Líneas ocupadas

Silvina se despide de la doctora. Está enojada pero no lo sabe expresar. El olor del centro de atención primaria la deprime. Sale a la calle. Enciende un cigarrillo. Mira la hora: si acá son las siete, en Uruguay debe ser mediodía. Se imagina a su padre almorzando en la cocina, con la radio a todo volumen. Se acuerda de cuando lo internaron. Me duele el brazo, decía, pero acababa de tener un ataque al corazón. Le viene la imagen del médico pelado hablándole directo a ella, explicándole con detalles la intervención que tenían que hacerle, como si su padre ya no formase parte del mundo de los sanos. Cuánta rabia le daba. Y después el padre en la casa, contándole chistes de médicos para despreocuparla. Papucho querido, murmura.

Abre el sobre de papel madera y repasa los resultados del análisis. Intenta recordar las palabras de la doctora: se da cuenta de que no ha retenido nada de lo que le dijo. Mañana le harán un cultivo urgente. Mira la receta, un trozo de papel amarillento con unos garabatos. De regreso a su casa entra en la farmacia. Extiende la receta a la empleada. La mujer de bata blanca mira el papel y asiente con la cabeza. Camina hacia el fondo del negocio. Busca en un cajón y regresa al mostrador. Le entrega el medicamento. Silvina lee el frente de la cajita, letras azules mayúsculas sobre un fondo blanco. Compara la receta y el remedio. No llega a ninguna conclusión. Paga. Siente que es una autómata cumpliendo órdenes en una secta. La mujer le entrega la compra en una bolsita.

Entra en la casa. Su compañera de piso está sentada en la sala mirando algo en la computadora. Silvina saluda con voz débil. No recibe respuesta. Está a punto de repetir el saludo cuando su compañera gira la cabeza y sonríe. Le pide disculpas. Le dice que está viendo pasajes para irse con su novio a Italia. Le explica que al final le han dado permiso en el trabajo, que van a pasar dos semanas juntos, y que está contenta. Habla en inglés, la lengua franca entre las dos. Habla fluido. Silvina la escucha con la bolsa de la farmacia en la mano. Es una bolsa blanca inconfundible, con una cruz verde en el centro. Sabe que la compañera va a ser incapaz de preguntarle si le pasa algo. No es mala, pero sencillamente no se preocupa por su vida. Lo único que le interesa es que le pague el alquiler todos los meses y punto. Silvina no ve la hora de mudarse a vivir sola, pero sabe que no va a poder mientras siga ganando lo que gana como administrativa.

Entra en su cuarto y se tira en la cama. Abre la caja del medicamento. Despliega el prospecto. Indicada para el tratamiento de candidiasis, lee. Recuerda la conversación con la doctora. No es grave, le dijo. Lo vamos a tratar con antimicóticos. Silvina siente un ardor en la vagina. Reprime un impulso de rascarse. La zona está irritada, dijo la doctora. Hay que reforzar la higiene. Se quita el pantalón de jean que lleva puesto. Se sienta en la cama. Se baja un momento la bombacha. Inspira por la nariz y mantiene el aire en los pulmones. Siente olor a algas. O se está sugestionando. Mira la zona con asco. Se imagina unos bichos peludos caminándole por la entrepierna. Silvina se pone un pantalón de jogging, como le recomendó la doctora. Siente que tiene que hablar con alguien.

Va hasta la sala. Piensa cómo decir en inglés lo que quiere decir. Le pide a su compañera si le deja revisar algo en internet. Es solo un momento. Oh, yes, le responde. Se para y le cede la silla. Silvina se sienta. Minimiza todas las ventanas abiertas y abre una nueva. Entra en el google y escribe candidiasis. Le transpiran las yemas de los dedos. 1.440.000 resultados encontrados para su búsqueda, dice el buscador. En 0,56 segundos. Silvina va entrando en cada uno de los resultados. Infección causada por el hongo Candida, lee. Síntomas molestos pero tolerables. Enrojecimiento y picor. Dolor al orinar. Flujo espeso y blanco. Probabilidades de expansión al intestino. Riesgo de volverse crónica ante la ausencia de tratamiento. Recomendaciones alimentarias. Recomendaciones de higiene. Recomendaciones de vestimenta. La compañera la mira por encima de la espalda en silencio. No le va a preguntar nada. Silvina cierra las ventanas que fue abriendo. Se levanta de la silla. Thank you, dice. La compañera le ofrece quedarse más tiempo. Por primera vez en mucho tiempo Silvina detecta en su mirada algo de preocupación.

Va hasta su habitación. Busca el teléfono de la compañera de oficina. Necesita que le cambie el turno al día siguiente para ir a hacerse el cultivo. Es el tercer favor que le pide en el mismo mes. No le va a creer. Sin embargo, habla con ella y le dice que no hay ningún problema. Silvina se siente un poco más tranquila. Se sienta en la cama. Mira el reloj: es una buena hora para llamar a Uruguay.

Abre el monedero y cuenta el dinero. Cuenta todo, billetes y monedas, hasta las de un céntimo. Diecisiete euros con treinta y dos centavos. Tiene dos papeles, uno de diez y uno de cinco. Este último está prácticamente partido al medio. Lo pega con cinta scotch. Celo, dice Silvina para sus adentros, y pronuncia la ce como una zeta. El día que pronuncie la ce como una zeta me mato. Agarra las llaves y sale a la calle.

Un grupo de gitanas catalanas del barrio cantan y hacen palmas. Una de ellas lleva puestas calzas negras y encima una pollera blanca con flecos dorados. Como las bailarinas de Sábados Tropicales, piensa Silvina, y se pregunta si en su país seguirán dando ese programa, y en cómo habrá cambiado todo en los ocho años que lleva fuera. Camina apurada. En el aire vuelan semillas de plátano. A lo mejor es esta mierda que me está dando alergia, piensa.

Entra al locutorio. Está todo lleno, tanto las computadoras como las cabinas. El dueño del negocio, un paquistaní con bigotitos, habla por teléfono celular. Hace tanto que no habla con su casa que se olvidó si el minuto sale diez o doce centavos. Silvina se para en frente de él y le pregunta cuánto está el minuto a Uruguay. El dueño se aparta el teléfono de la oreja. Ella repite la pregunta. El dueño responde. Ella saca cuentas. Con dos euros le alcanza para un buen rato. Pero tiene que estar atenta para no pasarse, que a este ritmo no va a poder ahorrar dinero nunca.

Las cabinas, en realidad, son compartimentos separados por una placa de madera muy fina. La puerta también es de madera, con una ventana de vidrio rectangular en el centro. Silvina entra en la única cabina libre. Cierra la puerta. Se sienta en la banqueta. El olor a transpiración la descompone. Abre la puerta y la deja entornada. Comprueba que el contador de minutos esté en cero. Marca el número de la casa de su padre. Escucha los tonos cada vez que pulsa el teclado del teléfono. Da ocupado. Cuelga y espera. Se pregunta con quién estará hablando. Piensa en la viuda del segundo, con los ruleros en la cabeza y el pañuelito en el cuello, hablándole a su padre de alguna gotera, del tiempo, o de bueyes perdidos. Cualquier cosa con tal de que alguien la escuche.

Mira a través del vidrio de la puerta: unos niños juegan en red. En sus monitores se ve el brazo de un soldado en primer plano, con una ametralladora, destrozando enemigos. Al lado de ellos, un muchacho, probablemente latinoamericano, habla por videoconferencia con una muchacha. Silvina piensa que no podría estar con alguien sin verlo seguido, sin tocarlo. Estas relaciones por internet son cualquier cosa, piensa.

Vuelve a llamar. Sigue ocupado. Cuelga. Le viene a la cabeza la imagen de su padre el día que se tiró a dormir con el cigarrillo en la mano. Casi incendia el colchón. Se acuerda del humo en la habitación, y del olor a quemado que duró varios días.

En la cabina de enfrente, un muchacho negro habla en voz bien alta, a borbotones. Se interrumpe un momento y luego vuelve a gritar. En una cabina contigua una mujer pone voz de niña y pregunta si la extrañan. No, boluda, te está metiendo los cuernos con otra, piensa Silvina. Le pica la vagina. Saca el análisis del sobre. Lo lee otra vez. Linfocitos: 47,2%. Valor normal: 20-40%. Neutrófilos segmentados: 40,3%. Valor normal: 45-70%. Si se enferma en serio la van a echar del trabajo. Con lo que le costó que le hicieran un contrato. Se rasca la vagina hasta que comienza a arderle. Se abanica la cara con el análisis.

A los pocos minutos vuelve a marcar. Esta vez no da ocupado. El teléfono suena una vez. Se escucha lejano y con eco. Silvina se aclara la garganta. Suena por segunda vez. Se echa aire en la cara. A la tercera vez, salta el contestador. Se escucha una música de fondo y la voz gargarosa de su padre pidiendo que deje su mensaje luego de la señal. Cuelga y mira el relojito: le ha registrado la llamada.

La puta que lo parió –golpea con el puño el estante que sostiene el teléfono–. Encima me cobra.

Silvina mira la hora. Tiene que volver a la casa y poner a lavar toda la ropa antes de que se haga más de noche. El cuerpo no le responde. Tendría ganas de teletransportarse a Uruguay. Quisiera estar en la cocina de la casa de su padre, y que él le estuviera cocinando unas milanesas. Y que de repente le tocaran el timbre y que la pasaran a saludar sus amigas, para convencerla de que no es nada lo que tiene, y de que pronto va a estar mejor. Pero su padre ya no cocina, y todas sus amigas están casadas y con hijos, y ya no hacen visitas sorpresa.

Sale de la cabina. Siente que le pican los brazos y las piernas. Dirige una mirada rápida al mostrador donde está el dueño. El paquistaní sigue hablando por teléfono. Ella mira hacia abajo y camina hacia la puerta. El hombre se quita el teléfono de la oreja y la llama. Le muestra un ticket. Silvina camina hasta el mostrador. Mira el papel. Dice que no habló. El señor señala el número marcado que aparece en el recibo. Silvina insiste en que no pudo hablar, que atendió una máquina. El dueño señala un cartel plastificado en el mostrador: “Las llamadas atendidas por contestador se deberán pagar”.

Silvina abre su monedero. Revuelve las monedas y los billetes plegados. Le da los cinco euros restaurados con cinta scotch. El dueño sostiene el celular entre el hombro y la oreja. Pasa la yema de los dedos por el corte. Analiza el billete a contraluz. Dirige una mirada furtiva al monedero. Carraspea.

–¿No tienes otro? –el hombre alza la vista. Tiene los ojos negros como la noche. No parpadea. Se escuchan los tiros de las metrallas de los niños que juegan en red.

–No, no tengo nada –dice ella.

Se miran fijo. A ver quién aguanta la mirada más tiempo.

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3 respuestas a Líneas ocupadas

  1. Claudio dijo:

    Muy bueno Patito !! Como van las cosas por allá? Te mando un abrazo enorme !!!!

  2. Rodolfo DIAZ MOLINA dijo:

    Querido PATO siempre un gusto percibirte cerca y peleando lo tuyo. Un fuerte abrazo y lo mejor para vos y tus afectos. Rodolfo

    ________________________________

  3. el futbolólogo dijo:

    Dicen que el hombre bajó la mirada y le agarró la plata

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