La señora de González

Silvia se despertó sobresaltada. Tenía la cara empapada de sudor. Las persianas estaban bajas y casi no dejaban pasar la luz. Se incorporó en la cama y miró el piso. Sammy, el conejo, mordía sus sandalias sentado sobre el reloj despertador, que no había sonado. Quitó el animal de un empujón y puso de nuevo el reloj en su sitio. Eran las seis de la tarde y se había quedado dormida. Sus hijos debían estar esperándola en la puerta de la escuela hacía media hora. Se levantó. Revisó rápido una pila de ropa buscando algo para ponerse. Le vino el recuerdo de lo que acababa de soñar: su hermana, de chica, llevando una muñeca en un cochecito, y ella le pedía que la esperara. Empezó a calzarse un pantalón de jogging haciendo equilibrio para no caerse. De chicas jugaban a las mamás. Ella era madre de tres hijos. Su hermana de dos. La señora de González y la señora de Ramírez. Venían caminando con los cochecitos, cada una desde una punta diferente del patio de la casa, y hacían que se encontraban en la calle, o en el almacén. Hablaban de sus hijos, se daban consejos y luego se despedían. La señora de González y la señora de Ramírez se llevaban bien y no discutían. Estaban orgullosas de su maternidad. Silvia terminó de ponerse el pantalón. ¿Cuándo fue que todo me empezó a salir mal?, se preguntó.

El timbre del portero sonó dos veces. Fueron dos sonidos breves, apenas separados entre sí, que demostraban cierta impaciencia. Ella corrió a abrir, temiendo que quienquiera que fuera hubiera estado allí desde hacía tiempo.

Las puertas del ascensor se abrieron. Primero aparecieron Joaquín y Lorena, sus dos hijos, y, detrás de ellos, la maestra del jardín. El nene tenía los ojos húmedos y la cara enrojecida.

–Mil disculpas –le dijo Silvia a la maestra–. Se me hizo muy tarde. Estaba por llamar para ver si alguien los podía acompañar hasta acá.

Silvia se acomodaba una y otra vez el pelo detrás de la oreja. Intentaba compensar su falta con la aparente prisa de sus gestos.

–No encontraba el número, disculpame.

La pose de Silvia, apurada, ejecutiva, contrastaba con su ropa: un pantalón de jogging desteñido y estirado y sus sandalias mordidas. La maestra le soltó la mano a Joaquín, que dio unos pasos y se abrazó a la falda de Silvia.

–No es nada –dijo la maestra, la vista clavada en una mancha del jogging–. Pensé que a lo mejor te había pasado algo. Por suerte no nos cruzamos en el camino, ¿no? Vos por una vereda y yo por la otra. Hubiera sido de Los Tres Chiflados.

–Mil gracias, en serio.

Silvia despidió a la maestra y cerró las puertas del ascensor. Los chicos entraron en la casa en silencio. Llevaban sus mochilas enormes en la espalda y arrastraban los pies. Silvia los acompañó al baño y les lavó las manos. Qué hicieron hoy, les preguntó. Los niños no hablaban. Lorena contestó después de un rato, como una máquina que procesa la información con retardo. Se puso a hablar sin parar, hasta que llegó a la delación en la que caía a menudo:

–La señorita se enojó con Joaquín porque se portaba mal en la fila.

–Joaco –le reprochó Silvia y le puso las manos debajo del chorro de agua–. Siempre igual, che.

Le lavó las manos a Lorena.

Joaquín daba vueltas por el baño mientras esperaba que su madre le secara las manos con la toalla. Sacudía los brazos y echaba en el aire gotitas de agua.

–Mamá, ¿no que lo van a poner en un manicomio?

–Lore basta con eso, no lo asustes más –dijo Silvia, y miró a su hijo–. Quedáte quieto, querés.

El niño se detuvo delante del mueble de madera donde guardaban los champúes. Agarró un frasco con pastillas que había encima y lo sacudió como una maraca.

–No –gritó Silvia y le pegó en la cabeza–. Con eso no se juega.

Le quitó el frasco, lo guardó en un cajón y cerró el mueble de un portazo. Le secó las manos a su hijo a los tirones. El niño corrió al living. Silvia se miró un momento en el espejo. Tenía los ojos colorados. Se mojó la cara con agua fría y se hizo un masaje en los párpados.

Pasó por la sala camino a la cocina y vio a su hijo en el balcón, jugando con el conejo.

–Joaco –gritó Silvia. Corrió y cerró la ventana de un portazo.

–Acá no. Es la última vez que te lo digo. Lo voy a regalar, al conejo. Sentáte un rato a ver la tele con Lore.

Silvia levantó a Sammy por las orejas y lo llevó hasta la jaula de la cocina. El conejo sacudía las patas en el aire. La alarma del despertador la movió el conejo, se convenció. Se había tirado diez minutos porque se le partía la cabeza y al final había dormido dos horas. O a lo mejor habían sido las pastillas que le habían dado, que eran muy fuertes.

Sacó una bolsa de papas del mueble y comenzó a pelarlas. Vigilaba a los chicos a través de la arcada que unía la barra con el living. En la mesada iban cayendo cáscaras cortas y gruesas. Silvia vio el almanaque colgado en la pared. Levantó la hoja con la punta del cuchillo. Contó los días de dos en dos. En un par de semanas tenía que pagar la matrícula del colegio. Iba a tener que hablar con Oscar. Habían pasado seis meses desde la separación, pero parecían más. Él nunca levantaba el teléfono para preguntarle si le faltaba algo. Seguía sin hacerse cargo de la situación. Se habían visto por última vez para navidad, y por voluntad de ella, porque le dio pena. Al principio él le había dicho que iba a pasar las fiestas en San Luis, con su familia. Pero el veinticuatro de diciembre a la tarde la llamó. Cómo están los chicos, preguntó Oscar. Apenas le sintió el tono de voz, inseguro, supo que su familia no le había mandado el pasaje y que no iba a viajar a San Luis. Estaba solo en la pensión del Once. Se escuchaban los trenes de fondo. Se sintió feliz por un momento, al final había tenido que llamarla, y encima esperaba que lo invitara a cenar con ellos. La charla iba avanzando y ella no le decía nada, como si ésa fuera su venganza. Antes de pasarlo solo en la pensión, vení a cenar con los nenes, le dijo de pasada antes de colgar. Es el padre de tus hijos y no vas a tener cómo remediarlo, le recalcaba su hermana. Tratá de mantener una relación sana, le aconsejaba, y Silvia sabía que estaba repitiendo algo que le había escuchado decir a alguien, porque su hermana nunca en su vida hubiera puesto esas dos palabras juntas.

Aquel día de nochebuena Oscar había aparecido por la casa a las nueve de la noche. Se acababa de bañar, olía a desodorante y llevaba puesta una camisa a cuadros que Silvia no le había visto nunca. Ella supuso que había sido un regalo de la pendeja con la que salía. La camisa era horrible. Oscar llevaba en la mano un cubo enorme envuelto en papel madera. El regalo que me dejó Papá Noel para ustedes, chicos, saludó a sus hijos. Lo abrimos después de las doce, dijo y apoyó el paquete al lado del arbolito de navidad. Antes de acabar la cena Joaquín abrió el regalo: era una jaula, con un conejo dentro. Sabés que no quiero animales en la casa, le dijo ella al verlo, pero era demasiado tarde. El nene ya había sacado el conejo de la jaula. Lo tenía en la falda y le acariciaba el pelo. Oscar sonreía y ella no sabía si era por la felicidad del nene o por la amargura de ella.

Silvia tiró el cuchillo a la pileta. Agarró las cáscaras y las metió en el tacho de basura. Tenía los dedos manchados de sangre, se había cortado. Abrió la canilla y se lavó bajo el agua caliente.

–¿Por qué no me ayudan a poner la mesa así comemos? –dijo. Se enfundó la herida con papel de cocina y puso a hervir las papas.

–¡Ma! –gritó Lorena–. Hay que llevar la plata para la excursión de mañana. Y un juguito para la merienda.

Silvia cerró la canilla.

–¿Por qué siempre me avisan todo a última hora?

 

Cuando consiguió que los chicos se sentaran a cenar, el puré ya estaba frío. Silvia comía parada, de la olla. Joaquín agarró una de las salchichas con la mano y la mordió con las muelas. Su hermana lo miró con desconfianza.

–Tiene escondido a Sammy –lo señaló.

Joaquín miró a su madre con una sonrisa pícara. Se levantó la remera. El conejo se asomó, como un soldado que sale de la trinchera luego de un bombardeo. El animal miró a ambos lados, levantó el hocico y olió el aire.

–Lo metés en su jaula ya –dijo Silvia, la vista puesta en su hijo y en Sammy.

–No –gritó Joaquín, y luego bajó la voz–. Se va a portar bien.

Joaquín se acomodó el conejo en el regazo y le ofreció un pedazo de salchicha. El animal la husmeó, la fue mordiendo de a poco. Su hermana se reía.

–Pasámelo un ratito–pidió Lorena.

Su hermano se negó.

–Un ratito, dale.

Joaquín no le hizo caso.

–¿Sabés que cuando te lleven al manicomio me lo voy a quedar yo, nene? –dijo la niña–. Todo el tiempo.

Su hermano le tiró del pelo y se pusieron a pelear. El conejo salió corriendo.

–¡Basta, carajo! –gritó Silvia y los separó–. Ya me cansaron. A dormir.

Los agarró de un brazo a cada uno y los arrastró al cuarto.

–Me tienen harta. Siempre peleando. Vos Joaco vení para acá…

Silvia llenó medio vaso con agua, tiró dentro unas gotas color ámbar y agitó un poco el líquido. Joaquín se tomó la medicina y puso cara de asco.

–A dormir –ordenó.

Los niños no habían podido terminar la comida. Silvia sintió culpa. Levantó los platos, uno en cada mano, y se quedó así un rato. Pensó en llevárselos a la cama para que terminaran de comer. Al final se sentó y acabó los platos en la barra. Sonó el teléfono. Corrió a atender. Era su madre. Habían asaltado el kiosco de la esquina de su casa. La escuchó en silencio. Lorena apareció en el living. Mami, me pegó, dijo. Joaquín vino corriendo detrás. Empezó ella, dijo. Silvia le pidió a su madre que la llamara dentro de media hora. Se preguntó si todos los chicos serían iguales. No podía ser que los suyos se la pasaran peleando. La hiperactividad del nene la estaba volviendo loca. Hacía unos meses, cuando todavía convivían con el padre, la situación era aún peor. El psicólogo de la escuelita se lo había hecho notar en una reunión. La desestructuración del hogar le ha causado un trauma, le había dicho, y esto afecta directamente en su conducta. Vamos a ver si le trae problemas en el aprendizaje, continuó, y ella se había imaginado a Joaco con quince años, hablando lento, la saliva cayéndole de los labios.

Cerró los ojos. Creyó que se le partía la cabeza. No iba a poder con los chicos. Eran casi las diez de la noche y no tenía listo el almuerzo del día siguiente.

–Se pueden quedar viendo la tele, con la condición de que no se peleen.

Los niños se sentaron en el sofá. Ella le entregó el control remoto a su hija.

–Un rato a cada uno.

Fue a la cocina y se puso a freír milanesas. Al cabo de unos minutos las sacó de la sartén y las dejó sobre una fuente. Comenzó a lavar la pila de cacharros que se acumulaba en la pileta, el dedo envuelto en un capuchón de papel que se iba deshaciendo con el agua. Cada tanto caían gotitas de agua en la sartén caliente, haciendo chispear el aceite. Vio de nuevo el almanaque. La semana siguiente empezaba abril. Levantó el teléfono inalámbrico con las manos mojadas, marcó un número, y se apoyó el teléfono en el hombro. La línea sonó varias veces antes de que alguien contestara.

–Hola… –dijo una voz de mujer del otro lado.

Era la pendeja. Ahora le atendía el teléfono celular.

–¿Está Oscar?

Él tardó en ponerse en línea.

–¿Sí? –dijo.

–Desaparecés quince días así como así, no decís nada.

El agua de la canilla corría. Óscar hacía silencio.

–¿A qué jugás?

Silvia estaba con las manos en el aire, inmóviles. El papel del dedo estaba casi deshecho.

–Disculpáme, tuve una semana de locos.

–Y no podías llamar aunque sea un minuto –dijo–. ¿Te acordás que tenés dos hijos, no?

–Empecé a trabajar. Hoy es el primer franco en diez días.

Silvia le notó la voz más segura y más serena que otras veces.

–¿Cuánto te pagan?

–Ahora no mucho. Pero dicen que si sabés aguantar el ritmo enseguida te suben.

–Oscar, la semana que viene tengo que pagar la matrícula de los chicos en el jardín. La de uno, como mínimo. Ya te lo había dicho.

Silvia escuchó los quejidos de Lorena que venían del living. Metió las manos debajo del chorro de agua y enjuagó los platos.

–¿Cuándo me podés dejar la plata?

Del otro lado del teléfono, la voz gargarosa de Oscar pronunció un eh largo que pareció un eructo.

–Mirá, te llamo la semana que viene y te digo cuándo voy. Y de paso veo a los nenes.

Ella se volteó y miró a los chicos a través de la arcada.

­–Basta –gritó.

–¿Qué pasa?

–Tus hijos, que se están peleando. Oscar, quedemos en un día, por favor. Yo me tengo que organizar también.

Colocó los cubiertos en el escurridor, cerró la canilla y se secó las manos. El pulgar había dejado de sangrar y se había puesto rosa oscuro.

–Es que quedamos con Fabiana para ir a ver departamentos –dijo él–. Vamos a estar de arriba para abajo. Yo te llamo la semana que viene, mejor.

Silvia sintió que el estómago se le hacía una pelota. Dejó de hablar hasta que se despidieron y luego estrelló el teléfono contra la base. Miró por la arcada. El nene sujetaba al conejo de las orejas y su hermana de las patas, como en una cinchada. Fue al living. Le dio una bofetada a cada uno.

–¡Basta, mierda! Les dije que paren –los zamarreó con fuerza–. Un poco de paz, por favor. Me quieren volver loca.

Los nenes se acurrucaron.

–Unpocodepaz –repitió y se le cortó la voz.

Llevó a los nenes al cuarto. Los tiró sobre la cama de un empujón y cerró la puerta del cuarto. Se escuchaba el llanto de Joaquín llamando al papá.

Volvió al living. Preparó las mochilas y puso los equipos de cada uno en una silla. Les faltaba ropa a los dos, pero ahora no tenía dinero para comprarles nada. Ni siquiera sabía cómo iba a llegar a fin de mes.

Abrió la ventana de par en par. Entró una corriente de aire frío. Salió al balcón. Le temblaban las manos y se aferró a la baranda. ¿Cuándo fue que todo empezó a salir mal?, se preguntó. Miró hacia abajo. No había nadie en la calle. Miró a los costados, como buscando ayuda en los balcones vecinos. De pronto escuchó un ruido que venía del living y se giró. Vio a Sammy mordisqueando la zapatilla de su hijo. Entró en el departamento y el animal corrió a esconderse debajo del sillón. Silvia lo alcanzó de un manotazo, lo levantó del suelo y lo tiró por el balcón.

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2 respuestas a La señora de González

  1. tucho dijo:

    Bien x la señora, una boca menos ¡eso es economía!

  2. Pato Ota dijo:

    Hay veces que el chivo se convierte en conejo expiatorio.
    Saludos

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