemplaba con los brazos cruzados. Tiene miedo de que me pase algo, se convenció Jordi. Ignasi y Martina habían conseguido calmar al bebé y sonreían abrazados. Se escuchaban los cencerros del ganado al otro lado del lago. De repente, todo parecía haberse ordenado. Era como si hubiera tocado fondo y estuviera ahora saliendo a flote. Entendía que no podía estar peor, y que esta era la primera buena noticia. Los hechos eran los mismos, pero era como si los estuviera viendo desde otra perspectiva, una menos dramática. Jordi contempló una de las vacas dándole lengüeteadas a su becerro. Después de todo, no puede ser tan difícil cuidar un hijo, pensó.

Dio unas brazadas discontinuas y se dirigió hacia la orilla. Fue emergiendo del lago con gran seguridad. Avanzó desnudo por el terreno blando de la costa sonriéndole a Martina, que le tomaba una foto. Sonia se acercó con su camiseta, lo abrazó y comenzó a secarle el cuerpo con fuerza. Hizo un comentario sobre su pene, una oruga escondida detrás de un manto de bello púbico. Jordi temblaba y, al mismo tiempo, sentía un calor inexplicable, la sangre circulando por los vasos sanguíneos. Soplaba un viento seco. He aquí el fogony, pensó Jordi. Sonia le secaba las nalgas y eso le provocaba placer. Jordi creyó que era justo traer una persona al mundo.

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3 respuestas a Arriba, en la montaña

  1. Damian Boggino dijo:

    Hola,

    No se puede entrar para leer el cuento? Como hago? O ya hay que ingresar la tarjeta de credito para poder leerlos???

    Abrazo, Damian

  2. Rodolfo DIAZ MOLINA dijo:

    Pato!!!Estoy cambiando el almanaque y pens que era oportuno aunque sea enviarte un deseo (Qu onda dicen aqu desde hace un tiempo?) de bienestar integral que segn recuerdo te merecas. Supongo que habrs seguido profundizando tus virtudes y por ello te merecs lo que buscs. Que se te den!!!AbrazoRodolfo

  3. Ingrid Kunz dijo:

    Pato! como va todo? queria leer este cuento, pero no lo veo, lo sacaste? beso, tb a Clau, recien llame pero no los encontre, pruebo mas tarde! eng

    El 27/12/2012 19:58, “Generación perdida” escribió: > WordPress.com > Pato Bottos posted: “La relación estaba a punto de romperse, por eso > Jordi no entendió la insistencia de Sonia por hacer de aquel viaje a > los Pirineos, como si fuera una luna de miel. Tomémonos unos días para > desconectar, dijo ella. Necesitamos pasar un tiempo juntos y ha” >

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