Una mañana de sábado

La mujer miró el almanaque y confirmó que aquel día, sábado 26, venían a instalar el circuito cerrado de la cámara de vigilancia. Colocó la tetera en una bandeja y salió al balcón a tomar su brunch. El departamento nuevo estaba muy bien. La ubicación era ideal. No era su barrio de toda la vida, pero la vista que tenían ahora sobre el río no tenía precio. Tampoco habían tenido que hacer reformas importantes antes de mudarse. Eso sí, el mal trago que habían pasado en la vieja casa con el local vecino no lo iban a olvidar de un día para el otro.

La mujer sabía que cuando se volviera a juntar con sus amigas a jugar al bridge iba a salir el tema. Alguna de ellas sacaría la conversación de la nada, haciéndose la desentendida, pero estaría bien al tanto de que habían perdido el juicio y se habían tenido que mudar. A la mujer no le importaba. No se iba a avergonzar delante de ninguna de ellas, que tampoco eran sus amigas de verdad. De todas maneras, no podía dejar de ver la mudanza como una derrota. Que un juez tuviera que mudarse por haber perdido un juicio imposible de perder no dejaba de ser vergonzoso. Aquel juicio se hubiera ganado con un poco de agallas, pensaba ella, cosa que su marido nunca había tenido ni tendría. Como si el tener garra fuera una cosa de gente de clase inferior a la suya. Cómo le voy a pedir a los peritos que vengan otro día, le había dicho su marido, es un papelón. Son peritos judiciales, no sabés el trabajo que tienen. Serían muy peritos, pensaba ella, pero los imbéciles habían venido a hacer las mediciones de sonido un día miércoles. En la casa casi no se escuchaba el ruido: el local parecía un velorio. El sábado tendrían que haber venido, cuando la disco se llenaba de gente y cientos de chicos y chicas se quedaban hablando a los gritos hasta las seis de la mañana. Al final las mediciones dieron muy bajo. El juez de la causa consideró que no había pruebas suficientes para cerrar el local. Y su marido, otra vez, se había quedado mudo. Soy un magistrado, no puedo presionar a un colega, había dicho él. Y aunque lo hiciera, si él es un buen juez, no va a aceptarlas. Vamos a tener que mudarnos. Así nomás se lo dijo. Veinte años en aquella casa borrados de un plumazo, por no haber sabido buscar una prueba. Ella llegó a pensar que su marido lo había hecho a propósito, para terminar de destruir el matrimonio.

De todas formas, pensaba la mujer, no estaba tan mal hacer un cambio en su vida llegando a los cincuenta. En el nuevo edificio todo era muy moderno. De hecho, nadie había vivido en ese departamento antes de que ellos se mudaran. Todas las instalaciones flamantes: las luces, las paredes, los baños. El sistema de cámaras de vigilancia, incluso. No había nada de eso en su vieja casa. Y ahora, dentro de un rato, vendría un técnico a configurar el televisor para ver la puerta de entrada del edificio. Era un poco exagerado, pero a ella le gustaba el punto de modernidad que suponía. Sus amigas no tenían sistema de vigilancia.

La mujer disolvió un terrón azúcar negro en el té con leche. Pensó en su matrimonio, y en que nunca había llegado a ser lo que se dice feliz. Tal vez durante los primeros años de novios. Sólo eso. Después se habían casado y al año había llegado la primera hija. Dos años más tarde, cuando la relación estaba a punto de hundirse, ella se había vuelto a quedar embarazada. En aquel momento, tal vez, había capitulado en su intento por esperar algo del amor. La maternidad le había hecho abandonar el magisterio, y en adelante nunca se había planteado retomar los estudios. Se convirtió con resignación en una ama de casa, palabra que siempre había detestado, más viniendo ella de una familia liberal, que tanto le había inculcado que siguiera una carrera. Ahora tenía casi cincuenta años. Estaba casada con un hombre que no la quería, con dos hijas que veía muy esporádicamente, sin una carrera, aburrida de la vida. Tal vez las cosas hubieran sido un poco diferentes si hubiera estudiado algo, aunque sea una carrera corta que le diera alguna herramienta para valerse por sí misma. Quizás debería haber retomado el magisterio, pensaba ella. Seguro que él la hubiera respetado más.

La mujer tenía su taza de té por la mitad cuando sonó el timbre del portero. Fue hasta la cocina y preguntó quién era. Había llegado el instalador del sistema de vigilancia. La mujer le dijo que pasara por el intercomunicador y abrió la puerta de entrada. Al rato apareció el técnico. Era un muchacho de unos treinta años con una gorra en la cabeza que le daba un aire de adolescente. Estaba vestido con un overol azul con un escudito blanco bordado en un bolsillo. Impecable, pensó ella. Siempre le había conmovido la pulcritud en los hombres. El técnico pidió permiso antes de entrar. La mujer lo dejó pasar con amabilidad y le indicó la dirección de la sala, donde estaba el televisor más grande.

–Disculpe la molestia, señora. ¿Le podría pedir un vasito de agua? –dijo el muchacho antes de comenzar su tarea.

–Pero si no es ninguna molestia. Ya le traigo.

La mujer fue hasta la cocina y sirvió un vaso de agua mineral. El calor lo debe estar matando, pensó, pobre hombre. Le sirvió el vaso al técnico y se quedó mirando cómo trabajaba. El hombre apoyó su caja de herramientas en la moqueta de la sala y encendió el televisor. Sacó un sobre con destornilladores. Encendió el televisor y pasó los canales con el control remoto. Se detuvo en el canal cuatro. Se veía una imagen en blanco y negro bastante borrosa. El técnico desplegó el menú de la sintonía fina y ajustó la imagen. Comprobó que los demás canales no se hubieran desajustado en el proceso. Volvió a poner el canal cuatro. Le explicó a la mujer cómo funcionaba el sistema de vigilancia. Ella siguió pensando que era un poco morboso todo eso, aunque tenía su costado divertido: uno podía entretenerse viendo a la gente pasar por la puerta de entrada del edificio.

–¿Tiene animalitos, señora? –dijo el técnico, que metió la mano debajo de la mesita del televisor y le entregó un juguete de plástico lleno de arañazos.

La mujer tomó el juguete y lo apretó contra su pecho. Acompañó al técnico al dormitorio, en donde estaba el otro aparato, y luego regresó al balcón a acabar su desayuno.

La mujer se sentó, contempló los veleros en el río e intentó adivinar cuál sería el de su marido. Él había salido muy temprano a la mañana, con su remerita de los sábados. “don’t worry, be japi” estaba inscrito en la remera, y abajo aparecía la sonrisa de smile y una marca de preservativos. De dónde la habría sacado, se preguntaba ella, de alguna promoción en algún albergue transitorio acaso. Qué asco le daba. Por qué le hacía esto en la cara. Por qué le decía que se iba a navegar solo, si ella sabía perfectamente, como le habían comunicado sus amigas hacía un tiempo, que salía a navegar todos los sábados con su secretaria. Había sido la última en enterarse, como en las telenovelas. Lo peor es que desde hacía un tiempo él sabía que ella sabía, y la hacía sufrir sin siquiera tener que decirle la verdad. Ella no entendía por qué no la dejaba y le daba el divorcio de una vez. Su marido le había preguntado hacía un tiempo qué ganaba pidiéndole el divorcio, si sola no tenía cómo vivir. Era tan cruel que hasta le había dado a entender que no se separaba por pena.

Lo más triste es que no tenía con quién hablar de todo esto. A sus hijas, que estaban estudiando en la Capital, las llamaba una vez por semana. Las conversaciones eran algo maquinal. La mujer les preguntaba cómo estaban. Ellas le decían que para qué llamaba, que estaban bien, y que ya le iban a avisar si llegaban a necesitar algo. Nunca hablaban más de cinco minutos. Por otro lado, tampoco podía conversar con sus amigas. Eran unas culebras que disfrutaban con la desgracia ajena. Cómo decirles que se sentía vacía, vieja e infeliz y que quería divorciarse de su marido. Era lo que ellas más querían: verla sufrir. No podía darles ese gusto. Ni siquiera les había contado cuando tuvo que sacrificar a su gato, Alex, enfermo del hígado. Llevó el animalito hasta la veterinaria, le apretó fuerte la mano a la chica casi hasta clavarle las uñas y lloró un rato en silencio. Se secó la cara con un kleenex, se puso los anteojos oscuros y se fue del lugar en taxi, para que nadie la viera llorando por las calles. Nadie notó la ausencia de Alex. Ni su marido, ni sus amigas, nadie.

La mujer untó un poco de queso crema sobre una tostada y miró el horizonte enfundada en sus anteojos de sol. No había ni una nube en el cielo. Una brisa suave le agitó la blusa. El paisaje tampoco parecía escucharla. Se convenció de que ella se podía morir tranquilamente al día siguiente, que el mundo iba a seguir dando vueltas. Acabó la tostada y llevó la bandeja a la cocina. Al pasar de regreso por la sala se quedó mirando un rato la televisión. La cámara apuntaba directamente a los escalones de mármol de la entrada, que en la realidad eran amarillentos pero en la pantalla se veían de un color gris claro. De pronto vio la figura de su marido entrando en el edificio. Hoy volvió temprano, pensó ella. Deben transmitir algún partido de tenis.

Fue hasta la habitación y vio al técnico guardando sus herramientas. Escuchó a su marido entrar en el departamento y avanzar por el pasillo. Entonces se despeinó la cabeza con las dos manos y se desajustó un botón de la blusa. Se acercó al muchacho y lo abrazó por detrás. El overol estaba limpio y olía a suavizante.

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2 respuestas a Una mañana de sábado

  1. el futbolólogo dijo:

    Yo sabía que esta mina no era de confiar….

  2. Pato Ota dijo:

    Buenísimo! Cómo la gente se torturan unos a otros, y a si mismos. Si no es tu pareja, no te cases. Eso ya lo sabés de antemano.

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