Días de caridad

El último sábado de noviembre, justo antes de los exámenes, ninguno de los tres hermanos a los que les daba clases de apoyo apareció por la salita. No era la primera vez que me dejaban plantado, pero ahora era diferente: si a Angelito le volvía a ir mal iba a abandonar el colegio. Repasé los apuntes que me había preparado. Para el comienzo, incluso, les había traído música de Bach. Me paré y recorrí la sala, un cuarto de tres por dos con las paredes pintadas de esmalte verde en la parte inferior y de blanco arriba. En el medio había una mesa rectangular negra, inmensa e incómoda, que los primeros meses había sido como mi ring. Miré los dibujos de los chicos pegados en la pared. Me detuve delante de la casa que había pintarrajeado Diego la semana anterior y recordé la noche que los había conocido, seis meses atrás. Yo me había unido a un grupo de la parroquia que una vez por semana salía por el barrio con bolsas de sándwiches y termos de mate cocido para la gente de la calle. Ves esa casa, me dijo el cura aquella noche y señaló un portón de chapa. A lo mejor vos los podés ayudar. Golpeó las manos. Aparecieron dos perros ladrando como condenados. Unos gatos caminaban por la cornisa. De pronto sentí una mano que me tocaba a través del portón. Un nenito colgado de los caños me miraba a través del agujero de la chapa y se reía, la boca manchada como de chocolate. Apareció una mujer y nos dijo que pasáramos.

El lugar era un baldío. La familia vivía en una cabaña de paredes irregulares. Se veían los ladrillos y el cemento de las juntas, como si la obra estuviera sin terminar. Del otro lado había un depósito de chapa del que salía un ruido a agua. Se escuchó un estornudo y luego un escupitajo. Parecía ser un hombre. Yo no podía creer que ahí dentro viviera alguien. El resto del terreno eran pastizales y chatarra. Había lavadoras, neumáticos usados, heladeras sin puerta y, en el fondo, el armazón oxidado de un auto. El cura entró en la cabaña con parte del grupo. Yo entré último. Me pareció que éramos demasiados y que lo nuestro era una invasión.

La casa olía a humo, a barro y a pis. Un único tubo de luz iluminaba el ambiente. No había paredes divisorias salvo las del baño. La mujer puso a calentar una olla. La cocina era un armatoste de hierro que funcionaba a leña. Tenía dos aberturas circulares por las que salían cada tanto lenguas de fuego que teñían de negro todo lo que ponían encima. Al costado había un repasador chamuscado. La mujer nos ofreció sopa, se sentó y nos presentó a los chicos. Jesica era la más grande, tenía doce años. Cuando la mujer dijo su nombre, ella se puso colorada. Le seguían Miguel Ángel, de diez, Diego, de cinco, y un bebé de apenas dos meses. Pensé en darles un beso, pero sentí que ellos no tenían ganas de besar a nadie. Los saludé nomás con un gesto. La mujer comía y nos contaba los problemas de sus hijos con la escuela. Hablaba pausado y con un acento raro. Imaginé que era correntina. Resultaba difícil seguirla. Cada tanto se interrumpía distraída por la televisión. Los nenes se reían, parados a medio metro del aparato. Nos contó que tenía dos hijos más grandes que vivían en Glew con el padre, que el hombre del depósito era su pareja, y que ella no sabía leer. Le ofrecí darle una mano con el colegio a los chicos. Aceptó con una sonrisa en la boca, y vi los espacios vacíos entre los dientes. Que no les pase como a mí, dijo. La mujer llamó a sus hijos. Acá el señor les va a enseñar a leer y escribir, dijo, así que pórtense bien y háganle caso. A leer y escribir, había dicho la mujer. Yo había pensado en darles a lo sumo un par de clases. Los chicos me miraron. Pensé en aclarar el malentendido pero me sentí un poco miserable.

Se hizo tarde, así que les servimos un poco de mate cocido, les dejamos algunos sándwiches y salimos en fila india con los carritos casi vacíos. Los perros vinieron corriendo desde el fondo. Empezaron a ladrar y nos detuvimos. El hombre salió del depósito, se desabrochó el cinturón y lo dobló en la mano como un rebenque. Salimos a la calle y cerramos fuerte el portón. Luego se oyó un latigazo y el quejido de los perros. Me di vuelta sobresaltado. El hombre se colocó el cinto y me miró. Yo seguí caminando.

Desde mayo hasta noviembre les di apoyo escolar a Jesica, Miguel Ángel y Diego, los sábados por la mañana, en la salita que había detrás de la parroquia. Los chicos eran revoltosos y a mí me costaba llamarles la atención. Diego no había empezado el jardín. Jesica decía que la directora había insistido en que fuera a una escuela especial. Nosotros no tenemos para eso, se quejaba. Me contó que de bebé su hermanito había tenido problemas de alimentación y que eso lo había afectado. El chico debía tener dislexia. Aparecía siempre con su mochilita de superhéroes con el cierre roto trabado en el medio. Adentro no llevaba nada, sólo un par de hojas sucias y un montón de lápices sin punta. Cuando hablaba casi no se le entendía lo que decía.

A Miguel Ángel, el del medio, lo bauticé Angelito. Era inquieto y rápido, pero muy vago. Todo había que pedírselo dos veces, y no hacía nada si no era a cambio de algo. Era hincha de Boca, se sabía el equipo de memoria. Hasta los suplentes. Ese año Boca salió campeón y lo festejamos. Se subió a mis hombros y quería que saliéramos a la calle a dar la vuelta olímpica. Pesaba bastante y me llamó la atención, porque en su casa vivían a sopa y fideos.

Jesica era la única con la que se podía hablar un poco. Me contó que ella y Angelito eran hermanos del mismo padre, que ya no vivía con ellos. Diego y David, en cambio, eran hijos de su mamá con el hombre que habíamos visto la primera noche. La nena estaba en sexto y casi no tenía problemas con el estudio. Había repetido una vez, pero por acumulación de faltas, no porque no estudiara. La mamá nos había contado que algunas chicas se burlaban de ella: a veces pasaba varios días sin bañarse y el pelo se le volvía una madeja. Parece que se peleaba con sus compañeras y no había cómo conseguir que fuera al colegio. No sé si era porque estaba yo delante, pero Jesica actuaba con sus hermanos como una mamá. Les daba órdenes y los tenía cortitos. En clase los hacía callar a cada rato, me acuerdo. Diego le hacía algo de caso pero Angelito ni la escuchaba. Ella se enfurecía y tenía que intervenir yo.

Las primeras clases fueron un desastre. Cada semana estaban diferentes. A veces parecía que les hubiera cambiado la cara, otras el cuerpo entero. Sentía que se borraban todos los códigos que habíamos ido construyendo. Así se iban los primeros minutos de cada clase, reconociéndonos de nuevo. Después pretendía que me escucharan mientras les leía El Principito o les dictaba cuentas. Los chicos se la pasaban berreando y yo tratando de serenarlos. Jesica les gritaba, pedía silencio y después me miraba calladita, como queriendo ayudar de alguna manera, pero no había caso. Yo no había dado clases nunca en mi vida y se notaba. Encima no siempre venían los tres: a veces dos o simplemente uno. Me desmotivaba. Durante los primeros meses, incluso, más de una vez me dejaron plantado sin avisar. Los esperaba media hora, cuarenta minutos. Volvía a casa muerto de sueño y queriendo mandar todo a la mierda. Al final me cansé y les dije que si me dejaban plantado una vez más no nos íbamos a volver a ver. ¿No vas a venir más?, me preguntó Angelito, y me agarró de la mano. Si ustedes vienen yo vengo, le dije. ¿No vas a venir más?, me volvió a decir. Le di un beso en la cabeza y lo abracé. Desde ese día no fallaron más.

Me alegró su cambio de actitud. Un día mientras dormía, haciendo un repaso mental de todas las maestras que había tenido en la primaria, me acordé de Irene, una de cuarto grado, que cada lunes nos hacía ejercicios de relajación antes de las clases de dibujo. Tenía que hacer algo así para que se calmaran. Se me ocurrió que los tenía que hacer escuchar música y dibujar, aunque no tuviera mucho que ver con los temas que veían en el colegio. Al menos un ratito, antes de empezar con los ejercicios. Entonces la clase siguiente me aparecí con el grabador y un CD de música clásica. Les dije que cerraran los ojos y le di play al aparato. Angelito me miraba con sus ojos negros. Cerrá los ojos, le dije, y él nada. Entonces empecé a subir y a bajar los brazos, como si fuera director de orquesta. Se quedó con la boca abierta. Al rato se rió y sus hermanos abrieron los ojos. Seguí con mi mímica mientras sonaba la música de Vivaldi. Los tres me miraban, hipnotizados. Hasta Dieguito se había quedado paralizado con el dedo en la nariz. Hacía dos meses que no conseguía que estuvieran más de cinco minutos sin gritar ni pegarse. Quise que se quedaran así para siempre. Angelito le tomó el gusto a lo del director de orquesta. Las siguientes veces que puse música, apenas sonaban los violines, él se paraba y empezaba a mover los brazos. Era un payaso. Los tres se reían, y yo también. Le tiraba de las orejas y lo mandaba a sentarse antes de que se perdiera todo el hechizo del ambiente. Después les pasaba lápices de colores y ellos dibujaban. Al final elegíamos al mejor dibujo: casi siempre ganaba Diego, con el acuerdo de sus hermanos. Cuando llegábamos a los ejercicios estaban más tranquilos.

Comenzó la primavera y decidí hacer una hora de clase adentro y otra afuera, en la placita de la avenida. Se pusieron locos de contentos pero al final no sé si fue tan buena idea: apenas si avanzábamos cuando salíamos. En vez de hacer cuentas o leer querían que los hamacara. Los dos varones me gritaban para que los empujara fuerte. Miguel Ángel sobre todo, era el más chillón. Abría los brazos y se soltaba de las cadenas. Angelito, agarrate que vas a salir volando, le decía. Él subía más alto los brazos y se reía. La gente sentada en el borde del arenero me miraba. En esta época empecé a notar que Jesica casi ni hablaba. Se hamacaba sola y me observaba de reojo mientras yo empujaba a sus hermanos. Cuando me iba a su hamaca ella miraba para adelante, haciéndose la que no había estado mirando. Tenía unos rasgos muy bonitos, aunque una mirada triste. ¿Es por el pelo?, le pregunté un día. Te acompaño a la peluquería, le dije. Se puso toda colorada, y yo hubiera querido que me tragara la Tierra. No, gracias, me dijo, me lo va a cortar mi mamá. Con la mano se acariciaba la trenza que llevaba.

Esos meses fuimos aprendiendo bastante, tanto ellos como yo. Diego, de la nada, empezó a distinguir algunas letras. Las miraba y las nombraba bien, al menos. Eso sí: cuando le pedía que las escribiera le salían para cualquier lado. Me desesperaba que terminara la letra al revés y que no notara que era diferente a la del libro. Con los dibujos andaba un poco mejor, por suerte. Angelito, a fuerza de darle ejercicios, empezó a entender las cuentas. Un día, incluso, vino todo contento y me mostró el cuaderno: la maestra le había puesto un felicitado. Se me colgó del cuello y no me soltaba. Haceme caballito, gritaba. Me lo prometiste, decía el mentiroso. Jesica me pedía que le trajera libros de historias. Cada mes me pedía uno nuevo. Pensé que no los leía, que sólo miraba las figuritas, pero no: se sabía de memoria las peripecias de Gulliver y de Robinson Crusoe. Me preguntaba detalles que yo ni me acordaba. ¿No hay libros en los que aparezcan chicas?, me preguntó un día. Y la pobre tenía razón, casi no aparecían mujeres en los libros que le había pasado. Al final le conseguí algunas novelas románticas que seguro le iban a gustar más.

El tiempo pasó volando y llegó fin de año. El anteúltimo sábado de noviembre revisé el cuaderno de Angelito, lleno de notas de la maestra. Me enteré que en dos semanas le tomaban las pruebas de fin de curso. Le di unos cuantos ejercicios para la semana siguiente. Le prometí hamacarlo media hora seguida a él solo si me los traía todos hechos. Pero al otro sábado estaba yo solo en la salita. Pasaba el tiempo y no aparecía ninguno. Después de recorrer con la vista los dibujos de la pared me senté y agarré un lápiz verde. Hice cuatro hombres palito. Uno más alto que el resto, yo. Los hombres palito se daban la mano y sonreían. Lo pegué en la pared junto a los demás. Vi de nuevo la casa que había hecho Diego y pensé que podía haber pasado algo. Me imaginé el fuego arcaico de la cocina quemando un repasador, después una cortina, y después toda la casa. Había pasado una hora y decidí ir hasta allá. Crucé la avenida. La plaza estaba llena de nenes. Vi las hamacas y recordé la promesa que le había hecho a Angelito de hamacarlo solo.

Llegué agitado. No se veía humo y eso me tranquilizó, aunque esta tranquilidad no me iba a durar mucho. Golpeé el portón. Oí los perros. Nadie me atendió. Hacía un calor tremendo. Pasaron unos minutos y volví a golpear. De pronto sentí una mano y alguien que se reía a través de la reja. Era Diego. ¿Cómo estás?, lo saludé. El hombre gordo salió del depósito y le gritó a Diego que saliera de la reja. Luego me abrió. ¿Está Miguel Ángel?, le pregunté. Me miró un rato con los dientes apretados. ¿Qué querés?, me dijo. Pensé en contarle lo de las pruebas de fin de año pero desistí. El problema era conmigo. ¿Te creés que soy boludo?, continuó. La panza del hombre subía y bajaba, jadeante, debajo de la camiseta. Me contó que la estuviste tocando. Tosió y escupió a mi lado. ¿Sabés en la que te estás metiendo, no? Arqueaba las cejas canosas. Te puedo hundir, me dijo. Yo lo miraba petrificado. No aparezcas más por acá. Me cambié de mano el cuaderno. Uno de los lápices cayó en el barro. Diego se reía, y su risa me pareció grotesca. Un gatito negro salió disparado del depósito. Miré al pasar y distinguí una mirada en la oscuridad; eran los ojos de una chica. Pensé en levantar el lápiz, pero no valía la pena. Di media vuelta y caminé hacia la calle.

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Líneas ocupadas

Silvina se despide de la doctora. Está enojada pero no lo sabe expresar. El olor del centro de atención primaria la deprime. Sale a la calle. Enciende un cigarrillo. Mira la hora: si acá son las siete, en Uruguay debe ser mediodía. Se imagina a su padre almorzando en la cocina, con la radio a todo volumen. Se acuerda de cuando lo internaron. Me duele el brazo, decía, pero acababa de tener un ataque al corazón. Le viene la imagen del médico pelado hablándole directo a ella, explicándole con detalles la intervención que tenían que hacerle, como si su padre ya no formase parte del mundo de los sanos. Cuánta rabia le daba. Y después el padre en la casa, contándole chistes de médicos para despreocuparla. Papucho querido, murmura.

Abre el sobre de papel madera y repasa los resultados del análisis. Intenta recordar las palabras de la doctora: se da cuenta de que no ha retenido nada de lo que le dijo. Mañana le harán un cultivo urgente. Mira la receta, un trozo de papel amarillento con unos garabatos. De regreso a su casa entra en la farmacia. Extiende la receta a la empleada. La mujer de bata blanca mira el papel y asiente con la cabeza. Camina hacia el fondo del negocio. Busca en un cajón y regresa al mostrador. Le entrega el medicamento. Silvina lee el frente de la cajita, letras azules mayúsculas sobre un fondo blanco. Compara la receta y el remedio. No llega a ninguna conclusión. Paga. Siente que es una autómata cumpliendo órdenes en una secta. La mujer le entrega la compra en una bolsita.

Entra en la casa. Su compañera de piso está sentada en la sala mirando algo en la computadora. Silvina saluda con voz débil. No recibe respuesta. Está a punto de repetir el saludo cuando su compañera gira la cabeza y sonríe. Le pide disculpas. Le dice que está viendo pasajes para irse con su novio a Italia. Le explica que al final le han dado permiso en el trabajo, que van a pasar dos semanas juntos, y que está contenta. Habla en inglés, la lengua franca entre las dos. Habla fluido. Silvina la escucha con la bolsa de la farmacia en la mano. Es una bolsa blanca inconfundible, con una cruz verde en el centro. Sabe que la compañera va a ser incapaz de preguntarle si le pasa algo. No es mala, pero sencillamente no se preocupa por su vida. Lo único que le interesa es que le pague el alquiler todos los meses y punto. Silvina no ve la hora de mudarse a vivir sola, pero sabe que no va a poder mientras siga ganando lo que gana como administrativa.

Entra en su cuarto y se tira en la cama. Abre la caja del medicamento. Despliega el prospecto. Indicada para el tratamiento de candidiasis, lee. Recuerda la conversación con la doctora. No es grave, le dijo. Lo vamos a tratar con antimicóticos. Silvina siente un ardor en la vagina. Reprime un impulso de rascarse. La zona está irritada, dijo la doctora. Hay que reforzar la higiene. Se quita el pantalón de jean que lleva puesto. Se sienta en la cama. Se baja un momento la bombacha. Inspira por la nariz y mantiene el aire en los pulmones. Siente olor a algas. O se está sugestionando. Mira la zona con asco. Se imagina unos bichos peludos caminándole por la entrepierna. Silvina se pone un pantalón de jogging, como le recomendó la doctora. Siente que tiene que hablar con alguien.

Va hasta la sala. Piensa cómo decir en inglés lo que quiere decir. Le pide a su compañera si le deja revisar algo en internet. Es solo un momento. Oh, yes, le responde. Se para y le cede la silla. Silvina se sienta. Minimiza todas las ventanas abiertas y abre una nueva. Entra en el google y escribe candidiasis. Le transpiran las yemas de los dedos. 1.440.000 resultados encontrados para su búsqueda, dice el buscador. En 0,56 segundos. Silvina va entrando en cada uno de los resultados. Infección causada por el hongo Candida, lee. Síntomas molestos pero tolerables. Enrojecimiento y picor. Dolor al orinar. Flujo espeso y blanco. Probabilidades de expansión al intestino. Riesgo de volverse crónica ante la ausencia de tratamiento. Recomendaciones alimentarias. Recomendaciones de higiene. Recomendaciones de vestimenta. La compañera la mira por encima de la espalda en silencio. No le va a preguntar nada. Silvina cierra las ventanas que fue abriendo. Se levanta de la silla. Thank you, dice. La compañera le ofrece quedarse más tiempo. Por primera vez en mucho tiempo Silvina detecta en su mirada algo de preocupación.

Va hasta su habitación. Busca el teléfono de la compañera de oficina. Necesita que le cambie el turno al día siguiente para ir a hacerse el cultivo. Es el tercer favor que le pide en el mismo mes. No le va a creer. Sin embargo, habla con ella y le dice que no hay ningún problema. Silvina se siente un poco más tranquila. Se sienta en la cama. Mira el reloj: es una buena hora para llamar a Uruguay.

Abre el monedero y cuenta el dinero. Cuenta todo, billetes y monedas, hasta las de un céntimo. Diecisiete euros con treinta y dos centavos. Tiene dos papeles, uno de diez y uno de cinco. Este último está prácticamente partido al medio. Lo pega con cinta scotch. Celo, dice Silvina para sus adentros, y pronuncia la ce como una zeta. El día que pronuncie la ce como una zeta me mato. Agarra las llaves y sale a la calle.

Un grupo de gitanas catalanas del barrio cantan y hacen palmas. Una de ellas lleva puestas calzas negras y encima una pollera blanca con flecos dorados. Como las bailarinas de Sábados Tropicales, piensa Silvina, y se pregunta si en su país seguirán dando ese programa, y en cómo habrá cambiado todo en los ocho años que lleva fuera. Camina apurada. En el aire vuelan semillas de plátano. A lo mejor es esta mierda que me está dando alergia, piensa.

Entra al locutorio. Está todo lleno, tanto las computadoras como las cabinas. El dueño del negocio, un paquistaní con bigotitos, habla por teléfono celular. Hace tanto que no habla con su casa que se olvidó si el minuto sale diez o doce centavos. Silvina se para en frente de él y le pregunta cuánto está el minuto a Uruguay. El dueño se aparta el teléfono de la oreja. Ella repite la pregunta. El dueño responde. Ella saca cuentas. Con dos euros le alcanza para un buen rato. Pero tiene que estar atenta para no pasarse, que a este ritmo no va a poder ahorrar dinero nunca.

Las cabinas, en realidad, son compartimentos separados por una placa de madera muy fina. La puerta también es de madera, con una ventana de vidrio rectangular en el centro. Silvina entra en la única cabina libre. Cierra la puerta. Se sienta en la banqueta. El olor a transpiración la descompone. Abre la puerta y la deja entornada. Comprueba que el contador de minutos esté en cero. Marca el número de la casa de su padre. Escucha los tonos cada vez que pulsa el teclado del teléfono. Da ocupado. Cuelga y espera. Se pregunta con quién estará hablando. Piensa en la viuda del segundo, con los ruleros en la cabeza y el pañuelito en el cuello, hablándole a su padre de alguna gotera, del tiempo, o de bueyes perdidos. Cualquier cosa con tal de que alguien la escuche.

Mira a través del vidrio de la puerta: unos niños juegan en red. En sus monitores se ve el brazo de un soldado en primer plano, con una ametralladora, destrozando enemigos. Al lado de ellos, un muchacho, probablemente latinoamericano, habla por videoconferencia con una muchacha. Silvina piensa que no podría estar con alguien sin verlo seguido, sin tocarlo. Estas relaciones por internet son cualquier cosa, piensa.

Vuelve a llamar. Sigue ocupado. Cuelga. Le viene a la cabeza la imagen de su padre el día que se tiró a dormir con el cigarrillo en la mano. Casi incendia el colchón. Se acuerda del humo en la habitación, y del olor a quemado que duró varios días.

En la cabina de enfrente, un muchacho negro habla en voz bien alta, a borbotones. Se interrumpe un momento y luego vuelve a gritar. En una cabina contigua una mujer pone voz de niña y pregunta si la extrañan. No, boluda, te está metiendo los cuernos con otra, piensa Silvina. Le pica la vagina. Saca el análisis del sobre. Lo lee otra vez. Linfocitos: 47,2%. Valor normal: 20-40%. Neutrófilos segmentados: 40,3%. Valor normal: 45-70%. Si se enferma en serio la van a echar del trabajo. Con lo que le costó que le hicieran un contrato. Se rasca la vagina hasta que comienza a arderle. Se abanica la cara con el análisis.

A los pocos minutos vuelve a marcar. Esta vez no da ocupado. El teléfono suena una vez. Se escucha lejano y con eco. Silvina se aclara la garganta. Suena por segunda vez. Se echa aire en la cara. A la tercera vez, salta el contestador. Se escucha una música de fondo y la voz gargarosa de su padre pidiendo que deje su mensaje luego de la señal. Cuelga y mira el relojito: le ha registrado la llamada.

La puta que lo parió –golpea con el puño el estante que sostiene el teléfono–. Encima me cobra.

Silvina mira la hora. Tiene que volver a la casa y poner a lavar toda la ropa antes de que se haga más de noche. El cuerpo no le responde. Tendría ganas de teletransportarse a Uruguay. Quisiera estar en la cocina de la casa de su padre, y que él le estuviera cocinando unas milanesas. Y que de repente le tocaran el timbre y que la pasaran a saludar sus amigas, para convencerla de que no es nada lo que tiene, y de que pronto va a estar mejor. Pero su padre ya no cocina, y todas sus amigas están casadas y con hijos, y ya no hacen visitas sorpresa.

Sale de la cabina. Siente que le pican los brazos y las piernas. Dirige una mirada rápida al mostrador donde está el dueño. El paquistaní sigue hablando por teléfono. Ella mira hacia abajo y camina hacia la puerta. El hombre se quita el teléfono de la oreja y la llama. Le muestra un ticket. Silvina camina hasta el mostrador. Mira el papel. Dice que no habló. El señor señala el número marcado que aparece en el recibo. Silvina insiste en que no pudo hablar, que atendió una máquina. El dueño señala un cartel plastificado en el mostrador: “Las llamadas atendidas por contestador se deberán pagar”.

Silvina abre su monedero. Revuelve las monedas y los billetes plegados. Le da los cinco euros restaurados con cinta scotch. El dueño sostiene el celular entre el hombro y la oreja. Pasa la yema de los dedos por el corte. Analiza el billete a contraluz. Dirige una mirada furtiva al monedero. Carraspea.

–¿No tienes otro? –el hombre alza la vista. Tiene los ojos negros como la noche. No parpadea. Se escuchan los tiros de las metrallas de los niños que juegan en red.

–No, no tengo nada –dice ella.

Se miran fijo. A ver quién aguanta la mirada más tiempo.

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La señora de González

Silvia se despertó sobresaltada. Tenía la cara empapada de sudor. Las persianas estaban bajas y casi no dejaban pasar la luz. Se incorporó en la cama y miró el piso. Sammy, el conejo, mordía sus sandalias sentado sobre el reloj despertador, que no había sonado. Quitó el animal de un empujón y puso de nuevo el reloj en su sitio. Eran las seis de la tarde y se había quedado dormida. Sus hijos debían estar esperándola en la puerta de la escuela hacía media hora. Se levantó. Revisó rápido una pila de ropa buscando algo para ponerse. Le vino el recuerdo de lo que acababa de soñar: su hermana, de chica, llevando una muñeca en un cochecito, y ella le pedía que la esperara. Empezó a calzarse un pantalón de jogging haciendo equilibrio para no caerse. De chicas jugaban a las mamás. Ella era madre de tres hijos. Su hermana de dos. La señora de González y la señora de Ramírez. Venían caminando con los cochecitos, cada una desde una punta diferente del patio de la casa, y hacían que se encontraban en la calle, o en el almacén. Hablaban de sus hijos, se daban consejos y luego se despedían. La señora de González y la señora de Ramírez se llevaban bien y no discutían. Estaban orgullosas de su maternidad. Silvia terminó de ponerse el pantalón. ¿Cuándo fue que todo me empezó a salir mal?, se preguntó.

El timbre del portero sonó dos veces. Fueron dos sonidos breves, apenas separados entre sí, que demostraban cierta impaciencia. Ella corrió a abrir, temiendo que quienquiera que fuera hubiera estado allí desde hacía tiempo.

Las puertas del ascensor se abrieron. Primero aparecieron Joaquín y Lorena, sus dos hijos, y, detrás de ellos, la maestra del jardín. El nene tenía los ojos húmedos y la cara enrojecida.

–Mil disculpas –le dijo Silvia a la maestra–. Se me hizo muy tarde. Estaba por llamar para ver si alguien los podía acompañar hasta acá.

Silvia se acomodaba una y otra vez el pelo detrás de la oreja. Intentaba compensar su falta con la aparente prisa de sus gestos.

–No encontraba el número, disculpame.

La pose de Silvia, apurada, ejecutiva, contrastaba con su ropa: un pantalón de jogging desteñido y estirado y sus sandalias mordidas. La maestra le soltó la mano a Joaquín, que dio unos pasos y se abrazó a la falda de Silvia.

–No es nada –dijo la maestra, la vista clavada en una mancha del jogging–. Pensé que a lo mejor te había pasado algo. Por suerte no nos cruzamos en el camino, ¿no? Vos por una vereda y yo por la otra. Hubiera sido de Los Tres Chiflados.

–Mil gracias, en serio.

Silvia despidió a la maestra y cerró las puertas del ascensor. Los chicos entraron en la casa en silencio. Llevaban sus mochilas enormes en la espalda y arrastraban los pies. Silvia los acompañó al baño y les lavó las manos. Qué hicieron hoy, les preguntó. Los niños no hablaban. Lorena contestó después de un rato, como una máquina que procesa la información con retardo. Se puso a hablar sin parar, hasta que llegó a la delación en la que caía a menudo:

–La señorita se enojó con Joaquín porque se portaba mal en la fila.

–Joaco –le reprochó Silvia y le puso las manos debajo del chorro de agua–. Siempre igual, che.

Le lavó las manos a Lorena.

Joaquín daba vueltas por el baño mientras esperaba que su madre le secara las manos con la toalla. Sacudía los brazos y echaba en el aire gotitas de agua.

–Mamá, ¿no que lo van a poner en un manicomio?

–Lore basta con eso, no lo asustes más –dijo Silvia, y miró a su hijo–. Quedáte quieto, querés.

El niño se detuvo delante del mueble de madera donde guardaban los champúes. Agarró un frasco con pastillas que había encima y lo sacudió como una maraca.

–No –gritó Silvia y le pegó en la cabeza–. Con eso no se juega.

Le quitó el frasco, lo guardó en un cajón y cerró el mueble de un portazo. Le secó las manos a su hijo a los tirones. El niño corrió al living. Silvia se miró un momento en el espejo. Tenía los ojos colorados. Se mojó la cara con agua fría y se hizo un masaje en los párpados.

Pasó por la sala camino a la cocina y vio a su hijo en el balcón, jugando con el conejo.

–Joaco –gritó Silvia. Corrió y cerró la ventana de un portazo.

–Acá no. Es la última vez que te lo digo. Lo voy a regalar, al conejo. Sentáte un rato a ver la tele con Lore.

Silvia levantó a Sammy por las orejas y lo llevó hasta la jaula de la cocina. El conejo sacudía las patas en el aire. La alarma del despertador la movió el conejo, se convenció. Se había tirado diez minutos porque se le partía la cabeza y al final había dormido dos horas. O a lo mejor habían sido las pastillas que le habían dado, que eran muy fuertes.

Sacó una bolsa de papas del mueble y comenzó a pelarlas. Vigilaba a los chicos a través de la arcada que unía la barra con el living. En la mesada iban cayendo cáscaras cortas y gruesas. Silvia vio el almanaque colgado en la pared. Levantó la hoja con la punta del cuchillo. Contó los días de dos en dos. En un par de semanas tenía que pagar la matrícula del colegio. Iba a tener que hablar con Oscar. Habían pasado seis meses desde la separación, pero parecían más. Él nunca levantaba el teléfono para preguntarle si le faltaba algo. Seguía sin hacerse cargo de la situación. Se habían visto por última vez para navidad, y por voluntad de ella, porque le dio pena. Al principio él le había dicho que iba a pasar las fiestas en San Luis, con su familia. Pero el veinticuatro de diciembre a la tarde la llamó. Cómo están los chicos, preguntó Oscar. Apenas le sintió el tono de voz, inseguro, supo que su familia no le había mandado el pasaje y que no iba a viajar a San Luis. Estaba solo en la pensión del Once. Se escuchaban los trenes de fondo. Se sintió feliz por un momento, al final había tenido que llamarla, y encima esperaba que lo invitara a cenar con ellos. La charla iba avanzando y ella no le decía nada, como si ésa fuera su venganza. Antes de pasarlo solo en la pensión, vení a cenar con los nenes, le dijo de pasada antes de colgar. Es el padre de tus hijos y no vas a tener cómo remediarlo, le recalcaba su hermana. Tratá de mantener una relación sana, le aconsejaba, y Silvia sabía que estaba repitiendo algo que le había escuchado decir a alguien, porque su hermana nunca en su vida hubiera puesto esas dos palabras juntas.

Aquel día de nochebuena Oscar había aparecido por la casa a las nueve de la noche. Se acababa de bañar, olía a desodorante y llevaba puesta una camisa a cuadros que Silvia no le había visto nunca. Ella supuso que había sido un regalo de la pendeja con la que salía. La camisa era horrible. Oscar llevaba en la mano un cubo enorme envuelto en papel madera. El regalo que me dejó Papá Noel para ustedes, chicos, saludó a sus hijos. Lo abrimos después de las doce, dijo y apoyó el paquete al lado del arbolito de navidad. Antes de acabar la cena Joaquín abrió el regalo: era una jaula, con un conejo dentro. Sabés que no quiero animales en la casa, le dijo ella al verlo, pero era demasiado tarde. El nene ya había sacado el conejo de la jaula. Lo tenía en la falda y le acariciaba el pelo. Oscar sonreía y ella no sabía si era por la felicidad del nene o por la amargura de ella.

Silvia tiró el cuchillo a la pileta. Agarró las cáscaras y las metió en el tacho de basura. Tenía los dedos manchados de sangre, se había cortado. Abrió la canilla y se lavó bajo el agua caliente.

–¿Por qué no me ayudan a poner la mesa así comemos? –dijo. Se enfundó la herida con papel de cocina y puso a hervir las papas.

–¡Ma! –gritó Lorena–. Hay que llevar la plata para la excursión de mañana. Y un juguito para la merienda.

Silvia cerró la canilla.

–¿Por qué siempre me avisan todo a última hora?

 

Cuando consiguió que los chicos se sentaran a cenar, el puré ya estaba frío. Silvia comía parada, de la olla. Joaquín agarró una de las salchichas con la mano y la mordió con las muelas. Su hermana lo miró con desconfianza.

–Tiene escondido a Sammy –lo señaló.

Joaquín miró a su madre con una sonrisa pícara. Se levantó la remera. El conejo se asomó, como un soldado que sale de la trinchera luego de un bombardeo. El animal miró a ambos lados, levantó el hocico y olió el aire.

–Lo metés en su jaula ya –dijo Silvia, la vista puesta en su hijo y en Sammy.

–No –gritó Joaquín, y luego bajó la voz–. Se va a portar bien.

Joaquín se acomodó el conejo en el regazo y le ofreció un pedazo de salchicha. El animal la husmeó, la fue mordiendo de a poco. Su hermana se reía.

–Pasámelo un ratito–pidió Lorena.

Su hermano se negó.

–Un ratito, dale.

Joaquín no le hizo caso.

–¿Sabés que cuando te lleven al manicomio me lo voy a quedar yo, nene? –dijo la niña–. Todo el tiempo.

Su hermano le tiró del pelo y se pusieron a pelear. El conejo salió corriendo.

–¡Basta, carajo! –gritó Silvia y los separó–. Ya me cansaron. A dormir.

Los agarró de un brazo a cada uno y los arrastró al cuarto.

–Me tienen harta. Siempre peleando. Vos Joaco vení para acá…

Silvia llenó medio vaso con agua, tiró dentro unas gotas color ámbar y agitó un poco el líquido. Joaquín se tomó la medicina y puso cara de asco.

–A dormir –ordenó.

Los niños no habían podido terminar la comida. Silvia sintió culpa. Levantó los platos, uno en cada mano, y se quedó así un rato. Pensó en llevárselos a la cama para que terminaran de comer. Al final se sentó y acabó los platos en la barra. Sonó el teléfono. Corrió a atender. Era su madre. Habían asaltado el kiosco de la esquina de su casa. La escuchó en silencio. Lorena apareció en el living. Mami, me pegó, dijo. Joaquín vino corriendo detrás. Empezó ella, dijo. Silvia le pidió a su madre que la llamara dentro de media hora. Se preguntó si todos los chicos serían iguales. No podía ser que los suyos se la pasaran peleando. La hiperactividad del nene la estaba volviendo loca. Hacía unos meses, cuando todavía convivían con el padre, la situación era aún peor. El psicólogo de la escuelita se lo había hecho notar en una reunión. La desestructuración del hogar le ha causado un trauma, le había dicho, y esto afecta directamente en su conducta. Vamos a ver si le trae problemas en el aprendizaje, continuó, y ella se había imaginado a Joaco con quince años, hablando lento, la saliva cayéndole de los labios.

Cerró los ojos. Creyó que se le partía la cabeza. No iba a poder con los chicos. Eran casi las diez de la noche y no tenía listo el almuerzo del día siguiente.

–Se pueden quedar viendo la tele, con la condición de que no se peleen.

Los niños se sentaron en el sofá. Ella le entregó el control remoto a su hija.

–Un rato a cada uno.

Fue a la cocina y se puso a freír milanesas. Al cabo de unos minutos las sacó de la sartén y las dejó sobre una fuente. Comenzó a lavar la pila de cacharros que se acumulaba en la pileta, el dedo envuelto en un capuchón de papel que se iba deshaciendo con el agua. Cada tanto caían gotitas de agua en la sartén caliente, haciendo chispear el aceite. Vio de nuevo el almanaque. La semana siguiente empezaba abril. Levantó el teléfono inalámbrico con las manos mojadas, marcó un número, y se apoyó el teléfono en el hombro. La línea sonó varias veces antes de que alguien contestara.

–Hola… –dijo una voz de mujer del otro lado.

Era la pendeja. Ahora le atendía el teléfono celular.

–¿Está Oscar?

Él tardó en ponerse en línea.

–¿Sí? –dijo.

–Desaparecés quince días así como así, no decís nada.

El agua de la canilla corría. Óscar hacía silencio.

–¿A qué jugás?

Silvia estaba con las manos en el aire, inmóviles. El papel del dedo estaba casi deshecho.

–Disculpáme, tuve una semana de locos.

–Y no podías llamar aunque sea un minuto –dijo–. ¿Te acordás que tenés dos hijos, no?

–Empecé a trabajar. Hoy es el primer franco en diez días.

Silvia le notó la voz más segura y más serena que otras veces.

–¿Cuánto te pagan?

–Ahora no mucho. Pero dicen que si sabés aguantar el ritmo enseguida te suben.

–Oscar, la semana que viene tengo que pagar la matrícula de los chicos en el jardín. La de uno, como mínimo. Ya te lo había dicho.

Silvia escuchó los quejidos de Lorena que venían del living. Metió las manos debajo del chorro de agua y enjuagó los platos.

–¿Cuándo me podés dejar la plata?

Del otro lado del teléfono, la voz gargarosa de Oscar pronunció un eh largo que pareció un eructo.

–Mirá, te llamo la semana que viene y te digo cuándo voy. Y de paso veo a los nenes.

Ella se volteó y miró a los chicos a través de la arcada.

­–Basta –gritó.

–¿Qué pasa?

–Tus hijos, que se están peleando. Oscar, quedemos en un día, por favor. Yo me tengo que organizar también.

Colocó los cubiertos en el escurridor, cerró la canilla y se secó las manos. El pulgar había dejado de sangrar y se había puesto rosa oscuro.

–Es que quedamos con Fabiana para ir a ver departamentos –dijo él–. Vamos a estar de arriba para abajo. Yo te llamo la semana que viene, mejor.

Silvia sintió que el estómago se le hacía una pelota. Dejó de hablar hasta que se despidieron y luego estrelló el teléfono contra la base. Miró por la arcada. El nene sujetaba al conejo de las orejas y su hermana de las patas, como en una cinchada. Fue al living. Le dio una bofetada a cada uno.

–¡Basta, mierda! Les dije que paren –los zamarreó con fuerza–. Un poco de paz, por favor. Me quieren volver loca.

Los nenes se acurrucaron.

–Unpocodepaz –repitió y se le cortó la voz.

Llevó a los nenes al cuarto. Los tiró sobre la cama de un empujón y cerró la puerta del cuarto. Se escuchaba el llanto de Joaquín llamando al papá.

Volvió al living. Preparó las mochilas y puso los equipos de cada uno en una silla. Les faltaba ropa a los dos, pero ahora no tenía dinero para comprarles nada. Ni siquiera sabía cómo iba a llegar a fin de mes.

Abrió la ventana de par en par. Entró una corriente de aire frío. Salió al balcón. Le temblaban las manos y se aferró a la baranda. ¿Cuándo fue que todo empezó a salir mal?, se preguntó. Miró hacia abajo. No había nadie en la calle. Miró a los costados, como buscando ayuda en los balcones vecinos. De pronto escuchó un ruido que venía del living y se giró. Vio a Sammy mordisqueando la zapatilla de su hijo. Entró en el departamento y el animal corrió a esconderse debajo del sillón. Silvia lo alcanzó de un manotazo, lo levantó del suelo y lo tiró por el balcón.

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Una mañana de sábado

La mujer miró el almanaque y confirmó que aquel día, sábado 26, venían a instalar el circuito cerrado de la cámara de vigilancia. Colocó la tetera en una bandeja y salió al balcón a tomar su brunch. El departamento nuevo estaba muy bien. La ubicación era ideal. No era su barrio de toda la vida, pero la vista que tenían ahora sobre el río no tenía precio. Tampoco habían tenido que hacer reformas importantes antes de mudarse. Eso sí, el mal trago que habían pasado en la vieja casa con el local vecino no lo iban a olvidar de un día para el otro.

La mujer sabía que cuando se volviera a juntar con sus amigas a jugar al bridge iba a salir el tema. Alguna de ellas sacaría la conversación de la nada, haciéndose la desentendida, pero estaría bien al tanto de que habían perdido el juicio y se habían tenido que mudar. A la mujer no le importaba. No se iba a avergonzar delante de ninguna de ellas, que tampoco eran sus amigas de verdad. De todas maneras, no podía dejar de ver la mudanza como una derrota. Que un juez tuviera que mudarse por haber perdido un juicio imposible de perder no dejaba de ser vergonzoso. Aquel juicio se hubiera ganado con un poco de agallas, pensaba ella, cosa que su marido nunca había tenido ni tendría. Como si el tener garra fuera una cosa de gente de clase inferior a la suya. Cómo le voy a pedir a los peritos que vengan otro día, le había dicho su marido, es un papelón. Son peritos judiciales, no sabés el trabajo que tienen. Serían muy peritos, pensaba ella, pero los imbéciles habían venido a hacer las mediciones de sonido un día miércoles. En la casa casi no se escuchaba el ruido: el local parecía un velorio. El sábado tendrían que haber venido, cuando la disco se llenaba de gente y cientos de chicos y chicas se quedaban hablando a los gritos hasta las seis de la mañana. Al final las mediciones dieron muy bajo. El juez de la causa consideró que no había pruebas suficientes para cerrar el local. Y su marido, otra vez, se había quedado mudo. Soy un magistrado, no puedo presionar a un colega, había dicho él. Y aunque lo hiciera, si él es un buen juez, no va a aceptarlas. Vamos a tener que mudarnos. Así nomás se lo dijo. Veinte años en aquella casa borrados de un plumazo, por no haber sabido buscar una prueba. Ella llegó a pensar que su marido lo había hecho a propósito, para terminar de destruir el matrimonio.

De todas formas, pensaba la mujer, no estaba tan mal hacer un cambio en su vida llegando a los cincuenta. En el nuevo edificio todo era muy moderno. De hecho, nadie había vivido en ese departamento antes de que ellos se mudaran. Todas las instalaciones flamantes: las luces, las paredes, los baños. El sistema de cámaras de vigilancia, incluso. No había nada de eso en su vieja casa. Y ahora, dentro de un rato, vendría un técnico a configurar el televisor para ver la puerta de entrada del edificio. Era un poco exagerado, pero a ella le gustaba el punto de modernidad que suponía. Sus amigas no tenían sistema de vigilancia.

La mujer disolvió un terrón azúcar negro en el té con leche. Pensó en su matrimonio, y en que nunca había llegado a ser lo que se dice feliz. Tal vez durante los primeros años de novios. Sólo eso. Después se habían casado y al año había llegado la primera hija. Dos años más tarde, cuando la relación estaba a punto de hundirse, ella se había vuelto a quedar embarazada. En aquel momento, tal vez, había capitulado en su intento por esperar algo del amor. La maternidad le había hecho abandonar el magisterio, y en adelante nunca se había planteado retomar los estudios. Se convirtió con resignación en una ama de casa, palabra que siempre había detestado, más viniendo ella de una familia liberal, que tanto le había inculcado que siguiera una carrera. Ahora tenía casi cincuenta años. Estaba casada con un hombre que no la quería, con dos hijas que veía muy esporádicamente, sin una carrera, aburrida de la vida. Tal vez las cosas hubieran sido un poco diferentes si hubiera estudiado algo, aunque sea una carrera corta que le diera alguna herramienta para valerse por sí misma. Quizás debería haber retomado el magisterio, pensaba ella. Seguro que él la hubiera respetado más.

La mujer tenía su taza de té por la mitad cuando sonó el timbre del portero. Fue hasta la cocina y preguntó quién era. Había llegado el instalador del sistema de vigilancia. La mujer le dijo que pasara por el intercomunicador y abrió la puerta de entrada. Al rato apareció el técnico. Era un muchacho de unos treinta años con una gorra en la cabeza que le daba un aire de adolescente. Estaba vestido con un overol azul con un escudito blanco bordado en un bolsillo. Impecable, pensó ella. Siempre le había conmovido la pulcritud en los hombres. El técnico pidió permiso antes de entrar. La mujer lo dejó pasar con amabilidad y le indicó la dirección de la sala, donde estaba el televisor más grande.

–Disculpe la molestia, señora. ¿Le podría pedir un vasito de agua? –dijo el muchacho antes de comenzar su tarea.

–Pero si no es ninguna molestia. Ya le traigo.

La mujer fue hasta la cocina y sirvió un vaso de agua mineral. El calor lo debe estar matando, pensó, pobre hombre. Le sirvió el vaso al técnico y se quedó mirando cómo trabajaba. El hombre apoyó su caja de herramientas en la moqueta de la sala y encendió el televisor. Sacó un sobre con destornilladores. Encendió el televisor y pasó los canales con el control remoto. Se detuvo en el canal cuatro. Se veía una imagen en blanco y negro bastante borrosa. El técnico desplegó el menú de la sintonía fina y ajustó la imagen. Comprobó que los demás canales no se hubieran desajustado en el proceso. Volvió a poner el canal cuatro. Le explicó a la mujer cómo funcionaba el sistema de vigilancia. Ella siguió pensando que era un poco morboso todo eso, aunque tenía su costado divertido: uno podía entretenerse viendo a la gente pasar por la puerta de entrada del edificio.

–¿Tiene animalitos, señora? –dijo el técnico, que metió la mano debajo de la mesita del televisor y le entregó un juguete de plástico lleno de arañazos.

La mujer tomó el juguete y lo apretó contra su pecho. Acompañó al técnico al dormitorio, en donde estaba el otro aparato, y luego regresó al balcón a acabar su desayuno.

La mujer se sentó, contempló los veleros en el río e intentó adivinar cuál sería el de su marido. Él había salido muy temprano a la mañana, con su remerita de los sábados. “don’t worry, be japi” estaba inscrito en la remera, y abajo aparecía la sonrisa de smile y una marca de preservativos. De dónde la habría sacado, se preguntaba ella, de alguna promoción en algún albergue transitorio acaso. Qué asco le daba. Por qué le hacía esto en la cara. Por qué le decía que se iba a navegar solo, si ella sabía perfectamente, como le habían comunicado sus amigas hacía un tiempo, que salía a navegar todos los sábados con su secretaria. Había sido la última en enterarse, como en las telenovelas. Lo peor es que desde hacía un tiempo él sabía que ella sabía, y la hacía sufrir sin siquiera tener que decirle la verdad. Ella no entendía por qué no la dejaba y le daba el divorcio de una vez. Su marido le había preguntado hacía un tiempo qué ganaba pidiéndole el divorcio, si sola no tenía cómo vivir. Era tan cruel que hasta le había dado a entender que no se separaba por pena.

Lo más triste es que no tenía con quién hablar de todo esto. A sus hijas, que estaban estudiando en la Capital, las llamaba una vez por semana. Las conversaciones eran algo maquinal. La mujer les preguntaba cómo estaban. Ellas le decían que para qué llamaba, que estaban bien, y que ya le iban a avisar si llegaban a necesitar algo. Nunca hablaban más de cinco minutos. Por otro lado, tampoco podía conversar con sus amigas. Eran unas culebras que disfrutaban con la desgracia ajena. Cómo decirles que se sentía vacía, vieja e infeliz y que quería divorciarse de su marido. Era lo que ellas más querían: verla sufrir. No podía darles ese gusto. Ni siquiera les había contado cuando tuvo que sacrificar a su gato, Alex, enfermo del hígado. Llevó el animalito hasta la veterinaria, le apretó fuerte la mano a la chica casi hasta clavarle las uñas y lloró un rato en silencio. Se secó la cara con un kleenex, se puso los anteojos oscuros y se fue del lugar en taxi, para que nadie la viera llorando por las calles. Nadie notó la ausencia de Alex. Ni su marido, ni sus amigas, nadie.

La mujer untó un poco de queso crema sobre una tostada y miró el horizonte enfundada en sus anteojos de sol. No había ni una nube en el cielo. Una brisa suave le agitó la blusa. El paisaje tampoco parecía escucharla. Se convenció de que ella se podía morir tranquilamente al día siguiente, que el mundo iba a seguir dando vueltas. Acabó la tostada y llevó la bandeja a la cocina. Al pasar de regreso por la sala se quedó mirando un rato la televisión. La cámara apuntaba directamente a los escalones de mármol de la entrada, que en la realidad eran amarillentos pero en la pantalla se veían de un color gris claro. De pronto vio la figura de su marido entrando en el edificio. Hoy volvió temprano, pensó ella. Deben transmitir algún partido de tenis.

Fue hasta la habitación y vio al técnico guardando sus herramientas. Escuchó a su marido entrar en el departamento y avanzar por el pasillo. Entonces se despeinó la cabeza con las dos manos y se desajustó un botón de la blusa. Se acercó al muchacho y lo abrazó por detrás. El overol estaba limpio y olía a suavizante.

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Arriba, en la montaña

La relación estaba a punto de romperse, por eso Jordi no entendió la insistencia de Sonia por hacer de aquel viaje a los Pirineos, como si fuera una luna de miel. Tomémonos unos días para desconectar, dijo ella. Necesitamos pasar un tiempo juntos y hablar. Jordi la miró sin abrir la boca. La imaginó charlando sin parar. Sonia enmudeció. Saltó del sofá. Abrió el cajón en donde guardaban los cuadernos de viaje. Desplegó el mapa de carreteras en el piso e hizo unos trazos en el aire. Serán unas cuatro horas de coche, dijo. Cinco como máximo.

Algo en este rapto de Sonia por viajar, un viaje que ya había empezado en sus gestos y movimientos, cautivó a Jordi. A él le gustaba mucho viajar. Tenía cuarenta y dos años, cinco más que ella, y era bajista en una banda de jazz. Sin embargo, tiempo atrás había enseñado biología en un instituto durante nueve años, hasta los treinta y tres. Un día, impulsado por un amigo, comenzó a tomar clases de bajo. El pasatiempo se convirtió en pasión. Empezó a tocar con un grupo en algunos bares de Barcelona hasta que se planteó el gran salto: dejar su plaza de profesor, dejar el instituto y a los adolescentes pesados, y dedicarse a lo que verdad le gustaba: la música. El cambio fue de un año para otro, y no fue el único en su vida: rompió con la pareja anterior y se fue de viaje catorce meses. A su regreso la conoció a ella.

Sonia era trabajadora social y era feliz. Salía a las tres de la tarde de su trabajo, almorzaba, y se zambullía en el curso que estuviera haciendo en aquel momento, practicaba sus canciones para el coro, visitaba amigas, o simplemente salía a comprarse ropa al centro. Aunque le sobraba el tiempo libre, parecía tener siempre entre manos algo importante e inaplazable. Jordi la había conocido hacía siete años. Al principio hubo varias interrupciones, pero al cabo de un tiempo se estabilizaron y se fueron a vivir juntos.

Las cosas anduvieron más o menos bien hasta el día que Sonia le dijo que se había acostado con un compañero del coro. Era algo que no significaba nada para ella, aclaró, pero entendía que pudiera molestarle. Se separaron, y al cabo de un mes Jordi decidió llamarla. Aunque no quiso reconocerlo, después de este hecho la relación cambió. Poco a poco las conversaciones se volvieron más cortas y más serias. Hacían el amor muy cada tanto. Jordi nunca había pensado que algún día podría perder las ganas de estar con Sonia. Por eso lo decepcionó la mengua del deseo, esas no ganas de verla ni de pasar horas enteras desnudos en la cama. Había perdido la ilusión de estar con ella, y aunque deseaba remediarlo, ignoraba cómo hacerlo.

Fue entonces que Sonia le propuso a Jordi subir a la montaña un fin de semana de tres días, a mediados de septiembre. En el parque trabajaba un amigo de ella, Ignasi. Había sido novio de ella en la juventud. Ahora vivía con su mujer, Martina, y habían tenido un bebé hacía unos meses. La excusa era conocer el parque nacional, descansar un poco, y visitar a esta pareja de amigos. Esta última parte de la propuesta la hizo Sonia al final, luego del primer sí de Jordi, que había comenzado a ver en las palabras de su pareja una invitación a la aventura. Al escuchar el nombre de Ignasi en boca de su compañera, Jordi arqueó las cejas.

–¿Esta es tu idea de pasar un fin de semana juntos? –dijo.

–¿De qué hablas?

–Sabes a qué me refiero.

–La verdad es que no te entiendo –Sonia se puso los brazos en jarra –. ¿El problema es Ignasi?

Jordi tenía la mirada puesta en algún punto indefinido del mapa.

–Por Dios, Ignasi es tan solo un amigo, si eso es lo que te preocupa –continuó ella–. Está casado, es padre… ¿A qué viene esta escena de celos, Jordi, por favor? ¿Cuándo vas a volver a confiar en mí?

Él hubiera querido responderle, pero habría sido una tontería.

–No los visitamos y punto, si eso es lo que quieres –bufó Sonia–. No los hemos visitado para el nacimiento del bebé, y me pareció que esa era una buena oportunidad para hacerlo. Pero no tenemos porqué verlos si no quieres.

Jordi pensó que a lo mejor estaba equivocándose. No tenía sentido ponerse así. Conocía a Ignasi, había venido a comer un par de veces a su casa con su pareja. Era una buena persona, y la relación con Sonia había sido muchos años atrás.

–No, está bien –dijo Jordi–. Vamos a visitarlos. Está bien.

Ella lo contempló en silencio, con un dejo de ira en la mirada.

–No tenemos ningún compromiso.

–No, está bien. Igual soy yo, que le estoy dando muchas vueltas. Asunto terminado –sentenció Jordi, como cada vez que quería acabar cualquier discusión. Necesitaba creer que esos tres días en la montaña le cambiarían la vida.

Aquel sábado por la mañana Jordi dio un último vistazo a la casa. Comprobó que no se olvidaban nada y cerró la puerta. Bajó las escaleras con su mochila y la de su pareja, que lo esperaba abajo dentro del automóvil. Guardó el equipaje en el baúl y arrancó el coche. Encendió un cigarrillo y bajó apenas la ventanilla. A su lado, Sonia mascaba un chicle y tarareaba la música de Neil Young que sonaba por los parlantes.

–¿Cuándo quieres regresar? –dijo él al cruzar el límite de Barcelona–. ¿El domingo a la tarde o el lunes por la mañana?

Le dio una calada al cigarrillo.

–¿Eh? –él buscó la mirada de Sonia en el espejo retrovisor.

–Acabamos de salir y ya piensas en volver –dijo ella –. Vaya que estás pesado, Jordi –se llevó dos chicles más a la boca. Masticó un rato, hizo un globo y sopló hasta estallarlo.

Jordi exhaló el humo en la rendija de la ventanilla.

–Pues muy bien. Cuando te apetezca regresar ya me avisas.

El sol empezaba su cuesta en el horizonte y el cielo iba perdiendo poco a poco su color azul intenso. Al costado de la carretera, en los campos marrones recién arados, se veían enormes cilindros de pasto seco embalados en polietileno negro. Son los porros que se tendría que fumar la Tierra para tranquilizarse un poco, pensó Jordi.

Al cabo de un rato ella bajó el volumen del estéreo y se quitó el chicle de la boca.

–Jordi –dijo.

Él levantó la vista hacia el espejo. La cara de ella encerraba un gesto dulce pero serio. Sonia se pegó el chicle en el revés de la mano.

–Estoy embarazada.

Jordi inspiró una cantidad inusitada de aire, como si sus pulmones no tuvieran límite. Concentró la mirada en las líneas de pintura de la ruta, dos rayas blancas sinuosas y continuas que se perdían a lo lejos entre dos montañas.

–De ocho semanas.

Jordi intentó buscar en su memoria qué había hecho dos meses atrás. Las arterias le latían en las sienes. Un peso le oprimía el pecho.

Ella le tocó el brazo: –Di algo, Jordi.

Él se estrujó la frente.

–¿Cómo pudo haber pasado? –dijo.

Sonia le quitó la mano del brazo. Jordi fijó la vista en la ruta y en el camión que estaba delante.

–Jordi, quiero tenerlo. Voy a tenerlo.

Ninguno de los dos volvió a hablar. En el horizonte empezaron a divisarse las cadenas montañosas. Cruzaron dos embalses, los dos con muy poca agua. Hacia el mediodía llegaron a un pueblo muy pequeño, atiborrado de edificios de ladrillo a la vista, una ciudad dormitorio para esquiadores. Estacionaron el auto en la puerta de entrada al parque, comieron unos sándwiches y comenzaron la cuesta hacia el refugio.

La zona inferior de la montaña estaba poblada de robles, abedules y avellanos. Sus copas moteadas de amarillo insinuaban el incipiente final del verano. A medida que ascendían solo se veían pinos y abetos, las únicas especies capaces de soportar el clima de la montaña durante el invierno. Cruzaron algunos ríos que traían, en su mayoría, agua de deshielo. Al cabo de tres horas se detuvieron para cargar las cantimploras en una fuente. Sonia sacó la cámara de la funda y comenzó a sacar algunas fotos.

–¿Estás segura de que quieres tenerlo? –preguntó él.

Sonia asintió con la cabeza y gatilló la cámara.

–¿Y por qué nunca me habías dicho que querías tener un hijo?

Ella apartó la vista del visor.

–Nunca me lo había planteado, Jordi. Pero ahora ha venido, siento que lo quiero. ¿Y tú?

–¿Puede cambiar algo lo que yo te diga?

–No lo sé –Sonia guardó la cámara–. Pero si quieres decir algo, dilo cuanto antes.

Dos horas más tarde llegaron al refugio. Había refrescado y quedaban tan solo unos restos de luz. Al verlos entrar, Ignasi salió detrás del mostrador de la cocina y les dio un abrazo. Era un hombre robusto de movimientos lentos. Ya estoy con ustedes, sonrió, y regresó a la cocina a terminar de preparar la cena. A su lado había una cuna y dentro un bebé durmiendo. Jordi se quitó la mochila de la espalda y se sentó a la mesa de troncos. Sonia se acercó al bebé y le acarició la cabeza.

–Duerme como un ángel. ¡Y con qué fuerza respira!

–Sí, este duerme todo el día –dijo Ignasi.

–¿Y Martina? –preguntó ella en voz baja.

–Se fue a dormir poco antes de que vosotros llegarais. Estaba cansada –Ignasi miró a Jordi. Estaba callado, sentado en el largo banco de madera, con las piernas cruzadas y la cabeza apoyada en el puño–. Como mañana tendremos que madrugar, quería estar fresca.

–¿A qué hora nos despertaremos? –dijo Sonia.

–Cuanto más pronto salgamos, más podremos aprovechar el día. Piensa que hasta el lago hay ocho kilómetros, la mitad en subida. Creo que las seis es una buena hora. Calculo que saldremos media hora más tarde, luego del desayuno.

–¡Vaya vacaciones! –Sonia negó con la cabeza.

–¿Jordi, pasa algo? –dijo Ignasi.

Jordi regresó como de un coma. Se quitó la mano de la cabeza.

–No, nada. Estoy un poco cansado. Eso es todo.

Cenaron lo que preparó Ignasi. Intercambiaron algunas palabras en voz baja, levantaron la mesa y decidieron irse a dormir.

Ignasi los condujo a través de una puerta pequeña con el bebé en brazos. En el cuarto había dos filas de camas, apenas levantadas del piso, y más allá una cuna. Les mostró la cama que tenían asignada. Martina dormía. Ignasi se despidió de ellos. Jordi y Sonia se metieron debajo de las frazadas. Sonia se durmió casi al instante. Jordi se quedó despierto. El frío le helaba los pies. Sentía ganas de ir al baño pero no pensaba moverse del sitio. En ese momento Jordi sintió el susurro de una voz de mujer, seguramente la de Martina, que se había desvelado.

–¿Han llegado?

–A las ocho –respondió Ignasi–. Ya duermen. Estaban muy cansados.

Martina e Ignasi siguieron hablando un rato en voz baja. Jordi oyó sus murmullos, y luego sus besos. Jordi sintió que hacían el amor muy suavemente. Recordó a su primera novia, y la vez que se acostó en casa de ella cuando estaban los padres de la chica. Recordó los besos en la oscuridad y los gritos ahogados. El pensamiento de Jordi fue saltando hasta detenerse en una sola preocupación: ¿cuándo y cómo había tenido sexo con Sonia dos meses atrás?

Al día siguiente se levantaron muy temprano. Martina los saludó con efusividad y les preguntó por sus vidas. Cuchichearon un rato y fueron pasando al baño. Desayunaron en la recepción, sentados a la mesa de troncos. Martina aprovechó para darle la teta al bebé. Ignasi sentó a su hijo en una silla mochila y se lo colocó en la espalda. Partieron antes de que saliera el sol.

El camino hacia el lago comenzó con una subida pronunciada. Los hombres tomaron la delantera. Luego de atravesar el segundo pico arribaron a un llano. El suelo estaba compuesto por rocas cubiertas de moho y una gramilla muy corta minada de bostas de vaca. Algunos copos de nieve dispersos se derretían al sol. Ignasi comentó que era un buen sitio para almorzar algo. Se desencajó la mochila y apoyó al niño en el suelo. Jordi se sentó. Esperaron que llegaran las mujeres, que venían bastante más atrás.

–¿Has dormido bien? –preguntó Ignasi.

Jordi asintió con la cabeza.

–Te noto serio…

Jordi se acarició el mentón.

–¿Es por lo del embarazo de Sonia, verdad?

Jordi se sintió vulnerado.

–¿Os lo ha comentado?

Ignasi asintió mientras jugaba con las manos del niño.

–No sé qué pasará –dijo Jordi con resignación–. En verdad lo sé, quiero decir, pero no sé qué decisión tomaré, ¿sabes? –tomó una piedra pequeña y la arrojó hacia la nada. Miró a Ignasi jugando con el bebé.

–Es lógico que estés así, hombre. Yo me sentí igual en su día. Con el tiempo verás todo más claro –dijo Ignasi–. ¿No te estás muriendo de hambre igual que yo? Más vale que empecemos.

Sonia y Martina aparecieron en el llano al cabo de un tiempo. Los hombres habían acabado los sándwiches y comían fruta.

–¿Qué pasa aquí? Apenas nos descuidamos y los hombres nos dejáis sin comida.

Luego de comer se quedaron un rato tendidos al sol. Martina amamantó al bebé un rato. Luego se lo echó en la panza y le hizo morisquetas. Sonia reposó la cabeza en el estómago de Jordi y le pidió que le rascara la cabeza. Media hora más tarde retomaron el camino hacia el lago, ahora en bajada.

Luego de andar unos dos kilómetros, pararon a tomar agua. Unas nubes blancas y poco densas taparon el sol por un momento. Se sintió una ráfaga de aire y Jordi perdió la gorra.

–Es el fogony –dijo Ignasi–. Cuando topa con las montañas el viento sube –señaló hacia arriba–. Entonces se enfría, precipita, y pierde humedad. Al cruzar la montaña sopla seco y cálido. ¿No es asombroso? La naturaleza es perfecta.

Sonia le pasó la cantimplora a Martina. Jordi contempló las nubes que cruzaban el cielo a gran velocidad. Una de ellas parecía el torso de una mujer. De pronto y sin forzar el recuerdo le vino una imagen clara: él y Sonia haciendo el amor, de pie, en la sala, un día de semana, hacía algo más de dos meses, un coito interrumpido por la llamada de un vendedor de telefonía móvil.

Jordi hizo visera y miró hacia abajo. En la ladera no había ningún resto de escarcha. El pasto parecía un extenso manto de terciopelo verde que se hundía levemente ante cada paso que daban. Debajo de todo, el lago, majestuoso y tranquilo, reflejaba la silueta de las montañas y del cielo. Jordi aceleró el paso.

–Jordi, esperémoslos –dijo Sonia, unos cuantos metros más atrás.

–No quiero perder el ritmo ahora –dijo Jordi al viento, sabiendo que a Sonia apenas le llegaría un residuo inaudible de aquellas palabras.

Jordi llegó a la base del cerro y se quitó la mochila. Miró a la ladera para ver dónde estaba el resto. Se sentó en el suelo y bebió el resto del agua de la cantimplora. Una manada de vacas color champán pastaban a la orilla del lago. Los animales sí que no se preocupaban tanto, pensó.

Sonia se acercó hasta él clavando en el suelo las ramas que usaba de bastones.

–Qué manía tienes con correr, Jordi –dijo.

Él se quitó la gorra y el pañuelo que llevaba al cuello. Se quitó el calzado.

–¿Qué haces? –dijo ella.

Ignasi y Martina llegaron finalmente al lago. Ignasi llevaba el bebé a sus espaldas. Jordi les dirigió una mirada displicente.

–¿Cómo estáis? –dijo Jordi. Se sacó la ropa.

–¿Vas a entrar al lago? –sonrió Ignasi–. Mira que está congelado.

Sonia se acercó a Jordi y le acarició el pelo.

–Jordi, ¿qué haces?

Jordi se quedó desnudo y enfiló hacia el agua. Ignasi, Martina y Sonia se quedaron hablando entre ellos. Jordi caminó por la costa buscando un terreno más o menos liso, pero en todas partes el fondo del lago estaba cubierto de piedras con musgo. Dio las primeras zancadas y sumergió la pierna izquierda hasta debajo de la rodilla. La superficie de la roca estaba resbalosa y parecía hundirse ante su peso. Examinó dónde colocar la pierna derecha. El suelo estaba lleno de musgo. Pensó en desandar sus pasos pero cambió de opinión. Avanzó la pierna rezagada hasta la misma roca en donde tenía la otra y se puso en cuclillas. Hundió su torso hasta el ombligo. Sintió un ramalazo de frío corriéndole por el cuerpo. Escuchó la voz de Sonia diciéndole que saliera, que se iba a congelar. El bebé de Ignasi rompió en un llanto. Jordi miró el fondo del lago: nubes deformes de agua borrosa ascendían desde la profundidad enturbiando esa pequeña parcela. El agua había perdido su cristalinidad, y con ella la sensación de calma eterna. Tenía la cabeza seca y le temblaban los hombros. Se quedó meditando en posición fetal. Tomó impulso y se lanzó hacia el centro del lago. Se zambulló por completo y sintió que entregaba su cuerpo al hielo.

Al rato se extendió como una tabla sobre la superficie del lago. Miró de reojo hacia la orilla. Sonia lo contemplaba con los brazos cruzados. Tiene miedo de que me pase algo, se convenció Jordi. Ignasi y Martina habían conseguido calmar al bebé y sonreían abrazados. Se escuchaban los cencerros del ganado al otro lado del lago. De repente, todo parecía haberse ordenado. Era como si hubiera tocado fondo y estuviera ahora saliendo a flote. Entendía que no podía estar peor, y que esta era la primera buena noticia. Los hechos eran los mismos, pero era como si los estuviera viendo desde otra perspectiva, una menos dramática. Jordi contempló una de las vacas dándole lengüeteadas a su becerro. Después de todo, no puede ser tan difícil cuidar un hijo, pensó.

Dio unas brazadas discontinuas y se dirigió hacia la orilla. Fue emergiendo del lago con gran seguridad. Avanzó desnudo por el terreno blando de la costa sonriéndole a Martina, que le tomaba una foto. Sonia se acercó con su camiseta, lo abrazó y comenzó a secarle el cuerpo con fuerza. Hizo un comentario sobre su pene, una oruga escondida detrás de un manto de bello púbico. Jordi temblaba y, al mismo tiempo, sentía un calor inexplicable, la sangre circulando por los vasos sanguíneos. Soplaba un viento seco. He aquí el fogony, pensó Jordi. Sonia le secaba las nalgas y eso le provocaba placer. Jordi creyó que era justo traer una persona al mundo.

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Paz interior

Abrió la puerta de su departamento. Olía a encierro. Había dejado todas las ventanas cerradas, por precaución. Se lo había recomendado el administrador. Encendió la luz de la sala y al hacerlo sintió un escalofrío recorriéndole la espalda: vio unas bolitas negras que parecían moras esparcidas por el suelo, como formando pequeños caminos. Bolitas en el piso de la cocina y en el pasillo que llevaba al cuarto. Bolitas negras pegajosas que parecían de plastilina. Señorita le pido que no se ponga nerviosa, le había dicho el administrador el día anterior, esto es caca de ratas. Con una salvedad: el día anterior las bolitas eran unas pocas y habían aparecido sólo en la cocina. Ahora, en cambio, estaban por todos lados. Laura caminó en puntas de pie hacia la habitación con la cartera y las llaves aún en la mano. La moqueta del cuarto estaba intacta. Abrió el armario, que había dejado entreabierto. No vio nada raro. Extrajo una caja de zapatos, la que estaba más abajo. Había caca de ratas. Laura sintió ganas de llorar y enseguida arcadas. Se puso la mano en la boca y corrió al baño. Abrió la canilla del lavabo. Se lavó las manos y se enjuagó la cara. Salió del departamento y corrió por el pasillo largo hasta la puerta de entrada a la casa.

En la calle el sol se ponía detrás de los edificios. El cielo se veía ligeramente amarillo. Se respiraba un aire tranquilo, como si todo en la ciudad se mantuviera al margen de su desgracia. Sonó el teléfono celular. Buscó el aparato en la cartera. Todavía le temblaban las manos. Atendió a la tercera llamada. Era su madre. Laura habló un minuto sin parar. Su madre la escuchó en silencio desde el otro lado de la línea.

–¿Vos cómo estás? –le dijo finalmente la madre.

–¿Cómo querés que esté? No comí nada en todo el día… Además, se me parte la cabeza –se quejó mientras buscaba algo en su cartera.

–Mirá que te lo dije Lauri, eh. El tipo de la inmobiliaria me parecía cualquier cosa. Pero vos con tal de llevarnos la contra, con tal de “independizarte” a toda costa…

–Mamá  –la interrumpió ella–.Tengo treinta años.

–Sí, y estás haciendo las taradeces que no hiciste a los veinte, María Laura, por favor.

Ni Lau ni Lauri. La madre le había dicho María Laura. De todos los apodos, quizás el más duro. Su nombre completo. El que utilizaban cuando la retaban de chiquita. Laura respiró hondo, dejando entrar el aire por la nariz, llenando los pulmones. Como en las clases de los jueves. Buscar la paz interior. La tranquilidad la generaba ella, y ahora estaba dentro de ella. Pensó en lo que hablaba con su analista. No tenía que contestar con una agresión. Tenía que pensar que estaba hablando con su madre, de adulto a adulto. Y con asertividad, con buenos modos, decirle que respetaba su opinión pero que ella pensaba de otra manera. Ella tenía las riendas de su vida.

–No sé, mamá. Yo lo veo de otra forma. No quiero discutir de eso ahora –dijo y sacó un cigarrillo del paquete.

–¿Dónde vas a dormir esta noche?

–En mi casa.

–¿Por qué no te venís acá? Te preparamos la cama si querés.

–Voy a quedarme acá.

–¿Lauri estás bien?

Laura dio una pitada larga. Exhaló el humo.

–Sí, genial –dijo–. Pensaba hacer una fiesta a la noche para celebrarlo. ¿Por qué no te venís con tu novio? –sonrió, como un asesino satisfecho con su crimen.

La madre tardó unos segundos en contestar.

–¿Y a qué viene eso? –la voz sonó seria–. ¿A qué viene?

Laura hizo un silencio.

–Me parece que esta vez te pasaste –dijo la madre. Y agregó:

–Es un maltrato que no nos merecemos. Ni yo, ni tu padre. Es… –se le quebró la voz. Luego continuó hablando, entrecortada por el llanto–. Es la última vez que te llamo. A partir de ahora te arreglás como puedas. Y no vengas a pedir nada, ¿me entendés? No quiero saber más nada de vos –dijo, y colgó.

Laura se dio cuenta de que se había pasado. No entendía por qué le había dicho eso, pero no se sentía del todo mal. Mamá está de novia. Eso había sido diez años atrás, pensó Laura sacando cuentas. No, más: doce. Ella empezaba la facultad. Sin embargo, parecía más reciente.

Los últimos rayos de sol brillaban sobre los adoquines de la calle. Dio una última pitada al cigarrillo y lo apagó. Tenía que dejar de fumar. Laura se preguntó por qué sólo a ella le pasarían todas esas cosas. Quién le había mandado alquilar ese lugar. Pero esta era su vida. Tenía que volver al departamento y enfrentar la situación. Buscó las llaves en la cartera. Sentía que necesitaba urgentemente un hombre. Un tipo con quien acostarse ya. Y después fumar tendida en la cama y hablar un rato. Sentirse segura. Pero no tengo suerte con los hombres. Uno peor que el otro. Pensó en sus amistades hombres. En el Polaco más precisamente. Le envió un mensaje por el teléfono: Polo venite pa ksa toy n problemas beso. El Polo es un poco colgado pero es un buen tipo, se convenció. Si leía el mensaje vendría.

Caminó por el pasillo largo. Las paredes, que en algún momento habían sido blancas, estaban recubiertas en varios tramos por una capa de moho negro. Le pareció interminable.

Entró al departamento. Abrió la puerta que comunicaba la cocina con el patio y dejó entrar un poco de aire. El hijo de puta de la inmobiliaria lo sabía, pensó Laura. Pero me arregla esto o dejo el departamento, se dijo. Que se lo meta en el culo. Respiró profundo y exhaló el aire de a poco. Se miró en un espejo. Vio su cara pálida. Tenía ojeras y se le marcaba la papada por debajo de la mandíbula. Lo del cuello había sido en estos últimos meses. Antes no había tenido el cuello así de gordo. Se le retorció el estómago. Tenía que comer, pero primero tenía que limpiar.

Fue hasta la cocina. Se colocó unos guantes de goma. Barrió el excremento con cuidado de no aplastarlo contra las baldosas. Luego llenó un balde de agua y vertió dentro un buen chorro de limpiador de pisos. Pasó un trapo por el suelo, lo enjuagó y lo pasó una segunda vez. Fue a la habitación y tiró la caja de zapatos sucia. Sacó la basura al patio. Se quitó los guantes y encendió la televisión para ver las noticias.

Sonó el teléfono celular. El Polo, pensó Laura. Hola Lauri, dijo la voz, cómo estás. Era su madre. Le dijo que se había olvidado de contarle que la tía Hilda se iba a festejar las bodas de platino haciendo un crucero por el caribe, pero que iban a ir ellos dos solos, sin los primos, y que así da gusto vivir. La madre siguió hablando. Laura se apoyó el teléfono en el hombro, lo sujetó con la oreja y abrió la heladera. Agarró unos pickles, mayonesa, algo envuelto en papel, una cuña de queso y una botella de coca cola. Chau mamá, sí, me cuido, voy a comer bien, no te preocupes, estoy bien, chau.

Se quitó los zapatos y se sentó en el sofá delante de la televisión. Desenvolvió el paquete de papel. Despegó con los dedos una feta de jamón crudo. Se la metió en la boca. Sintió la sal en el paladar. El jamón estaba tierno, casi no tenía grasa. Cortó un trozo de queso de la cuña, un queso picante. Lo comió acompañado de una feta de jamón. El Polaco no llamaba. Quizás lo mejor sería llamarlo de una vez y decirle que esta noche necesitaba que se quedara con ella, pensó Laura. Untó los pickles en mayonesa y se los comió. Se sirvió coca cola en un vaso largo. Estos vasos fueron una buena adquisición, entra casi medio litro. Tomó un buen trago y eructó casi al instante. Se levantó, fue hasta la heladera y sacó un recipiente con seis empanadas de jamón y queso. Las calentó en el microondas.

Cuando empezó el último bloque del noticiero Laura estaba de nuevo en el sofá, sentada con el plato de empanadas sobre las piernas. El periodista dio el pronóstico del clima, querida audiencia, mañana tendremos lluvia, y se despidió con un buenas noches y una sonrisa. Laura se puso a pensar en lo feo que era el periodista. Tenía las orejas muy salidas. Además, tenía la cara con pozos de viruela y, sobre todo, tenía mirada de perverso. Se preguntó si ese tipo con esa cara tan fea podía estar con alguien. La televisión genera la fama, la fama el dinero, y el dinero todo lo demás. Laura pensó que el Polaco en el fondo era un colgado. Ella le estaba mandando un mensaje diciéndole que lo necesitaba y él no contestaba. ¿Qué era lo que estaba haciendo que no le podía ni siquiera contestar? Aunque fuera para decirle que no, pero que contestara. El Polaco sólo piensa en él, en sus anteojitos y en su peinadito de modelo, pensó Laura. En el fondo es un egocéntrico y un imbécil. Es que no hay uno que se salve. Llamó a Mariana, una compañera del trabajo. Le atendió el contestador. Dejó un mensaje pidiéndole que la llamara.

En la televisión comenzó la serie de las nueve. Ella había acabado con las empanadas. Sacó una lasaña del congelador, la puso a calentar diez minutos y bajó un paquete de papas fritas de la alacena. Se sirvió un vaso de coca cola hasta arriba. Abrió el paquete de papas y se las fue llevando una a una a la boca. Papas fritas estilo campesino, con sabor a finas hierbas. Como las que compraba su madre.

Aquella noche, la de la confesión, la madre había venido vestida toda rara, como de fiesta. Un vestido que Laura nunca le había visto. Olía a perfume y tenía los labios pintados. Se veía ridícula, recordó Laura. De la nada había soltado: mamá está de novia. La madre parecía atontada, como drogada. Gesticulaba mucho al hablar. Mamá está de novia duró dos semanas, porque el novio de mamá nunca más le contestó las llamadas, por expresa orden de su mujer. El novio de mamá y su mujer al final se divorciaron. Fue lo más sano, pensó Laura. Aunque lo que no se entiende fue para qué tantos celos de la mina si al final le iba a pedir el divorcio. En fin, como el perro del hortelano. Los que no se divorciaron nunca, eso sí, fueron su madre y su padre. Papá y mamá estamos pasando por un momento difícil, pero vamos a seguir juntos, por ustedes, porque los queremos mucho. Bonito discurso habían dado, tomados de la mano. Supondrían que no habían escuchado los gritos la noche anterior. Era una tregua disfrazada de paz, divagó Laura. Ella y sus hermanos rodeando el matrimonio indisoluble. Por mí no hubieran seguido, pensó Laura. Ella hubiera preferido no seguir presenciando ese espectáculo decadente. Aunque sus hermanos, sí, ellos querían que todo se arreglara y volviera a ser como antes: eran más chiquitos. Lo más penoso había sido su padre hablando, haciéndose el que dominaba la situación: en realidad estaba destrozado por dentro.

La lasaña salió a una temperatura despareja. Había zonas hirviendo. Otras partes por el centro parecían frías, incluso congeladas. Laura le espolvoreó un poco de queso rallado encima. Le había perdido el hilo a la serie. Con todo el tema de la mudanza se había salteado como cuatro capítulos. Hace un año se moría si llegaba a perder uno. Ahora había estado casi un mes sin ver la serie y su vida seguía como si nada hubiera pasado. Laura tomó esto como un síntoma de que había madurado. Limpió los restos de salsa con un pan. Se chupó los dedos. Sintió unos ruidos en el patio. Temió que aparecieran de nuevo las ratas. Se levantó del sofá y fue hasta la cocina. No se veía nada. Caminó hasta la ventana y se asomó con cuidado. El viento sacudía las hojas de las macetas. Era sólo eso. Iba a llover. Lo había dicho el feo de la tele. Al día siguiente llamaría al de la inmobiliaria. Le iba a exigir que desinfectaran el departamento antes de la noche. Si no, se iría.

Fue hasta la heladera. El Polaco está saliendo con alguien, pensó. Miró el reloj. Había pasado más una hora desde que le había enviado el mensaje. Abrió el congelador y sacó un pote de helado con gusto a crema de capuchino, su favorito. Lo acabó en cinco minutos. Se sirvió lo que quedaba de coca cola hasta vaciar la botella. La bebió en dos tragos largos y eructó. Se preguntó dónde había guardado el chocolate.

Buscó en las alacenas. Con los fideos y la harina no estaba. Alguien se lo había comido, pensó Laura. Pero quién, si nadie había estado en el departamento en la última semana más que su hermano menor. Odiaba que el pendejo le comiera las cosas sin avisar. Pero no podía ser. Tenía que estar con las infusiones y el azúcar. Al final lo encontró, al lado del azúcar: chocolate negro. Era importado, alemán o suizo. Se metió dos cuadrados en la boca y mordió. El papel decía con almendras y avellanas, pero en la boca era difícil notar la diferencia. El dulzor del chocolate no se lo permitía. Quiso saber en dónde lo fabricaban. Buscó en la parte de atrás del envoltorio. Encontró la información nutricional escrita en inglés y en castellano. Leyó al pasar: 55% de cacao, proteínas 7 gr., hidratos de carbono 53 gr., grasas 30 gr.. Cortó un nuevo cuadrado de chocolate. Entonces se dio cuenta: había caído otra vez.

Apoyó el chocolate en el papel y caminó de prisa hacia el baño. Se arrodilló delante del inodoro y levantó la tapa. Se metió el dedo índice y el mayor en la boca hasta tocarse la garganta. Le dieron arcadas. Vomitó una catarata bilis densa mezclada con restos de comida. Tuvo una segunda arcada. Vomitó de nuevo, esta vez más, hasta vaciar el estómago. Tosió atragantada con la saliva y los jugos gástricos. Sintió la presión de la sangre en la cara y se le humedecieron los ojos. Vio los restos de comida flotando. Sintió primero un mareo y luego una bajada de presión. El estómago y la boca le ardían. Bajó la tapa del inodoro, se sentó encima y tiró la cadena. El celular sonó en la sala dos veces. No fue a contestar. Sentía la boca ácida. Necesitaba tomar algo dulce. Se preguntó si quedaría más coca cola en la heladera.

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Jueves, seis y cuarto

–¿A qué hora llega? -dice la mujer.

-A las seis y cuarto -contesta el hombre sentado frente al pocillo vacío.

Casi no hay gente en el lugar. El mozo, parado contra la barra, conversa con el cajero. El hombre y la mujer miran por la ventana, que da a los primeros andenes.

–¿Hoy qué día es? –dice ella.

–Jueves, jueves veinticinco.

–Qué cosa…

–¿Qué?

–Qué cosa cómo pasa el tiempo –dice la mujer.

Una voz femenina monocorde suena por los altavoces.

La Costera anuncia el arribo de su servicio proveniente de Santa Rosa…

-¿Esa línea es nueva? -pregunta ella.

–¿La Costera? Qué va a ser nueva… si tiene como chiquicientos años.

La mujer se coloca los anteojos de ver de cerca y mira a un grupo de muchachos que caminan por los andenes.

-Sacáte esos anteojos, querés –dice él. Te vas a arruinar la poca vista que te queda.

La mujer parece molesta. Se quita los anteojos y vuelve a mirar por la ventana. Los anteojos, sucios de polvo, quedan colgando de su cuello por una soguita.

–¿Sabés qué soñé ayer? –dice ella.

–No, ¿qué soñaste?

–Soñé que volaba. Venía andando en bicicleta… ¿cuánto hace que no ando en bicicleta? Venía andando en bicicleta, digo, con el vestido blanco ese largo, por la cuadra de casa, y en eso… empezaba a volar, así nomás.

El hombre se sonríe levemente. Luego suelta una carcajada.

–¿Qué te pasa? –pregunta la mujer.

–Como en E.T. –dice el hombre entre risas.

–La vimos ayer en la tele, ¿no? Ay, qué gracioso.

El hombre piensa un rato.

–Yo no soñé nada –dice él.

El hombre hace girar en su mano un sobre de azúcar vacío. Hay azúcar desparramada en la mesa.

–Dicen en la radio que hace un frío polar –dice ella.

–¿Dónde?

–Allá, en el sur –dice la mujer, y apoya sus manos sobre la mesa.

La mujer toma una servilleta de papel y limpia sus anteojos. Hace una bolita con la servilleta sucia y la coloca en el cenicero de metal. Abre su cartera y extrae una foto ajada.

–Cómo cambió todo desde que se fue. A lo mejor le va a costar un poco adaptarse –dice ella mirando la foto, en la que se ve una mujer joven con un bebé en brazos. Aparta poco a poco la foto y dirige la vista a los andenes.

-¿Qué hora es? -pregunta.

-Seis y…-el hombre empieza a responder mirando todavía por la ventana. Luego mira su reloj pulsera y se corrige: -Las seis. Seis en punto.

Él llama al mozo y le pide la cuenta.

La voz femenina continúa sonando por los parlantes.

Cai-hue anuncia el arribo de su servicio proveniente de Río Gallegos por andén número setenta y dos.

La mujer se pone de pie sobresaltada. El hombre tarda un poco en levantarse. Mira al mozo que viene con la cuenta, le entrega unos billetes y sigue a la mujer. Ambos caminan por la terminal. Ella se peina y se mira en un espejito redondo y él, que va detrás, la guía tomándola del codo. Atraviesan un mar de gente y salen por una puerta hacia los andenes.

Entra un ómnibus en el andén setenta y dos y estaciona lentamente. Se apaga el motor y se abre la puerta. El hombre y la mujer esperan al comienzo del andén tomados de la mano. Ella se coloca los anteojos. Los pasajeros tardan en bajar.

-¿Pensás que se va a acordar? -dice la mujer.

El hombre la mira, baja los párpados y asiente pesadamente. El primero en bajar es un señor gordo, vestido con unas bermudas, sombrero y una campera cazadora que aumenta más su volumen. El último es un chico de unos veinte años. La mujer, brusca, le suelta la mano al hombre. Levanta el brazo y camina hasta el chico.

-¡Ricardito! -grita la mujer. Abre los brazos y aprieta al chico contra su cuerpo. –¿Cómo estás?

El chico no contesta el abrazo de la mujer. Mira a los demás pasajeros.

-¿No me saludás? -dice la mujer.

–Me debe estar confundiendo con otra persona –dice el chico.

La mujer gira su cabeza fugazmente, como llamando al hombre. Él se acerca.

-¿No te acordás de papá? –dice ella.

El hombre mira al muchacho. Luego apoya suavemente una mano en la espalda de la mujer.

-No es él, Estela. No es él –le dice al oído.

El muchacho levanta la mochila del piso. Mira a la pareja un poco molesto. Se calza la mochila en la espalda y camina hacia la salida. En el camino se da vuelta, vuelve a mirar a la pareja, y se coloca unos auriculares en las orejas.

La mujer mira al muchacho con la boca levemente abierta. El hombre mira su reloj, mira el micro, la mira a ella. Los dos parecen perdidos. No va quedando nadie a su alrededor.

-¿Viste cómo miraba? -comenta la mujer en voz baja con la vista perdida en los andenes.

Él no le contesta. Se muerde el labio inferior y se pasa las manos por la cara. Le acaricia la cabeza a la mujer, la toma del brazo y caminan hacia la salida. Por los altavoces se siguen anunciando horarios y líneas de autobuses.

-¿Y el del lunes a qué hora llega? -pregunta la mujer.

-Los lunes ocho y media –responde él. Hace una pausa. –Los jueves, seis y cuarto. Como siempre.

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Mañana voy a estar con vos

–Paulette –grita la mujer desde la cocina. Sala el bife y lo pone en la plancha. Mira la hora.

–Paulette –dice nuevamente.

Al rato aparece una perra negra de pelaje entrecano. Tiene los lagrimales húmedos. Camina muy lento. Su panza casi toca el piso. Se detiene en medio de la cocina. Huele el humo del bife en el aire. Mira a la mujer.

–¿Tenés hambre? –pregunta ella–. Sí, hermosa, ya te voy a preparar la cena –le acaricia las orejas.

Coloca un poco de arroz y zanahoria en un recipiente pequeño. La perra se relame y se sienta cerca de la mujer.

–No te voy a dar pollito porque ayer me lo dejaste todo –dice ella–. Parece que te hace mal, ¿no? La doctora me dijo que te dé manzana, pero no tenemos.

La perra pega un ladrido corto.

–Esperá un poco que me falta el remedio.

La mujer abre una caja y saca una tableta plateada. Cuenta las cápsulas que quedan. Mira a la perra.

–¿Al final, para qué te hicieron tomar todo esto? –la perra baja la vista.

Guarda la tableta en la caja, hace un bollo y la arroja a la basura. Apoya el recipiente en el piso. La perra huele la comida, da vuelta alrededor del recipiente y luego empieza a comer. Mastica y hace ruido. Cada tanto se atraganta.

–Despacio, loca, que te vas a ahogar –dice la mujer.

El aire de la cocina se llena de humo. La mujer saca el bife de la plancha, lo sirve en su plato y se sienta a la mesa.

–¿Está bueno eso?

La perra levanta el hocico del recipiente.

–Tiene zanahoria, que a vos te gusta. La señora del quinto también le da zanahoria a sus perritas. Parece que hace bien al pelo y al estómago.

–Paulette, ¿quién viene? –dice la mujer.

La perra levanta la vista del tacho de comida. Mira por el pasillo en dirección a la puerta de calle. La mira a ella.

–¿Quién viene?

La perra vuelve a mirar hacia la puerta. Da gruñidos cortos y le tiembla todo el cuerpo.

–Ay, si Horacio pudiera verte… –se ríe–. Él sí que te malcriaba, ¿no? Vení, vení.

La perra camina hasta ella y se deja alzar a una silla. Apoya una pata sobre la mesa.

–Che, vos ya comiste. Además, carne no podés.

La perra mira fijo el plato de la mujer.

–Pero no le vamos a decir nada al médico, ¿no? –la mujer le da unos trocitos de carne en la boca–. Paulette, mañana mamita va a estar con vos, ¿sabés? –dice, y mientras la acaricia siente que algo se le empieza a acumular en la garganta, algo duro, difícil de tragar–. No va a doler nada.

La mujer termina de comer. Levanta la mesa y lava los platos. Apaga el televisor.

–¿Vamos a la cama? ¿Vamos?

La mujer alza a la perra. Camina por el pasillo con el animal bajo el brazo. Al pasar por la puerta escucha el ascensor y se detiene. Se asoma por la mirilla. Luego de un rato la luz del corredor se apaga. Ella pone el pasador. Se va hacia su habitación. Se recuesta sobre la cama y coloca el despertador. La perra gime desde el piso.

–¿Tenés frío? ¿Querés que te ponga la capita?

La mujer le pone una bata de lana a la perra, que sigue gimiendo.

–¿Qué pasa? No me hagas así. Sabés que en la cama no podés dormir.

La perra lloriquea.

–Está bien, por ser la última noche juntas, hoy dormís en la cama con mamá –dice y ayuda a subir a la perra a la cama.

–Paulette, ¿quién viene?

La perra levanta la vista e inclina levemente la cabeza.

–¿Viene alguien?

La perra da un gruñido corto y seco. Ladra un par de veces, apoya el hocico grisáceo sobre sus patas negras y se las relame.

La mujer se acomoda en la cama. Al levantar la frazada roza con el codo a la perra. Ésta lanza un quejido agudo, voltea la cabeza y mira a su dueña con miedo.

–Disculpáme, hermosa –le acaricia la cabeza a la perra–. Fue sin querer –le recorre el lomo con las uñas.

–Mañana se termina todo –dice la mujer y apaga la luz–. Mañana se termina todo, Paulette– repite, y se queda abrazada a su perra, mirando la oscuridad.

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Familia en Venecia

Julia abrió los ojos: el tren marchaba por encima del agua rumbo a la supuesta tierra del abuelo. Miró por la ventanilla el cielo gris. Debía estar llegando. Se acomodó en el asiento y sacó una libreta de la mochila. Repasó las hojas llenas de cuentas y anotaciones. Contó los días que le quedaban y se sintió un poco triste, porque en una semana iba a estar de vuelta en su casa. Nunca había conocido tantos países en tan poco tiempo. Seis ciudades en veinte días, nada mal para ser su primera vez en Europa. Su próximo destino era Venecia.

Llegó a la estación. Había gente ofreciendo hospedaje a los pasajeros. Se colgó la mochila al frente y caminó hasta la salida sin hablar con nadie. Una lancha amarilla, que ella consideró pequeña, cargaba una larga fila de turistas. Respiró hondo: el aire olía a agua estancada y a combustible. Julia intentó imaginar qué habría dicho su padre si hubiera sabido que ella estaba allí. Ojalá aquella noche del cumpleaños ella le hubiera preguntado más cosas en vez de irse a dormir. Las calles estaban húmedas, como si hubiera llovido la noche anterior. Había tablones de madera puestos de dos en dos sobre adoquines, formando caminos de emergencia. Cuando Venecia quede bajo el agua, pensó, voy a poder decir que la conocí antes de que se hundiera.

Le preguntó a una mujer cómo llegar a la Plaza San Marcos pero no entendió sus indicaciones. Caminó siguiendo los carteles, cruzó un par de puentes y luego se perdió. Volvió a preguntar varias veces y, media hora más tarde, vio al fin el león dorado. Le llamó la atención el tamaño de la plaza: la había imaginado más grande. La gente hacía cola para entrar en la iglesia. Unos niños cerca de la columna con el león le daban de comer a las palomas. Dos chinas vendían comida para pájaros en una esquina. Julia caminó por la galería de la plaza. Jugó con las monedas en el bolsillo de la campera y entró en un café.

Adentro había un señor tocando el piano, probablemente jazz. Se sentó en la barra, pidió un ristretto y lo pagó en el acto. El bar estaba lleno. Se escuchaban algunos murmullos y cada tanto unas risas. Identificó el tema que estaba sonando: lo había escuchado alguna vez en un disco de su papá. En un par de días hubiera cumplido setenta y cuatro. Nunca había hablado con él de su juventud. Sólo sabía cosas aisladas de su vida: hijo único, su niñez internado en un colegio de curas, su trabajo en un banco, su paso por el boxeo amateur, el choque en un Mercedes. Julia se preguntaba con quién habría estado antes de conocer a su mamá.

Le volvió la imagen de aquella noche, la única vez que su papá le habló de Venecia. Habían festejado su cumpleaños número setenta. Terminada la cena, su papá se había sentado en el sofá del living, un vaso de whisky en la mano, y se había puesto a hablar de su infancia sin que nadie le preguntara nada. Tenía los ojos brillantes, redondos, alegres, algo extraño en él, que por lo general era callado y tímido. Habló sin hacer pausas. Mencionó que el abuelo había sido carpintero desde muy joven. Antes de que llegara la mala época y tuviera que emigrar a América había trabajado en un palacio o en una casa muy importante con vista a un canal. Su padre había cambiado el tono de voz para decir: Mi madre me contó que un día discutieron. Se gritaron hasta quedarse afónicos. Al otro día él hizo la valija y se fue de casa. Yo me enteré más tarde, cuando vino mi madre, sola, a verme al internado. Y no volví a saber más de él. El padre recuperó el tono alegre del principio. Yo creo que el viejo estaba tan loco que se debe haber vuelto a Venecia. ¿Te imaginás un atardecer ahí, Julita, al lado de ese castillo? Julia lo había mirado fijo. Lo desesperado que debe haber estado cuando se vino acá, pobre viejo. Entonces ella le había sonreído, le había dado un beso en la frente y lo había dejado solo en el living.

Julia revolvió el azúcar y acabó el pocillo de un trago. El hombre del piano dejó de tocar y la gente aplaudió. Ella agitó las manos por inercia, la vista fija en el teléfono de la esquina de la barra y en la pila de guías del costado. Agarró el mamotreto de páginas blancas. Buscó su apellido. Encontró tres personas, y las fue ubicando en el mapa de calles. La ciudad de Venecia parecía un pez, y un hilo de agua lo dividía en dos. Debajo, como una cinta flotando, aparecía la Giudecca. Anotó en su libreta los datos de esta gente y salió a la calle.

Volvió a pasar por la Plaza San Marcos. Giró la vista y miró el canal, las góndolas estacionadas una al lado de la otra, todas pintadas de negro y dorado. El cielo se veía de color gris plomo. En el oeste, sin embargo, había un pequeño retazo despejado por donde se colaban los últimos rayos de sol, que dibujaban un sendero desflecado de luz amarillenta desde el horizonte hasta la costa. Julia siguió su paseo por la ciudad, pero no duró mucho: al cabo de un tiempo comenzó a gotear. Se cobijó debajo de una arcada y se ajustó la capucha. Ahora sólo se escuchaba la lluvia. Le dieron ganas de hacer pis y no sabía cómo volver hasta el café. Leyó en un cartelito: Calle dei Fabbri. Se sacó la mochila y buscó en su libreta: era una de las tres calles que había anotado un rato antes en el bar.

Salió de la galería y se internó en la callejuela sin luz en busca de la dirección. Se paró delante de una puerta que tenía el número 9. Al costado de la entrada había un timbre. Ciao, sono Giulia, ensayó. Se sintió ridícula. Tendría que estar buscando un café para ir al baño. Tocó el timbre dos veces. El agua caía sobre su campera, golpeaba en los hombros y le salpicaba la cara. Se quedó inmóvil un rato, los pies tocando el agua. La ciudad se iba a inundar dentro de poco, pensó, y no tenía otras zapatillas.

De pronto la puerta hizo un zumbido y se abrió. Julia empujó el picaporte y vio una escalera larga de mármol. Desde arriba, una señora mayor sentada en una silla de ruedas la miró. Ciao, sono Giulia, saludó ella desde el umbral, moviendo la mano. Dijo que estaba en Venecia de visita, buscando algún dato sobre su abuelo. La señora mayor, que casi no había parpadeado, le pidió que subiera las escaleras porque estaba sorda de un oído.

Julia cruzó el umbral, la puerta de calle se cerró de golpe. Subió las escaleras. La primera impresión fue que la casa era demasiado diminuta, como todo lo que iba encontrando en Venecia. El lugar tenía techos bajos, los muebles eran de madera y las repisas estaban llenas de muñequitos de cristal y de portarretratos. En el medio de la sala, al lado de la mesa, había un reloj de péndulo.

La mujer le pidió que se sentara. Julia sacó su pasaporte, se lo mostró y le señaló el apellido. La mujer le tomó la mano, le señaló la otra punta de la mesa y le pidió que le pasara los anteojos. Miró el pasaporte. Leyó el apellido y asintió. É un cognome friulano. Julia le preguntó si había oído hablar de un hombre que se hubiera ido a América en los años veinte y que luego hubiera regresado, a mediados de siglo. La mujer se quedó un rato en silencio mordiéndose el labio. Movía los ojitos de izquierda a derecha como leyendo el aire. La mayoría de los que se fueron no volvieron, dijo, aunque sé que algunos, muy pocos, al final regresaron. Es que hay mucha gente, son tantas las historias, dijo al final, confundida.

Las dos se miraban. Come sei carina, murmuró la mujer, y le acarició la cara y el pelo. Julia estornudó. La mujer le apoyó la mano en la frente. Sono infermiera, se sonrió. Le ofreció té. Julia le dijo que no, pero no hubo caso. Permesso, dijo la mujer. Avanzó por el pasillo en su silla de ruedas y entró en la primera puerta.

Apareció después de un momento con una bandeja apoyada sobre su falda. Le alcanzó la taza a Julia y sonrió. Tomó uno de los retratos de la repisa y lo apoyó en la mesa. Massimo, le señaló, y le contó su historia. Julia entendió que el señor de la foto era su marido, que había sido doctor y que había muerto a los noventa y cuatro años.

Julia no aguantó más y le pidió a la mujer pasar al baño. Hizo pis y le vino a la mente la melodía que había escuchado en el bar. Era Duke Ellington. Se acordó de su papá y de sus ojos alegres aquella noche. Hablaba en serio. Se lavó las manos y se miró en el espejo: sintió como si acabara de encontrar la respuesta a un acertijo.

Salió del baño y caminó hasta la sala. Sólo se oía el tic-tac del reloj. Se acercó en silencio. La mujer estaba quieta, con la cabeza baja y los ojos cerrados. Julia se agachó y la contempló un rato largo. Así, en la misma posición, en un cuarto de su casa, una noche, hacía poco más de un año, su papá había cerrado los ojos para siempre. Pero el pecho de la mujer subía y bajaba despacio, con toda la tranquilidad del mundo.

Julia miró la serie de fotos de la repisa. En todas salía el hombre, casi siempre serio y de perfil. No estaba nada mal. La mujer había tenido buen gusto. Se puso la campera, guardó el retrato más pequeño en su mochila y salió sin hacer ruido.

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Un poco de solidaridad

La chicharra sonó cinco minutos antes de las ocho. Los obreros esperaban en la planta baja del edificio. Al rato apareció el capataz con una carpeta bajo el brazo y pidió silencio. Dijo que habían acabado las losas y los tabiques interiores de la obra, que estaban contra reloj y prometió un pago extra si acababan todo dentro del plazo estipulado. Luego, como había hecho en los últimos días, dividió a los operarios en grupos de trabajo. A Juanma, Miguel, Ramón y Jalil les encargó acabar con los cerramientos de la tercera planta y empezar con las instalaciones sanitarias.

Los cuatro subieron por las escaleras ásperas y sonaron las suelas de sus botines. Al llegar vieron algunas herramientas y unos cacharros para preparar material apilados en una esquina. En otra había una montaña de cascotes y restos de cemento seco. Las ventanas desnudas, troqueladas en las paredes sin acabar, dejaban entrar el sol de la mañana. Un cuadrado de luz amarilla se dibujaba sobre el piso de hormigón. Los cuatro dejaron sus bolsas con el desayuno al lado de lo que sería la puerta. Se colocaron los cascos.

–Qué pocas ganas de currar tengo –dijo Juanma y bostezó mostrando los dientes amarillentos por el tabaco.

Miguel asintió.

–No veo la hora de que empiecen las vacaciones. En fin, unos días más de curro y listo.

–Primero habría que bajar los escombros –dijo Ramón–. ¿Algún voluntario?

Nadie respondía.

–¿Yo y quién más? –dijo Ramón–. Tened piedad de mí, que soy un hombre mayor.

–Yo voy contigo –dijo Jalil.

–Así me gusta, tío. A cuidar al abuelo –Juanma palmeó en la espalda a Jalil y todos se rieron.

En la parte exterior del edificio había un canal construido con cilindros de plástico unidos en los extremos. Los obreros utilizaban esta manga desde las diferentes plantas para vaciar escombros. El canal acababa en un volquete ubicado en la planta baja. Ramón y Jalil prepararon la manga para utilizarla desde su planta.

Una vez que el canal estuvo listo, fueron arrojando los cascotes con sus palas. Al cabo de media hora se detuvieron.

–Joder, qué calor –dijo Ramón con la frente llena de transpiración.

–En mi pueblo es así todo el año –dijo Jalil.

–Hostia –dijo Ramón. No sé cómo hacéis para soportarlo.

–Está todo aquí –dijo Jalil y se llevó la mano enguantada a la sien–. Si no piensas en ello no existe.

El sol iluminaba ya toda la planta. El aire apenas circulaba.

–¿Te ha quedado familia allá? –dijo Ramón.

–Mi esposa, mi hija y mi hijo.

Ramón miró a Jalil sin decir nada.

–Pronto vendrán a España, cuando salga su permiso –continuó Jalil.

Ramón se quitó el casco y se echó aire en la cara. Apoyó la suela del botín en la pala.

–¿Cuánto llevas aquí, tres años?

–Cuatro.

Ramón hizo una pausa.

–¿Vives aquí en Barcelona?

–No. Al llegar viví un tiempo en Nou Barris, en casa de amigos –dijo Jalil. Pero ahora vivo en Molins de Rei. ¿Y tú? ¿Dónde vives?

–En Bellvitge. No sé si conoces.

–Sí, claro. En Hospitalet.

–¿Y cómo lo llevas aquí en España? –dijo Ramón.

–Lo que me gusta es que aquí se puede progresar –dijo Jalil e hizo una pausa. Yo quiero trabajar unos años, juntar dinero y poner mi empresa de construcción. En esto siempre habrá trabajo.

–No estés tan seguro –dijo Ramón. Deja que aquí sigan gobernando los socialistas y ya verás cómo termina todo.

A los cincuenta minutos de haber comenzado, de la pila de cascotes inicial apenas quedaba un montículo disperso. Ramón se asomó por la ventana y vio que el volquete estaba lleno. Hizo una seña para que parasen. Jalil obedeció, y en vez de arrojar los residuos por la manga los cargó en un balde de metal. Ramón fue hasta la planta baja y avisó al capataz. Luego hizo un alto y encendió un cigarrillo. De pronto apareció Jalil por el montacargas con el balde lleno. Dejó el balde al lado del volquete. Se quitó los guantes. Miró hacia arriba y contempló el edificio en construcción.

–¿Terminaremos antes del 15 de agosto? –dijo.

–Ni de coña.

–No habrá extras…

–Qué va. Todo eso es mentira, hombre –dijo Ramón. Los capataces siempre dicen lo mismo para que la gente trabaje más. Pero luego nunca te dan un puto duro más de lo que corresponde. Si lo sabré yo. Llevo diez años trabajando con estos capullos y nunca me han dado bonificaciones.

En eso pasó Juanma arrastrando un carro de rejas. Llevaba dentro unos cuadrados de vidrio de dos metros atados con unas sogas.

–A ver, las chicas de la peluquería –se reía–. Menos charla, joder. ¿Habéis acabado con el montacargas? Necesito subir las ventanas.

Juanma entró con el carro en el ascensor. Casi no tenía espacio para él. Le dio un grito a Miguel para que lo llamara desde la tercera planta. Ramón y Jalil subieron por las escaleras. Llegaron y vieron a Juanma, que intentaba bajar el carro del montacargas, un tanto separado del suelo.

–A ver, quién me echa una mano aquí –dijo Juanma forcejeando desde dentro.

Jalil hizo fuerza desde el extremo superior del carro. Las ruedas se trabaron en la brecha entre el elevador y el suelo. Jalil dio un tirón, y luego otro. El ascensor comenzó a bambolearse.

–¡Pero qué haces! –gritó Juanma–. ¿Tú eres tonto o qué? Te lo vas a cargar, tío. Y conmigo dentro. ¿No ves que se ha atascado? –señalaba la brecha.

Jalil se apartó y se paró al lado de la pila de herramientas. Ramón se agachó y levantó las patas del carro. Juanma empujó hasta conseguir que éste avanzara sobre el suelo de hormigón. Descargaron los vidrios y luego hicieron una pausa para tomar aire.

–¿Cuándo pillas vacaciones? –le dijo Juanma a Ramón.

–En agosto. Me voy todo el mes a Almería a casa de mis suegros. ¿Y tú?

–Yo empiezo en principio la semana que viene –dijo Juanma. Pero mira, me las piraría mañana mismo, tío, y a tomar por culo. No soporto trabajar con este calor.

–Ya ves, mira que jode trabajar con este solano –dijo Ramón. ¿Te irás a algún sitio?

–No lo sé –Juanma bufó–. Quizás unos días a mi pueblo. No tengo pasta para ir más lejos, tío. Ya te digo: con lo que me he gastado este año en el coche y en mi novia, me iba a México. Encima la zorra se va con sus padres a Valencia.

Se hizo un silencio.

–¿Jalil, tú cuándo pillas vacaciones? –dijo Ramón.

–Más adelante, en noviembre quizás, aún no lo sé.

–Estos cabrones no paran, tío –le dijo Juanma a Ramón. No se cansan nunca, parecen robots.

Ramón pasó un cepillo por los marcos de aluminio, soplando el polvo alojado en las ranuras. Juanma, Miguel y Jalil bajaron las ventanas de la plataforma de madera. Le quitaron la envoltura al primer cuadrado de vidrio, que decía frágil y made in Italy. Usando unas ventosas grandes presentaron la primera ventana al costado de la abertura.

–¿Así que la Vanesa se va a Valencia con sus padres? –dijo Miguel. ¿Cuándo te lo ha dicho?

–Ayer, ¿puedes creerlo?

–¿Y tú qué le has dicho?

–Yo nada, tío. ¿Qué iba a decirle? Es que esta tía me tiene cansado, sabes. Yo paso de discutir con ella. Ya paso. Lo único que quiero es una buena cena, un buen polvo, y ala. Cada uno a dormir a su casa. Esta tía no está para nada más. Es bonita pero…

Jalil cargó unas barras de plástico en la pistola de silicona y la enchufó. Al minuto las barras comenzaron a derretirse. Jalil se puso de rodillas y comenzó a extender el pegamento por el marco metálico. Juanma, que estaba desenvolviendo los vidrios, giró de pronto la cabeza y lo vio.

–¿Pero a dónde vas?  –le dijo a Jalil–. No pases el pegamento ahora que se seca. Los vidrios para después del desayuno.

Jalil levantó la vista. Se detuvo. Miró el vidrio al costado.

–¿Pero por qué no colocamos los vidrios ahora?

–Porque no me sale de los cojones –dijo Juanma imitando su acento marroquí.

Juanma y Jalil se miraron fijo. Se hizo un silencio.

–Juanma –intervino Ramón–. Si ya ha pasado la silicona en el marco, mejor colocar el vidrio ahora.

Juanma se pasó el revés de la mano por la frente. Colocó las ventosas en el primer vidrio y, con la ayuda de Miguel, lo apoyaron en el marco. Jalil se acercó con la pistola y le pasó una nueva capa de silicona. Luego tomó un trozo de estopa y la pasó por los bordes. Ramón atornilló los marcos internos.

Juanma se acercó a la ventana recién colocada y miró a través del vidrio. Dos filas de automóviles se entrelazaban, perpendiculares, en Aragó y Pau Clarís. Se oían bocinazos.

–Hoy por la Ronda había una cola que no veas –dijo Juanma–. Nos hemos chupado más de cincuenta minutos. Había volcado un camión, parece.

–Ten cuidado, tío. Mira que aquí te están encima con el horario –dijo Ramón–. Minuto que llegas tarde, minuto que te descuentan.

–Me la sudan –dijo Juanma.

–Ya te digo: es mejor la moto –dijo Ramón.

–Cómo me voy a meter por las Rondas en moto, hombre –resopló Juanma–. No digas gilipolleces.

–¿Cuánto te dejas en parking? –dijo Ramón.

–No sé. Con el Miguel hasta ahora nunca pasamos las mil pelas por día.

–¿De dónde venís? –dijo Ramón.

–De Badalona.

Jalil seguía la conversación en silencio, esperando que presentaran la segunda ventana, con la pistola de silicona en la mano. Juanma al verlo así esbozó una sonrisa antes de soltar la broma de turno.

–¿Y tú, Alí, dónde has dejado la patera?

Se rieron todos excepto Jalil, que esquivó el tema sugiriendo:

–Coloca el otro vidrio.

Miguel y Juanma colocaron el segundo vidrio sobre el marco. Jalil le pasó la pistola encima y lo selló. Ramón atornilló el marco. Al rato Juanma estalló de nuevo en una carcajada.

–He entendido lo que has dicho –dijo Jalil. Eres un idiota.

–Venga, tío, un poco de sentido del humor –Juanma siguió riéndose.

–Para de reírte –dijo Jalil.

Dejó la pistola en el piso. Miró fijo a Juanma y lo empujó con fuerza, haciéndole volar el casco.

–¡Pero qué te pasa, tío! –dijo Juanma–. ¿Tú estás loco o qué? –le sobresalían las venas de la garganta.

–Basta –dijo Miguel y se interpuso entre Juanma y Jalil.

Juanma levantó un brazo y apartó a Miguel. Luego avanzó un paso y le dio un cabezazo en el pecho a Jalil. Éste cayó de espaldas en el piso sobre la pistola aún caliente.

–Eh, colegas, tranquilos –Ramón intentó apaciguar los ánimos.

De pronto pasó el capataz subiendo por las escaleras y vio a Jalil en el piso. Se acercó a Ramón y le preguntó qué estaba sucediendo. Él le dijo que no era nada, que el colega se había caído. El capataz vio la pistola al lado de Jalil. Se había quebrado la empuñadura.

–¿Y eso qué? –dijo el capataz–. ¿La pistola la vais a pagar vosotros?

Ramón se acercó al capataz y murmuró en tono confidencial.

–Señor Gallardo, déjelo en mis manos que yo me encargo. Quédese tranquilo.

El capataz los miró con ira.

–Os tengo que vigilar como si fuerais chavales. Si dais más problemas pasaré parte a la empresa.

Algunos operarios de otras plantas habían venido a ver qué pasaba. El capataz ordenó a todos volver a sus trabajos y marchó subiendo por las escaleras.

Ramón se acercó a Jalil y lo ayudó a levantarse. Jalil se lo agradeció.

Juanma esperó que el capataz llegara a la última planta. Se acercó a la mochila de Jalil, cogió la bolsa con el desayuno y la arrojó por el hueco de una de las ventanas, aún sin colocar. Una fruta, una manzana quizás, se estrelló contra la vereda.

Jalil contempló atónito la escena sin moverse de su sitio.

–Tu madre es una puta –le dijo finalmente a Juanma.

–Si lo sabrás tú, que tu mujer trabaja en el mismo puticlub.

–Venga, basta, ya déjalo –intervino Miguel–. Vamos a tomar el desayuno, hombre.

Juanma y Miguel bajaron por las escaleras hacia la calle. Ramón miró a Jalil en silencio. Estaba intentando arreglar la empuñadura de la pistola pero no había caso: se había roto de lado a lado.

–Está rota –murmuró Jalil.

–Tranquilo, tío. No saben ni cómo nos llamamos –dijo Ramón. Vamos a desayunar. Me he traído dos bocatas, te invito a uno.

–No, está bien.

–Vamos, hombre. Que no me voy a comer los dos –se tocó el estómago–. Que estoy gordo y tengo que bajar estos michelines. ¡Vamos!

–No, gracias.

–Tengo uno de queso y otro de fuet. ¿Cuál quieres?

Jalil se quedó pensando.

–Elige, hombre.

–El de queso.

Jalil se asomó por la ventana y vio a Juanma y a Miguel caminando por la calle.

–Si por ese cabrón pierdo el curro, lo mato –dijo.

Ramón miró los dos bocadillos envueltos en papel de aluminio. No sabía cuál era cuál. Desenvolvió el más grande de los dos y separó las tapas. De un lado, el pan untado en tomate. Del otro, el queso. Levantó la vista. Jalil seguía frente a la ventana.

–Tu madre es una puta –gritó Jalil, y le levantó el dedo mayor a Juanma, que se había dado vuelta.

Ramón miró las paredes del bocadillo. Se aclaró una flema, escupió sobre el queso y envolvió el bocadillo con el papel.

–Tío ven aquí –dijo Ramón, y fue a sacar a Jalil de la ventana, antes de que hiciera una locura.

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